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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Mientras avanzaban por las sendas que apenas se vislumbraban entre los árboles del bosque de Genindas, trochas en su mayoría abiertas por ciervos que vagaban de acá para allá, Elin intentó arrancar algo más de información a Morgana. La joven estaba insatisfecha con las parcas explicaciones de la hechicera, pero esta no respondía ni a una sola de las preguntas que le hacía. Ni siquiera se dignaba a mirarla, a volver el rostro hacia ella, a dirigirle un vistazo de refilón para demostrar que, cuando menos, había escuchado la pregunta.

Tan solo cuando la tierra y alguna que otra roca que jalonaba el camino fueron sustituidas por un terreno húmedo y parduzco, se detuvo Morgana, levantando la mano y desatando un suspiro de alivio en los dos caballeros que trotaban por detrás.

–Estamos en el límite del pantano, a lo que se ve –dijo mirando al frente, donde se extendía una zona en la que los árboles estaban mucho más dispersos y sus ramas se inclinaban hacia zonas que alternaban un légamo maloliente, producto del agua estancada y la vegetación descompuesta, con charcos en los que chapoteaban sapos y ranas que buscaban cazar con sus largas lenguas el sustento alado que cubría en nubes el pantano. Una neblina flotaba en el ambiente, como si la propia masa de agua fuera la que la producía, dificultando la visión más allá de cincuenta pasos.

–Bonito lugar –comentó con sarcasmo el Bello–. ¿Nunca habíais estado antes, dama Morgana?

–No. –La mujer se frotó el mentón, pensativa. Entrecerró los ojos, queriendo traspasar la bruma–. Conocía de su existencia, pero los pantanos no son sitios que me agraden especialmente.

–¿Y de dónde sacáis la provisión de ranas y culebras para…?

Morgana se volvió hacia Perceval como una centella y se colocó a su par; el comentario preñado de irreverencia del caballero murió en sus labios al ver a la hechicera, una cabeza más baja que él, enfrentándosele. Pese a su superior corpulencia, se sintió intimidado por el poder que desprendía Morgana: un brillo azulado parecía recorrer su espesa melena azabache y las puntas se combaban hacia arriba, dándole el aspecto de una furia surgida de los mitos antiguos.

–Será mejor que cerréis la boca caballero, o no respondo de lo que os pueda pasar.

El Bello Desconocido golpeteó con la mano la placa de la hombrera de Perceval.

–Ha sido un comentario muy zafio, amigo mío.

–Os… pido perdón, dama Morgana. –Lo dijo bajando la cabeza y con el puño izquierdo sobre el corazón. El gesto pareció aplacar a la hechicera.

–¿Qué es eso? –Elin señalaba una luz anaranjada, como la que surge de una antorcha, que se veía a la izquierda del grupo, desplazándose a una velocidad similar a la de un caballo a medio trote.

Los dos caballeros miraron hacia ella.

–Juraría que tiene forma humana –dijo Perceval. El Bello asintió–. ¿Quién puede ser?

–No quien –replicó Morgana–. Qué. Es una criatura fatua, compuesta de luz o fuego. ¡Nos estaba espiando! ¡Dadle caza, caballeros, antes que revele a sus amos nuestra presencia!

La urgencia en la voz de Morgana espoleó a Perceval, que salió corriendo en pos de la criatura. A pocos pasos detrás de él, tras haber saludado con un ademán a Elin, iba el Bello. La muchacha también habría salido corriendo, de no haber sido porque Morgana la cogió con fuerza del brazo. Le chistó e hizo un leve movimiento negativo de cabeza.

–Déjalos –dijo–. Deja que cacen ilusiones esos dos botarates, que tú y yo tenemos que hablar. ¿No es eso lo que querías?

–¿Qué? ¿Hablar? –Elin contempló a los dos caballeros hasta que fueron tragados por la niebla–. Sí, debéis contarme…

–Pues entonces, déjalos –concluyó la mujer con autoridad. Y Elin cerró la boca.

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