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Capítulo 1

Capítulo 2: (I)(II)

Elin disimuló como pudo el sobresalto que le provocó escuchar el nombre de la mujer. Se decían cosas en los pasillos de Camelot sobre los poderes de Morgana la bruja, acusándola de tratos con el demonio y pactos con los poderes muertos, mientras Arturo hacía oídos sordos a tales habladurías desechándolas con desdén. El rey no creía ni por un solo momento que la hija de su madre albergara deseos de venganza por el trato que Uther había dispensado a Ygraine.

–No sabía –dijo Elin, refiriéndose al viaje que por tierras del continente había estado haciendo Morgana– que hubierais regresado, señora.

–Desembarqué ayer mismo. –Se miró los dedos de largas uñas y toqueteó al hombre caído en el suelo con la punta de su zapato, sonriendo.

–¿En Myching? –Se refería al puerto marítimo más cercano a Camelot.

–No. En Gippeswick.

Elin sacudió la cabeza con incredulidad. Había muchas leguas de distancia hasta allí como para recorrerlas en un solo día, así que asumió que le estaba tomando el pelo.

–¿Y qué vamos a hacer con él? –preguntó Morgana, arrodillándose y señalando al hombre.

–¿Está… muerto?

–No creo. –Se encogió de hombros, no muy interesada por la suerte del bellaco–. A no ser que su corazón sea flojo, solo está desmayado.

La joven puso su mano sobre la boca del hombre; en efecto, respiraba. Pese a sus malvadas intenciones, no le deseaba en realidad la muerte.

–Llevémoslo ante el rey.

–¿Una denuncia? –La pregunta de Morgana sonó a mofa.

–Sí. El tribunal de Arturo lo juzgará…

–¡Ja! –La interrupción fue hecha sin asomo de humor–. ¡No seas chiquilla! En primer lugar, las leyes de Arturo no se pueden aplicar a este gusano.

–¿Por qué? –inquirió Elin confusa.

–No es un caballero, ni un bandido. No es un noble ni un villano. Por no ser, Elin, no es de este mundo siquiera.

La joven miraba a Morgana atónita, sin saber qué decir mientras hablaba. Se fijó entonces, cuando la hechicera abrió los párpados del hombre, en que los ojos de éste relucían con un brillo rojizo antinatural y sin quererlo, se echó hacia atrás un paso.

–¡No temas, brava Elin! ¿Acaso no diste muerte al gigante Tremolgón? ¿Qué puedes temer de un sátiro inconsciente?

–¿Un sátiro?

–Sí, chiquilla. De eso se trata. Y por eso no podemos llevarlo a Camelot.

»Yo me encargaré de él.

Elin, a su pesar, reconoció que el asunto la sobrepasaba, así que asintió, deseando alejarse del lugar, del sátiro y de Morgana, quien, pese a haberla ayudado, no terminaba de inspirarle confianza. No obstante, dijo:

–¿Le ayudo con el cuerpo, señora?

–¡Oh, no es necesario! –La miró con sus profundos ojos verdes y sonrió de forma seductora. Con un ademán de la mano, el cuerpo comenzó a flotar tras ella cuando Morgana echó a andar.

Elin lo contempló sin emitir un solo sonido, petrificada. Las maravillas ese día no parecían cesar.

Para cuando montó en Perla, Morgana, seguida por el horripilante fardo, se había internado en el bosquecillo que se desplegaba hacia el este. Elin decidió volver a Camelot, pues no estaba muy segura de querer más emociones por el momento.

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