Seleccionar página

Capítulo 1

Capítulo 2: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)

Leer latín, Elin leía. Pero ni tenía tiempo suficiente, ni necesitaba empaparse de todo lo que en el libro el autor había considerado digno de ser reseñado, por lo que pasó las páginas echando un vistazo a las imágenes, comprendiendo que cada una de las miniaturas encabezaba una sección diferente del tratado, secciones en las que se trataba de las criaturas representadas.

–Está estructurado en capítulos –reflexionó la joven en voz baja.

–Así es. –Tristán, que se había sentado junto a ella, miraba los dedos de Elin moviéndose a gran velocidad, y no pudo evitar sentir un escalofrío al pensar que alguna de las hojas, por muy fuerte que fueran, pudiera quebrarse–. Por favor, mi señora. Os ruego que paséis con más cuidado las…

–¡Ah, mirad esto, Tristán! –Resultó evidente que Elin no hizo ni caso a las cuitas del caballero–. ¡Un sátiro!

Señaló sin el menor recato una figura desnuda, de piel del color de la aceituna madura, cuyo miembro erecto se adelantaba varios palmos por delante de él y por entre cuyos labios entreabiertos asomaba una lengua lujuriosa; ocupaba un lateral de la composición, una escena que se desarrollaba en un paraje boscoso, en el que las copas de frondosos árboles de hojas doradas crecían arrullados por las suaves aguas de un lago cristalino. Un cortejo de hadas, enanos, gente del hermoso pueblo y gnomos de feo aspecto hablaban, cantaban, bailaban en corro y reían mientras la luna plateada los observaba desde el cielo estrellado; bajo cada una de las figuras había un rótulo con su nombre.

–Sí, es un sátiro –confirmó Tristán bizqueando, y ella pareció darse cuenta del tamaño de lo que el ser tenía entre las piernas.

–¡Oh! –dijo apartando la mano de inmediato y mirando al techo azorada, pero Tristán la ayudó a salir del trance cuando colocó su dedo sobre uno de los párrafos.

–Aquí tenéis la descripción de la criatura, mi señora. Aunque os he de advertir… También incorpora detalles explícitos…

Elin sintió un calor por todo el cuerpo, que supuso se debió a la vergüenza, y pestañeó con lo que creyó sería la más cándida de las expresiones. No supo si lo logró pero, al menos, el caballero decidió dejarla a solas, para que leyera tranquila el libro.

Una vez Tristán se hubo ido, haciendo un mohín, se centró en el tratado sin sentirse cohibida por la presencia de otra persona a su lado mientras leía algo de ese carácter. Sus padres la habían criado como una joven virtuosa y jamás había posado siquiera sus labios sobre varón alguno, por lo que tales imágenes y descripciones le sumieron en una profunda turbación que, sin embargo, pronto se trocó en interés.

Aprendió lo que el desconocido autor tenía que decir sobre la raza de la salvaje criatura que le había amenazado en el camino, y supo que, de no haber sido por la oportuna intervención de Morgana, el sátiro la habría forzado hasta matarla. Tragó saliva, obligándose a no pensar en lo que podría haber ocurrido. Aunque nada se decía acerca de poderes relativos a la aparición inmediata y por sorpresa en un lugar, Elin supuso que quien escribiera el libro bien podía carecer de toda la información al respecto.

Intrigada, siguió leyendo.

Y ahogó un gemido de sorpresa al leer un pasaje que se detenía en uno de los más extraordinarios dones de la gente hermosa, del pueblo que se esconde bajo las colinas y que se conoce entre los humanos como elfos.

¡Sigue leyendo!