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Capítulo 1

Capítulo 2: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)(VIII)

Elin se encogió de hombros. No sabía nada de la madre de su madre. Nunca le habían dicho nada de ella y la joven no había sentido interés en preguntar por una mujer muerta hacía muchos años.

Merlín adoptó un aire de ensoñamiento al decir:

–Su nombre significa “joya del mar”. Y en realidad lo era.

Elin miró al mago sin saber muy bien qué decir. Optó por un comentario que no la comprometía a nada:

–Es un nombre… bonito.

–Es muy antiguo. –Merlín se alisó la túnica y miró con fastidio las manchas de la misma, como si no se hubiese percatado hasta entonces de ellas–. Como el tuyo, Elin. De antes de la llegada de Roma. –La joven enarcó una ceja, sin saber adónde quería llegar el hombre–. ¡Mas eso no nos importa por ahora! Quizá otro día tengamos tiempo para hablar de nombres, pero hoy… ¡hoy no! –terminó con una jovial sonrisa.

–¿Y para qué hay tiempo entonces? –preguntó ella sin contagiarse de la alegría que Merlín parecía demostrar.

–¡Para hablar de ti, Elin! ¡De ti! ¡De lo que eres y serás!

La muchacha sacudió la cabeza y, si no fuera Merlín quien era, habría pensado que se le había recocido la sesera. Pero, como vio que el mago señalaba con uno de sus sarmentosos dedos el libro abierto sobre la bancada, prefirió no hacer ningún comentario, que de seguro le habría salido impregnado de sarcasmo.

–Lo has ocultado muy bien todos estos años. –Merlín se acercó a ella, y olió el aroma a hierbabuena recién cortada que salía de su boca plena de perfectos dientes pese a su edad. Parecía estar compartiendo un secreto–. Y has hecho bien, Elin. Pero ahora, aquí, en Camelot, deberás aprender a utilizar tu don. ¿Quieres saber más sobre ello?

–Sí, claro. –Ni siquiera tuvo que pensar la respuesta. Que el mago más grande del reino, y quizá del mundo, le estuviese ofreciendo saber más sobre algo que no entendía pero que era maravilloso a la par que aterrador, era demasiado bueno como para dejarlo pasar. Merlín asintió con la cabeza y se levantó.

–Te recomiendo que partas de inmediato –dijo.

–¿Partir? ¿Partir adónde?

–Con Perceval. Sería la mejor opción. –Merlín daba pasitos, andando en círculos mientras se toqueteaba el labio inferior con el índice, como abstraído. Elin no entendía nada.

–¿¡Dónde os digo, Merlín!? –gritó más que preguntó, lamentando de inmediato su falta de respeto. Merlín la miró torciendo el gesto.

–No hace falta chillar, niña –la reprendió–. Mis oídos aún funcionan bien. Debes viajar al Pantano de Genindas, y para ello, lo mejor es que te acompañe Perceval.

–Sé cuidarme sola –bufó.

–No lo dudo. Pero este viaje también es importante para él. Dos pájaros de una sola pedrada.

Elin se encogió de hombros, admitiendo lo que le decía.

–¿Y qué hay ahí que pueda…?

–¿Servirte? –la atajó él–. Es posible que nada. Pero eso indican mis visiones, Elin. Que has de partir al pantano.

–¿Y las visiones dicen que tengo que ir con Perceval? –Elin no se resignaba del todo y volvió sobre el tema.

–Mira, pues sí. –El mago la miró con fijeza y pareció que en sus pupilas destellaban unos rayos rojizos, lo que hizo que la muchacha perdiera toda la bravuconería que pudiera tener. Asintió.

–Si salís antes de mediodía, es posible que lleguéis al castillo del Barón Melquíades cuando la noche no haya caído.

Sin decir una sola palabra más, Merlín dejó la biblioteca, en la que se quedó la joven, contemplando su espalda alejarse, patidifusa y contrariada.

–Tendré que hablar con Perceval entonces… –masculló.

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