Seleccionar página

Capítulo 1

Capítulo 2: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)(VIII)(IX)

La conversación no acabó de ir bien del todo. En realidad, ni siquiera empezó a ir: el caballero no se encontraba en sus dependencias, así que Elin gastó bastante tiempo recorriendo los pasillos de Camelot, mirando en sus amplias salas, subiendo y bajando escaleras hasta que perdió el aliento. Se cruzó con servidores y otros caballeros, pero ninguno le dio noticia de quien buscaba.

No quería incumplir la orden de Merlín, pues eso le había parecido por el tono de voz con que el mago se lo había dicho, pero a lo mejor no le quedaba más remedio. Dudó entre ir al establo y ensillar de nuevo a Perla para salir del castillo en dirección al pantano…

–¡Ay! –exclamó, dándose un manotazo en la frente–. ¿Cómo se llamaba el maldito pantano?

Lo había olvidado. O no había prestado la suficiente atención, que venía a resultar lo mismo. Se encontraba Elin, de ese modo, sin compañero de viaje ni destino conocido, y volver ante Merlín y preguntarle dónde debía ir le provocaba bastante respeto.

Por no decir miedo.

–Tenía… empezaba por “g”. –Elin reflexionaba en voz alta mientras andaba por el patio empedrado, sin darse cuenta de la presencia de Daniel, a quien casi pisa. El niño, sentado en el suelo, tiraba las tabas por ver si se vencía a sí mismo–. ¡Oh, perdona!

La miró sonriente desde abajo.

–Tienes… tenéis… –Elin rio ante la duda del chico de cómo dirigirse a ella–. Tenéis una cara de estar pensando mucho –se decidió.

–Así es, Daniel. Tengo que ir a un sitio y no sé ni cómo se llama. –Elin se dio cuenta de lo estúpido que resultaba decirlo en voz alta.

–¿Os ayudo a ensillar a Perla? –preguntó él sin percatarse de lo que en realidad decía la joven.

–Hum… sí.

Decidió que saldría sola hacia el castillo de Melquíades. De eso sí se acordaba; de hecho, sabía de qué baronía se trataba. Y quizá, mientras llegaba, recordara el nombre del maldito pantano. O también era posible que el pantano estuviera en las propias tierras del barón.

–El caballero Perceval ha salido hace poquito también. –Daniel se levantó y se golpeteó el trasero para quitarse el polvo. Mejor él ahora que su madre con una azotaina luego.

–¿Qué? –Elin empezó a sospechar una jugarreta.

–Digo que Perceval ha ensillado a Moro y ha salido picando espuelas –explicó Daniel.

Con la cara enrojecida por el enfado y los puños crispados, se acercó a grandes zancadas al establo seguida a duras penas por el niño, farfullando maldiciones entre dientes.

–¿Has visto qué camino ha seguido? –preguntó a Daniel ya subida en la silla, refiriéndose a la encrucijada que, a las mismas puertas de Camelot, permitía tomar diferentes sendas que llevaban a todos los rincones del reino.

–El del norte –respondió, refiriéndose al que se internaba en el corazón de Inglaterra. Era, precisamente, el que ella habría elegido para llegar con premura a las tierras de Melquíades.

Apretó los flancos de Perla para que corriera como el viento, y los cascos martillearon sobre el firme de piedras construido con la misma técnica que los antiguos romanos usaron para llenar el mundo de calzadas. El rítmico y monótono golpeteo no redujo su furia cuando vio a lo lejos, cerca de la entrada de un bosque de frondosos árboles, a un solitario jinete. Convencida de que se trataba de Perceval, se inclinó sobre la testa de su hermosa yegua y le pidió un favor:

–Perla, amiga mía, galopa un poco más, que pronto pararemos para que descanses y bebas agua. En cuanto dé caza a ese bribón –terminó, dejado atrás el tono implorante.