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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)

Un tremendo resplandor les obligó a cerrar los ojos. Las tinieblas fueron rasgadas por un destello blanquiazulado de gran potencia que dejó un olor similar al que hay en el ambiente cuando acaba una fuerte tormenta. Un relámpago había impactado en el pecho de la gargantuesca criatura, que se daba manotazos con expresión aturdida intentando apagar las llamitas que bordeaban el agujero abierto en su torso.

Lo intentaba sin saber que ya estaba muerto, pues el rayo había horadado su cuerpo destrozando el corazón. El gigante daba sus últimos estertores, justo antes de que sus ojos rodasen sobre sus órbitas y se derrumbara con el infernal sonido de un alud de piedras.

Elin miró con incredulidad al caído titán y se preguntó qué podía haber pasado. A su lado, el caballero se tapaba la boca, tan abierta que por ella habría cabido un ejército de moscas.

–¿Qué ha pasado? –preguntó él en voz bajita.

Por toda respuesta, Elin meneó la cabeza, pero vio que había una figura a lo lejos que parecía estar orlada de un aura azulada capaz de competir con la neblina reinante. Sujetaba un bulto de buen tamaño bajo el brazo, envuelto en un hato de lana, y sus largos cabellos morenos, cargados de electricidad, apuntaban revoltosos a lo alto.

Su vestido era del verde de la hierba.

–¡Morgana! –Elin gritó al reconocerla y empezó a andar hacia ella. La hechicera los miró y torció el gesto al ver al hombre, pero compuso una rápida sonrisa en su rostro cansado por la tremenda energía que acababa de liberar.

–Me preguntaba quién habría sido tan inconsciente como para entrar en este reino –le recriminó cuando ambas estuvieron cerca–. Caballero. –Meneó la cabeza como con desgana en dirección a Perceval.

–Creíamos que el barón –dijo Elin, sin percatarse de las cautelosas miradas que los otros dos se dirigían– corría peligro, así que…

–Así que os lanzasteis sin reflexión alguna por un portal a un sitio que os podría haber masticado, engullido y escupido vuestros huesos.

La cortante voz de Morgana hizo que la joven cerrara la boca de inmediato, cosa que aprovechó Perceval diciendo:

–Agradecemos vuestra ayuda, dama Morgana. Pero será mejor que volvamos a… ¿Inglaterra?

–Decís bien, Perceval –asintió ella–. No estáis en Inglaterra. O, al menos, no en la Inglaterra que conocéis.

–Es el reino de la gente hermosa. –Elin lo dijo en cuanto tuvo la intuición de haber traspasado la barrera existente entre el mundo de los humanos y los de más allá, tal y como contaban las leyendas.

–No son gente muy hermosa, en realidad –rio Morgana–. La mayoría son bastante horrorosos de contemplar. Cuando no directamente asquerosos.

»Mas dejemos para otro momento las explicaciones. Que de seguro me vais a hacer preguntas. –Elin asintió por reflejo, arrancando una sonrisa a la hechicera–. Abandonemos este lugar antes de…

–¿Y qué hay del barón? –preguntó Perceval envainando por fin la espada.

–¿El barón? ¿Cuál de todos ellos?

–¿Cómo que cual…?

Morgana soltó una carcajada que hizo que la cara del caballero se pusiera morada.

–Que cuál, os digo. Porque no tenéis que temer por ningún noble o plebeyo.

–¿Qué queréis decir? –Perceval entrecerró los ojos, pensando que Morgana se estaba riendo de él y que no le importaban para nada las vidas de sus compatriotas.

–Quiero decir, caballero, que el sitio por el que habéis entrado a este lugar no ha sido afectado por la presencia del portal.

–¿Portal?

–¡Por los dioses! –se exasperó ella–. ¿¡Es que voy a tener que explicaros todo, botarate!? Vayámonos de aquí, y cuando estemos seguros, os cuento qué habéis vivido.

–De acuerdo –dijo Elin, deseosa de no ver un conflicto estallando entre ambos.

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