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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)

Una nueva sorpresa aguardaba a Elin y Perceval, pues al abandonar el extraño lugar, no se encontraron en el punto por el que habían entrado. Se giraron confusos hacia Morgana, que los miraba con cierta condescendencia apoyada en uno de los muchos árboles de lisa corteza y frondosas copas de hojas ahusadas, buscando una explicación.

–¿Dónde estamos? –preguntó Elin. La hechicera soltó una risita y se sentó sobre una de las nudosas raíces del árbol, deslizando con parsimonia su espalda por el tronco–. Estas no son las tierras del barón…

–No lo son. –Con las piernas cruzadas, dejó el hato en su regazo y no dejaron de fijarse en que su forma era rectangular. Como la de los códices. La luz escarlata del atardecer incidía directamente sobre Morgana, jugueteando con sus hermosos rizos morenos, como revoloteando entre ellos–. Este es el Bosque de Genindas.

–¿Genindas? –preguntó Elin–. ¿Como el pantano?

–Hay un pantano hacia allá, en efecto. –Morgana movió la mano con displicencia en dirección norte–. Pero nunca lo he visitado. No me gusta la humedad, si he de seros sincera. –El guiño juguetón de su ojo izquierdo no pasó desapercibido para Perceval, que se adelantó un par de pasos.

–Dejaos de adivinanzas y juegos, Morgana –dijo–. Has prometido explicarnos qué ha pasado en… ¡ahí!

–Y lo voy a hacer, mi fogoso caballero.

Desmintiendo sus palabras, desenvolvió con cuidado el hato. Conforme un pliegue de tela era apartado, algo de la paciencia del hombre se agotaba. Elin, nada satisfecha con ninguno de los dos, tocó el brazo de Perceval llamando su atención, haciendo que se girara hacia ella.

–Pronto habrá anochecido. Deberíamos encender una hoguera.

–Es cierto –asintió Perceval–. Buscaré leña.

–Yo la prenderé –dijo en voz bajita Morgana, riendo. Las dos mujeres se quedaron solas, y el soniquete de las placas de acero de la coraza de Perceval fue acompañado por el tronchado de ramas que servirían como combustible.

–Lo estáis enfadando –advirtió Elin. Morgana se encogió de hombros y palmeó una raíz junto a ella, invitándola a sentarse–. Es un bravo caballero de la Tabla Redonda.

–Y vos también, Elin. ¿O me equivoco?

–No.

–Pero no deseáis arrancarme la cabeza, ¿a que no?

–¿Cómo? –Elin se removió inquieta, como si tuviera una avispa bajo la ropa, ante la pregunta de Morgana–. Perceval no…

–Perceval sí, niña. Y Kay. Y Gawain. Y Lanzarote ya puestos. Hasta los brutos de Ban y Bors aplaudirían si el buen Arturo me sentenciara a morir en la hoguera.

–No podéis estar hablando en serio –protestó Elin.

–No suelo bromear con cosas que tienen que ver con mi vida. Menos con las de mi muerte.

La joven contempló la cara de Morgana, ahora sumida en sombras. El sol se estaba ocultando con velocidad y pronto estarían rodeados de tinieblas.

–¿Cuánta leña cree ese bobo que necesitamos? –bufó la hechicera, abriendo el libro que había, por fin, desenvuelto–. Me gustaría empezar a leerlo hoy, no mañana.

–¿Qué es? –Elin señaló el grueso tomo encuadernado en piel teñida con un azul que recordaba a los lagos de las heladas montañas.

–Esto, Elin, es algo que he estado buscando mucho tiempo. Y que puede suponer la diferencia entre la pervivencia o la destrucción de Camelot.

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