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Clavos rojos es una obra especial dentro de la bibliografía de Robert E. Howard, dado que fue la primera publicada tras la muerte del texano y, a la vez, es la última que escribió sobre su más famosa creación, Conan. La elección por mi parte de la edición que Timun Mas hizo de la obra de Conan (1) me permite realizar, además, una reseña del conjunto de relatos y novelas que suponen, en buena medida, la génesis de la fantasía épica que sería desarrollada por nombres como Sprague de Camp, Ursula K. Leguin, Moorcock o tantos otros.

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Ilustración de la cubierta donde se publicó en origen.


 En lo que se refiere a la prosa de Clavos rojos, el estilo de Howard ha quedado claramente definido. Se le nota cómodo escribiendo y describiendo, con unos diálogos ágiles que resumen la acción que se va desarrollando sin que existan grandes parlamentos porque, a fin de cuentas, la historia es de principio a fin una montaña rusa, en la que la pareja protagonista, la pirata Valeria y, por supuesto, Conan, han de huir de uno de los monstruos que perfectamente podrían estar pululando por las páginas de Lovecraft para acabar con sus huesos en una ciudad en la que el peligro resulta ser todavía mayor. En Xuchotil, se enterarán de la existencia de una sociedad recluida, enclaustrada tras las murallas que la protegen, sumida en una decadencia asesina debida a la guerra que desde hace muchos años se libra entre dos facciones que ocupan sendas partes de la fortaleza.

Regida cada facción por un caudillo, Howard no se inmuta a la hora de describir la crueldad con que son tratados los enemigos capturados, del mismo modo que las escenas de pelea son gráficas, muy gráficas, abundando los tajos, decapitaciones y desmembramientos; parece como si Howard, que nunca había mostrado problema a la hora de salpicar con sangre a sus lectores, esté particularmente desatado a la hora de escribir Clavos rojos.

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Primera página de la adaptación al cómic.

Unos clavos que hacen referencia a la columna en la que la facción a la que finalmente Conan y Valeria ayudan marcan cada uno de los enemigos muertos.

Una sensación opresiva de locura, aumentada por la claustrofobia de las salas y pasillos iluminados por piedras fosforescentes de color verde, impregna todo el relato, y el lector casi siente el aire mohoso, la tenue oscuridad, conforme pasa las páginas. La ambientación está lograda, muy lograda.

Los personajes también muestran a un Howard pletórico y genial con su máquina de escribir. Sobre Conan no hay mucho que decir. Suficiente lo ha descrito ya en sus obras anteriores y se limita, en realidad, a darle continuidad con sus frases parcas y llenas de sarcasmo en algunos momentos, así como una proyección hacia el futuro al hablar de la posible corona que pueda llevar algún día dados los variopintos oficios que ha desempeñado: si ha sido ladrón, vagabundo, pirata y muchas cosas más, ¿por qué no monarca también?

Tascela y Olmec son la pareja antagonista de Valeria y Conan. Negros con sangre estigia en las venas, hechicera ella y guerrero hechizado él, en realidad no son más que un refrito de antiguos enemigos cuya personalidad tirando a plana mejora gracias a la revelación sobre la verdad de Tascela y sus poderes, así como por el ingenioso mecanismo de tortura al que Olmec es sometido por su propia consorte y el puntito lésbico que, al final, no es tal. La introducción del anciano Tolkemec, a quien antes se han referido en el texto como uno de los líderes de la ciudad, produce una impresión un tanto burda, casi obligada para saciar las ganas de los lectores de contemplar una gran lucha final contra los poderes oscuros.

Pero Valeria es otro cantar. Atrás, muy atrás quedan las mujeres de Howard que se ciñen al rol de rameras, princesas malcriadas o reinas, cuyo interés es la individualización de las mismas pero que, en esencia, palidecen frente a la poderosa personalidad del bárbaro. Valeria es la que inicia el relato. Valeria es un alma libre. Valeria incluso se permite odiar a los hombres por considerarla inferior. Valeria reparte unos tajos que bien quisiera Aragorn. Valeria es una pantera y es uno de los personajes femeninos, o el que más si se me apura, más interesantes del ciclo de Conan. A lo largo del texto va demostrando su independencia, su fuerza, su valor, y Conan la reconoce como una igual.

