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Capítulo 1

Capítulo 2

La joven alcanzó a Perceval en la linde del bosque, justo donde los árboles comenzaban a proyectar las sombras de sus copas sobre el camino. El estrépito de la galopada, seguido del relincho de alivio de Perla al frenar, provocó que una bandada de grajos alzaran el vuelo, asustados. El sol arrancaba destellos de la bruñida coraza de Perceval; miró a Elin con sorpresa, relajando su postura al reconocerla. Por un instante, había creído que algún demente con ganas de morir se lanzaba contra él, un caballero de la Tabla Redonda armado hasta los dientes.

Perceval soltó la empuñadura de su espada. Había sacado un palmo de acero de la vaina por si acaso.

–¿Se puede saber qué estáis haciendo? –Elin se irguió intentando parecer más amenazadora. El caballero se rascó la coronilla y empezó a tirar de las riendas para que su montura esquivara a Perla–. ¿Que qué hacéis, os digo?

Perceval torció el gesto, como quien soporta a duras penas el estallido de rabia infantil de un niño. Con voz grave, dijo:

–Esta no es aventura para vos, dama Elin.

–¿Que no…? –Elin tenía ganas de darle un sopapo–. Para empezar, ¿a qué aventura os referís? ¿Acaso no ha hablado Merlín con vos?

–Por supuesto que lo ha hecho. –Los cuervos volvieron a posarse en las ramas, fijando con interés sus ojillos oscuros en la pareja–. Y no puedo permitir que vayáis al pantano de Genindas.

«Genindas» –Elin se lo repitió mentalmente unas cuantas veces para memorizarlo.

–¿Y eso por qué, si puede saberse? –dijo.

–Bien… por dos razones. –Con aire de suficiencia, Perceval levantó la mano diestra cerrada en un puño, y levantó el pulgar–. Primero. Porque ni siquiera demostráis ser capaz de pertrecharos para recorrer los caminos.

–¿¡Qué…!?

La exclamación de Elin murió antes de ser emitida. Cayó en la cuenta de lo que le decía Perceval. De lo que le restregaba, más bien. Por fortuna, antes de empezar a buscar con denuedo al caballero, había vuelto a cambiarse de ropa trocando el vestido por un traje más adecuado para ir correteando por los pasillos de Camelot, o la cara de Perceval hubiera sido una máscara de completa chufla. «Y llevo la espada al cinto» –pensó aliviada.

–Y en segundo lugar –sentenció él, extendiendo el índice entonces–, ya se me dijo en su día que sería tarea mía, y solo mía, encontrar el Santo Grial…

–¿El Grial? –La cara de Elin fue todo un poema en el que se mezclaban estrofas de asombro, versos de extrañeza y rimas de confusión–. ¿Quién está hablando del Grial?

Perceval meneó la cabeza, sin responder.

–De todos modos –continuó Elin–, ¿acaso no he demostrado mi valía al combatir con vos? Y venceros, he de añadir por si no lo recordáis…

–Lo recuerdo. –Perceval soltó una risita sarcástica–. Como también recuerdo que ibais enfundada en una coraza. Lo que nos devuelve al punto primero.

Elin miró al cielo. Los cuervos graznaron de tal modo que a la joven le parecieron carcajadas. Suspiró. Volvió a suspirar con fuerza. Y echó mano de la testarudez que desde pequeña había mostrado cuando sus padres intentaban que hiciera algo en contra de sus deseos.

–Haced lo que queráis, caballero. –La altivez fue la nota dominante en su voz–. Yo voy al castillo del barón Melquíades y no podéis impedirlo. Y de ahí, al pantano de Genindas. –Lo había conseguido memorizar.

–Como deseéis –respondió él encogiéndose de hombros. Hizo que su caballo emprendiera un trote suave y Elin se colocó a la par del caballero, mirando al frente con la cabeza bien alta. No le dirigió una sola palabra hasta que divisaron la mole fortificada del barón.

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