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La chica mecánica es la primera novela de Paolo Bacigalupi, que no pudo empezar con mejor pie en este mundillo de la ciencia ficción, pues ganó el Premio Nébula en 2009 y el Hugo en 2010 (1), entre otros. El hombre se había ganado cierto reconocimiento gracias a sus relatos cortos, y con la obra que nos ocupa hace su incursión en un subgénero denominado clima ficción, en el que el futuro, más bien tirando a distópico pero sin la agresividad oscura y fascistoide que suele caracterizar este tipo de obras, está fuertemente condicionado por una catástrofe climática.

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El megodonte en las calles tailandesas

El contexto se nos presenta tanto en las conversaciones como en las acciones de los personajes, evitando así tratar a los lectores como si fueran tontos; eso, evidentmente, también requiere que el libro sea leído con atención, para entender por qué narices ese está haciendo tal cosa o el de allá tal otra. Porque las motivaciones de los personajes son fundamentales para entender no solo la trama, sino también el mundo en el que se desarrolla la novela.

bacigalupi

El autor

Queda, de este modo, dibujado un futuro lamentable, podrido, lleno de sombras lúgubres que rezuma desolación y pesimismo, en el que se nos lleva a una Tailandia en el siglo XXII en el que la energía es fabricada por enormes megodontes similares a mamuts creados genéticamente, las megacorporaciones se espían y utilizan el bioterrorismo para aumentar su tasa de beneficios y existen neoseres, una suerte de androides, junto a inmigrantes chinos que ocupan lo más bajo del escalafón social.

Las vidas de uno de los escasos ejecutivos occidentales presentes en Tailandia (2) y uno de sus empleados chinos se entrecruzan, siquiera tangencialmente, con las de dos empleados del Ministerio de Medio Ambiente, los cuales, a su vez, se meten sin quererlo en un complot surgido en los altos niveles gubernamentales y que acabará con un golpe de estado. Vidas zarandeadas en las que el lector, continuamente, tiene la impresión de contemplar un drama en el que los personajes no son más que pobres almas con las que juega, más que el viento, un tifón.

Y, sobre todo, la chica mecánica del título, Emiko, un neoser japonés abandonado en Tailandia por su dueño que trabaja en un club para caballeros, sometida todas las noches a un ritual de depravación repugnante (3). A mitad de la novela, sin embargo, y una vez que se ha empatizado con su sufrimiento, te llevas una de las (pocas) alegrías que te da la novela al descubrir, y descubrir Emiko misma, lo que es capaz de hacer.

La similitud con nuestro presente es palpable. No hace falta mucha inteligencia para verla: la codicia de las corporaciones que no tienen reparo en provocar epidemias entre las poblaciones para reducir los beneficios de los competidores, o los brotes de xenofobia en momentos de crisis sociopolítica contra los miembros más abajo en la sociedad. Y, sobre todo, el gran boom del turismo sexual tailandés. Sí, tiene lugar dentro de un siglo, pero si eliminamos los avances en ingeniería genética, la completa superfluidad de los gobiernos, la presencia de androides y el cambio climático acelerado, es lamentablemente familiar.

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Emiko, huyendo de la policía. En serio, está huyendo.

Siguiendo la tonica habitual de la literatura fantástica (4), es una obra oscura, pesimista, en la que las individualidades luchan como pueden con el único fin de sobrevivir en un mundo retorcido y cruel, en el que no hay lugar para las grandes obras y las grandes palabras. Un reflejo, también, de nuestro tiempo, oscuro desde que cambió el siglo, y que se viene reflejando en textos de este tipo provocando, de vez en cuando, pequeñas obras maestras como La chica mecánica.


1: Aunque compartiéndolo con La ciudad y la ciudad, una gran novela, por cierto, de China Mieville.

2: Cuya fábrica, en realidad, es una tapadera para conseguir semillas del reservorio genético tailandés con el que suplir la escasez de vegetales producida por la catástrofe ecológica.

3: Una de estas escenas en el club es particularmente desagradable.

4: Metiendo en este saco la ciencia ficción y la fantasía épica por igual, aunque puedan parecer dos géneros tan parecidos como un huevo a una castaña.