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Capítulo 1

Capítulo 2: (I)(II)(III)(IV)

Una vez en su alcoba, Elin se desvistió y optó por un vestido cuyo color evocaba a las fresas maduras, de amplias mangas que se abrían desde el codo y recatado escote en la base del cuello. Gustaba de montar a caballo al estilo de los varones y para eso necesitaba calzas y pantalones, pero le encantaba que su feminidad quedara resaltada al ceñirse el busto con sedas, satenes y tules. Tras recoger su melena en un moño alto, se miró pensativa en el espejo sobre el tocador sin contemplarse en realidad, pues pensaba en quién podría darle fidedignas noticias sobre Morgana. La mujer la había intrigado, y no acababa de creer las maledicencias de Kay y otros, achacándolas a su forma de ser altanera y ególatra. Quizá la reina Ginebra le pudiera dar otro punto de vista, pero Elin no sentía la suficiente familiaridad con ella como para tratar un asunto que pudiera ser espinoso; lo mismo le pasaba con Arturo con quien, en realidad, había cruzado escasas dos frases desde que la nombró miembro de la Tabla Redonda.

Su amigo, el Bello Desconocido, con quien había pasado el mayor tiempo dando alas a una dulce amistad, llevaba dos días fuera recorriendo los caminos en pos de su nombre olvidado, por lo que no podía contar con él.

Quedaba la opción de Merlín, a quien todavía había visto menos que la pareja real. Encerrado siempre en su taller del ala oriental, el mago mantenía la gruesa puerta de roble cerrada a cal y canto y nadie osaba molestarle, pues sus enfados eran legendarios. Muchos se burlaban de él comparándolo con los eremitas barbudos y malolientes; la muchacha pensaba que, si tales cosas llegaran a los oídos del mago, la risa se les podría convertir en llanto.

Sin embargo, recordaba que el día que llegó a Camelot intercedió por ella, así que se armó de valor y se plantó frente a la puerta. Estaba a punto de golpearla cuando oyó pasos que venían corredor abajo, y el sonido de una tonadilla silbada llegó hasta ella. Se trataba del senescal, quien tenía esa molesta costumbre cada vez que estaba solo, como si no quisiera que el silencio se apoderara de la zona en derredor suyo.

–Dama Elin –la saludó con frialdad.

–Senescal. –Elin hizo un pequeño movimiento de cabeza, lo justo para no mostrar descortesía, y levantó la mano de nuevo para llamar.

–Merlín no está dentro –dijo Kay con cierto regocijo.

–¿Ha salido? –En la cara de la joven asomó la decepción; ¿acaso no estaba siempre ahí conjurando, invocando y creando pócimas? ¿Tenía que elegir justo ese día para salir del laboratorio?

–Así es –respondió él–. Ha partido al Bosque de los Druidas. O a la Montaña de Farbrás, o se habrá embarcado en alguno de esos viajes de locura que hace de vez en cuando.

–Pensaba hablar con él…

–Ya imagino. –El tono de sarcasmo fue más que evidente–. Es posible que regrese esta noche. O el mes que viene, nunca se sabe.

Elin bufó mientras pensaba en la gran ayuda que le estaba suponiendo el senescal.

–Si puedo ayudaros en algo, dama Elin…

El tono solícito no engañó a la joven pero, con el fin de molestar un poco al estirado caballero, mostró una amplia sonrisa y, con la más almibarada de sus voces, dijo:

–En realidad sí, senescal. –Los ojos de Kay hablaron por sí solos al girar sobre sus órbitas–. Quería que Merlín me recomendara un tratado sobre fauna mágica…

–¡Ah! ¿Pero sabéis leer?

La impertinencia de Kay hizo que Elin boqueara un par de veces.

–Por supuesto, señor –contestó con un punto de rabia–. Leo y escribo a la perfección en latín y griego, conozco a los grandes autores, desde Homero a Ovidio, de César a Epicuro, desde Aristóteles a…

–Sí, sí, veo que sois una dama muy culta. –Kay la atajó impaciente con un ademán de la mano–. Ya sabéis que la biblioteca está a vuestra disposición. ¿O no habéis estado?

–Pues… no. –Elin sintió las mejillas arreboladas. Los días habían pasado entre paseos a caballo, entrenamientos con espada y prácticas de tiro con arco y cetrería–. ¿Seríais tan amable de indicarme dónde está?

–Por supuesto, dama Elin –contestó, y Elin detectó las ganas de carcajearse que tenía el hombre–. Seguidme.

Así, tras los pasos de Kay, recorrió sitios de Camelot que aún no conocía dada la enormidad de la fortaleza, y Elin llegó a la más hermosa, nutrida y extraña biblioteca de toda Inglaterra.

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