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Cartel promocional del fallido intento de animación.

Pero, por desgracia, Valeria acaba desnuda en un altar de piedra. Al final, opino que de nuevo rindiéndose a lo que los lectores (2) deseaban (3), Valeria se convierte en una damisela que hay que rescatar y a la que el mozarrón se llevará al catre. Es algo que, con la sensibilidad de nuestros tiempos, produce dentera, porque parece sufrir de cierta esquizofrenia con doble personalidad, y que se solventa, de un modo un tanto torpe, cuando poco después de llegar a la ciudad Valeria siente un no-sé-qué al mirar al machote cimmerio. Si no hubiera habido relación amorosa (4), aunque en realidad no la haya, sino que se intuye, el personaje estaría mejor definido.

Clavos rojos, pues, es una buena lectura, un estupendo colofón a la obra de Howard sobre Conan, que ha sido adaptado al cómic con gran acierto, aunque más bien cabría calificarla como obra maestra del noveno arte, por Roy Thomas y Barry W. Smith en 1973-74. Una lectura obligada de todo amante de la fantasía.

Ahora bien, leer de continuo la obra de Conan escrita por Howard tiene un problema, que no es pequeño. Se encuentran demasiadas coincidencias en lugares, personajes y acontecimientos en los textos. De ese modo, el lector puede encontrar paralelismos entre la ciudad de Xuchotil y la de Xuthal (5), o del intento de sacrificar a la joven de turno en El valle de las mujeres perdidas, por poner solo dos ejemplos. A mi juicio, esto resta un tanto el interés de la obra cuando se mira en conjunto, y me resulta muy difícil pensar que, en un mundo tan rico como el Hiborio, en el que Conan es un auténtico guía turístico al pasar por numerosos lugares del mismo, la repetición se deba solo a los motivos comerciales mencionados. ¿Quizá sea que Howard se encasillaba a sí mismo a la hora de crear? ¿O quizá era tan perfeccionista que cogía los detalles y los pulía aunque eso supusiera repetirse? Que me condenen por herejía, pero pienso que, de no haberse suicidado, quizá los relatos hubieran carecido cada vez más de originalidad, y la frescura del principio se habría convertido en una ranciedad que es lo que, al final, el propio Conan sufrió cuando autores menores pusieron sus manos sobre él, saturando el mercado de obras en muchos casos olvidables(6).

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La confrontación final, por el excelente Gregory Manchess.

De todas formas, ahí están los relatos de Conan, génesis de la fantasía, muestra de un buen escritor americano que creó uno de los grandes personajes de la literatura, capaz de ser reconocido por aquellos ajenos a este género. Solo por eso, Howard merece un sitio en el panteón de los grandes.


1: Son seis volúmenes que traducen los tres editados por Ballantine/Del Rey con el título Conan of Cimmeria.

2: El tipo de publicaciones en las que aparecían los escritos de Conan estaban destinados a los varones blancos de mediana edad estadounidenses. Creo que está todo dicho.

3: En Howard hay que reconocer un gran olfato para dar aquello que los lectores quieren leer; no tenía inconveniente en redactar de nuevo sus escritos si sus editores le indicaban algo para llegar a más gente. A fin de cuentas, de eso comía, así que antes de tildarle de mercenario de la pluma, hay que quedarse con que, de todas formas, su prosa es interesante y muy adecuada al tipo de narración.

4: Decir relación amorosa y Conan en la misma frase, salvo cuando se habla de Bélit, es algo así como un oxímoron.

5: De Xuthal del crepúsculo.

6: Y que llegan a cotas de ridiculez en el caso de algunos guionistas de cómic que pasaron por La espada salvaje de Conan.