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Capítulo 1

Capítulo 2: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)

Leyó el pasaje. Lo leyó de nuevo. Todavía lo leyó una tercera vez, pero el texto seguía siendo el mismo. No cabían problemas de traducción ni extrañas interpretaciones; Elin estaba segura de lo que había leído y no podía creer que el desconocido autor hubiera reflejado, como una de las características mágicas que se atribuían al pueblo de las colinas, la manipulación del tiempo. Decía el sabio, basándose en sus propias experiencias y charlas mantenidas con expertos rastreadores, cazadores y herboristas, que los elfos doblaban el tiempo a voluntad, como si pudieran vivir por períodos limitados fuera de la existencia normal del mundo, ganando una mayor percepción de aquello que les rodeaba. Gracias a ello, en suma, podían anticiparse a los movimientos de cualquier enemigo que ante ellos se plantase, haciendo de los elfos unas criaturas que, de elegir no ser vistos, eran casi imposibles de contemplar.

Elin se tapó la boca, temblando no sabía bien si de excitación o de pavor, al pensar en cómo, desde que no alzaba casi ni tres palmos del suelo, lograba ir de un matorral a otro sin que su hermano pudiera verla al jugar al escondite. Nunca habló a nadie de ello, sin saber muy bien si era un don de Dios o el Diablo, pero al crecer y empezar a sentir gusto por la lucha con las espadas de madera que su padre les había regalado, lo aprovechó en su beneficio.

Así había sido, hasta que tuvo lugar su lucha con Perceval.

El curso de sus pensamientos a medio formar se vio interrumpido por una ráfaga de aire gélido que le agitó la falda, arremolinándosela en torno a los tobillos, y la voz grave, solemne, de Merlín habló tras ella:

Tandem foedus magicae, por lo que veo. –Elin giró con rapidez el torso y sonrió al hechicero con la misma sonrisa que ponen los niños al ser descubiertos en mitad de una travesura–. ¿Es de tu agrado lo que lees, dama Elin?

Ella contempló la túnica gris con la que siempre parecía ir vestido, sujeta a la cintura con lo que era nada más que una soga de esparto, fijándose en las manchas de barro y moho que cubrían su parte inferior; le resultó extraño, pues Merlín siempre andaba de acá para allá impoluto de pies a cabeza, como si hubiera cogido la ropa para ponérsela en el momento anterior a verlo.

–Es… interesante –dijo Elin, algo reticente.

–Reveladora, diría yo más bien. –En los ojos de Merlín había un brillo de diversión.

–¿Perdonad, señor?

–El pasaje que habéis leído. ¿Me equivoco al decir que os veis reflejada en el mismo?

Elin parpadeó con rapidez, sus largas pestañas aleteando como si fueran mariposas. Se señaló el pecho y con voz ofendida empezó a articular una respuesta, pero no llegó siquiera a terminar su primera palabra que Merlín la interrumpió con autoridad:

–No te atrevas a mentirme, niña. –Elin, derrotada, bajó la cabeza–. Tenemos que hablar de ti. De ti, y de tu abuela.

–¿Mi abuela? –preguntó ella, pensando en la dama Elvia, madre de su padre, a quien no había conocido pero cuyo retrato había colgado, hasta Tremolgón, sobre el hogar de la casa familiar.

–No –dijo Merlín sacudiendo la cabeza y sentándose en la bancada junto a la joven–. Me refiero a Ula.

Elin se encogió de hombros. No sabía nada de la madre de su madre. Nunca le habían dicho nada de ella y la joven no había sentido interés en preguntar por una mujer muerta hacía muchos años.

Merlín adoptó un aire de ensoñamiento al decir:

–Su nombre significa “joya del mar”. Y en realidad lo era.

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