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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3: (I)(II)(III)

Aún no se habían recuperado de la impresión que supuso ver al demonio –Elin no podía pensar en la criatura como otra cosa–, cuando otras ventanas del edificio estallaron y por cada una de ellas surgió otro ser que parecía hermano del primero. Todos ellos desnudos salvo por un tosco taparrabos de cuero basto, los contemplaban con ojillos pequeños que destilaban maldad asesina.

Cinco.

Eran cinco, y avanzaron encorvados, las anchas manos en las que terminaban sus largos brazos apoyadas en el suelo, como monos infernales. El grito de Perceval, pleno de autoridad, hizo que la joven sacudiera la cabeza, saliendo del aturdimiento en que la había sumido la visión:

–¡Espalda contra espalda, Elin! ¡Espalda contra espalda!

Elin obedeció de inmediato. El caballero tenía más experiencia en lides que ella, y dejó que tomara la iniciativa. Era una situación muy diferente a la que había vivido con el que ahora era su compañero de armas al luchar en el patio de Camelot, pues ninguno de los dos había corrido riesgo de morir. Ni siquiera lo podía comparar con su batalla con Tremolgón, pues la furia y el dolor de perder a su familia ante sus ojos la habían espoleado en el combate.

En ese momento, sin embargo, Elin era consciente por completo de la inminencia de la muerte en un lugar extraño, ajeno al mundo que conocía, y entendía de modo instintivo que no era la primera vez que Perceval se encontraba en un brete así.

Por lo que pegó su espalda a la del caballero, dejando que los demonios se acercaran, enarbolando la espada frente a ella, dispuesta a clavar su punta en los cuerpos que se les abalanzaban.

Perceval gruñó tras ella comenzando el baile de chispas, acero y sangre, y se oyó un alarido inhumano: había cobrado su primera presa. Elin miró al ser que se le acercaba por su izquierda, el primero de los que habían salido de la casa; había trazado un pequeño arco desplazándose con la intención de atacarla por el flanco. La joven lo previó y dio un par de zancadas justo en dirección contraria, hacia el otro demonio, que le sacaba una cabeza. Utilizando su arma como ariete, cargó con toda la fuerza que pudo y el demonio, sorprendido, apenas pudo echarse a un lado para evitar recibir la estocada en pleno pecho. El acero mordió la carne del brazo y una sangre roja, brillante como los rubíes más puros, se derramó a lo largo del filo de Elin.

Su contrincante manoteó desequilibrado, pero no logró evitar a la joven, que se agachó con agilidad y evitó los zarpazos que arañaron el aire. Aunque desde una posición un tanto incómoda, consiguió lanzar un tajo que hirió a la criatura en la pierna, arrancándole un buen pedazo de carne y músculo.

El demonio cayó al suelo sujetándose la pierna, chillando de dolor.

De inmediato, se dio la vuelta para enfrentarse a su segundo enemigo, pero este había sido muy rápido y descargó un golpe contra el costado de Elin, que sintió cómo el aire se escapaba de sus pulmones. Trastabillando tres o cuatro pasos, hizo como pudo para sujetar la espada frente a sí en una rudimentaria guardia que se probó ineficaz cuando el demonio consiguió conectar un puñetazo contra el brazo izquierdo, que de inmediato le quedó entumecido.

Apretando los dientes para evitar gritar por el dolor, Elin se preguntó por qué su capacidad no había entrado en acción, por qué el mundo y sus habitantes no se habían convertido en seres que se movían como en melaza permitiéndole tener una mayor ventaja en combate, pero no pudo reflexionar mucho sobre ello al ver, casi de casualidad, que la criatura le lanzaba otro golpe.

Dirigido a su cabeza.

Esta vez, Elin sí pudo reaccionar y se echó a un lado, agitando la espada de nuevo sin lograr alcanzar su objetivo. Los giros del combate habían hecho que pudiera contemplar cómo, al fondo, Perceval estaba trabado en combate con un único ser, ya caídos sus otros dos enemigos.

Otro golpe del demonio. Otro más. Y un tercero en rápida sucesión. Elin apenas podía esquivarlos; sentía la cabeza embotada, un cansancio terrible en los miembros, y hasta el peso de su liviana espada le resultaba insoportable. Seguía moviéndose por inercia, recordando los consejos de lucha de su tutor de esgrima, pero no creía que fuera a salir con vida de…

Un nuevo estallido de dolor en el estómago. La criatura había atravesado otra vez su guardia y le había golpeado con brutalidad en el abdomen. Gritando, furiosa más allá de toda medida pero a la par asustada, Elin lanzó una patada desesperada contra su enemigo.

Que impactó contra la rodilla del demonio.

Se oyó un satisfactorio crujido y el ser, hasta hacía un momento convencido de su victoria, sintió temor, un temor que asomó a sus ojos desorbitados cuando vio el acero de Elin caer sobre él.

El arma entró en el cuello rojizo, y era tanta la furia nacida del puro cansancio y el ansia por sobrevivir de la joven, que salió por la nuca en una explosión de sangre. Un torrente rojizo cayó de la boca del demonio.

Elin había vencido, pero se sentía tan exhausta que no pudo hacer otra cosa que derrumbarse en el suelo, sin pensar siquiera en cómo le iba la batalla a Perceval.

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