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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)(VIII)

Elin miró con interés las páginas, sin ningún tipo de disimulo, conforme la hechicera las pasaba deslizando el índice por su superficie, musitando algo en voz tan baja que la joven no alcanzaba a entenderla.

–¡Son los mismos dibujos que los de dentro de la casa! –exclamó al reconocerlos.

–Runas. Pero imagino que estás en lo cierto. –Morgana la miró entrecerrando los ojos, frunciendo el ceño pensativa–. Es la forma más común de escritura en el reino de… donde habéis estado hace poco. Dejémoslo así.

–¿Sabéis leerlo?

–Entre otras formas de escritura. –Pareció hincharse como un pavo, satisfecha consigo misma.

–¿Y qué es?

–Hum… Con que sepas que es un poderoso artefacto que permite crear puentes entre mundos, será suficiente. Por ahora al menos. –El tono de voz de Morgana no dejaba lugar a dudas: no diría ni una palabra más al respecto. Elin asintió–. Pero os prometí una explicación. –Elin volvió a asentir–. Y mis promesas las cumplo. Salvo cuando no conviene hacerlas.

La muchacha pasó por alto el último comentario:

–Explicaos entonces, por favor.

–Ahora bien, no me interrumpas, porque el memo de Perceval volverá en cualquier momento, y con contarle cualquier milonga se dará por satisfecho.

–¿Vais a mentirle?

–¿Qué acabo de decir, Elin? No me interrumpas si quieres saber qué pasa. –La joven bajó la cabeza avergonzada y apretó los labios todo lo que pudo–. Eso está mejor. Tú, Elin, posees sangre de elfa en tus venas. O nereida. O de alguna de esas criaturas de cuento. ¡Ah! Veo que no te sorprende. Tendrás que contarme desde cuándo lo sabes, porque creo que tu linaje te ha sido escamoteado, niña.

»Pero lo que no se puede ocultar es tu habilidad de plegar el tiempo, ¿verdad? –Elin abrió los ojos como platos–. Vi el combate que libraste con Perceval el mismo día de tu llegada a Camelot. Supongo que fui la única que se dio cuenta de con qué rapidez te moviste. A excepción de Merlín, por supuesto. Así que empecé a indagar sobre ti y tu familia, muchacha.

–No veo qué tiene que ver…

–Pues tiene mucho que ver, niña. –Morgana alzó la voz, molesta por la nueva interrupción–. No fue casualidad que el sátiro se abalanzase sobre ti en las cercanías del castillo. Te buscaba, Elin. Te buscaba a ti. Pero no para lo que imaginas, sino para devolverte a casa. Al hogar que muchos de ellos sostienen que es tu auténtico hogar, y así hacer que vuelva la heredera de la exiliada.

Elin sacudió la cabeza. Lo que le estaba contando la mujer no tenía pies ni cabeza y se levantó haciendo aspavientos. Morgana, con suma tranquilidad, hizo un gesto con la mano, un leve floreo de muñeca. De inmediato, Elin sintió que el mundo daba cien vueltas, se llevó la mano a la frente sintiendo un mareo, un vértigo, y volvió a sentarse esperando que pasara el vahído.

–Los moradores del otro mundo planean pasar a este, Elin. –Lo dijo en un susurro, como confiándole un secreto–. El suyo se les ha quedado pequeño.

»Mas callemos ahora. Que escucho que vuelve nuestro bravo caballero… y acompañado, por lo que parece.

En efecto, las dos mujeres vieron llegar hasta donde ellas estaban a Perceval junto al siempre sonriente, siempre galante, Bello Desconocido; en los brazos de ambos había un par de montones de leña seca.

–¡Dama Elin! –El afable saludo del Bello fue mucho más cálido que el que le dedicó a la hechicera–: Dama Morgana…

–Un placer veros también a vos, caballero. Ahora ya somos dos damas y dos hombres. –Miró con toda intención, levantando la barbilla, a Perceval–. Así no os sentiréis tan solo. –El aludido bufó y descargó la madera.

–La divina providencia ha querido que el caballero Perceval me encontrase –se explicó el Bello.

–Divisé el fuego que había encendido…

–Así que no tuvisteis más que seguir el resplandor anaranjado –dijo Morgana con acritud. Acto seguido, movió las dos manos en dirección a la leña. Que se prendió con un gemido, iluminando la escena–. Una gran labor de rastreador.

–Reíos lo que queráis… –comenzó Perceval.

–No, si no me río, caballero. Más bien creo que, en vez de la divina providencia de nuestro hermoso amigo, habrán sido las maquinaciones de alguien que gusta de túnicas y viste larga barba. ¿Me equivoco?

–Si os referís a Merlín –respondió el Bello, haciendo una reverencia bufonesca–, habéis acertado de pleno.

–Con lo que este bosque –dijo Morgana, mirando al cielo– está la mar de concurrido.

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