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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4: (I)

Pero Elin no podía permanecer callada mucho rato. Entendiendo que la ausencia de los dos caballeros facilitaba a Morgana soltar la lengua de una vez por todas, compuso su mejor sonrisa y, pestañeando como una chiquilla curiosa que pregunta a sus padres, dijo:

–Esa criatura… ese ser de luz que hemos visto, ¿es obra vuestra?

–Bien lo has captado, niña. –Morgana asintió, se recogió el pelo con una mano mientras con la otra se enjugaba el sudor de la nuca. La humedad era mucha y empezaba a hacer que las ropas de las dos parecieran empapadas–. Como ya he dicho, con cualquier cosa que huela medianamente a aventura se entretienen.

Elin levantó las cejas, un tanto molesta por la desidia de la hechicera para con quienes, a fin de cuentas, eran sus compañeros de la Tabla Redonda. Sin embargo, se le escapó una risita; se estaba habituando a la mordaz forma de ser de Morgana. Y lo que era peor: le gustaba.

–Antes de nada –continuó Morgana haciendo unos movimientos con el brazo derecho que más parecían volatines–, explícame por qué Merlín te envió a este pantano. Y al castillo del barón Melquíades, porque ahí dijo Perceval que estabais, ¿no es así?

–Sí. –Elin contempló cómo un rastro de luz de plata se formaba ante ellas, en el suelo, iluminando una senda no vislumbrada con anterioridad. Morgana tanteó el inicio del camino con un pie, comprobando que era firme; satisfecha, comenzó a andar por él sin miedo a mojarse las botas–. Pero no había nadie en el castillo. Parecía como si todos hubiesen desaparecido.

–Sígueme, niña. No te quedes pasmada ahí. Eso es, sin miedo. Que el camino no va a desaparecer mientras yo no lo quiera.

»Lo que dices es más o menos cierto –explicó–. No había nadie, pero no porque se los llevaran. Lo que visteis se debió a una deformación de la realidad, un solapamiento de los dos reinos… –Elin hizo aletear las pestañas con incomprensión y Morgana torció el gesto, frustrada–. Estabais entre nuestro mundo y el de las Hadas, pero más en este que en aquel. ¿Lo entiendes?

–No mucho, la verdad –respondió Elin encogiéndose de hombros. Las ranas callaban a su paso, pero reanudaban su cansino concierto en cuanto quedaban a sus espaldas.

–Bueno, es igual. Para tu solaz, el barón y su gente se encuentran bien. Sanos. Rubicundos. Felices. Como siempre suelen estar, según se dice.

–¿Se dice?

–Eso hablan. Que las tierras de Melquíades son las más dichosas de toda Inglaterra. Que sus habitantes sonríen sin cesar y viven sin penuria alguna. Si te he de ser sincera, creo más bien que se trata de una cuestión de estupidez congénita, pero…

–¿Y el libro? –Elin la interrumpió, provocando que la hechicera lanzara un suspiro.

–¿Qué pasa con el libro? Ya te he dicho…

–Sí, dama Morgana. Lo habéis dicho. Habéis dicho que es algo vital para que Camelot siga existiendo. Así que no os sorprenderá si insisto en que me contéis algo más del mismo.

–Tienes valor, niña. Muchos caballeros de tu Tabla ni siquiera se atreven a desearme los buenos días por temor a que les fulmine mi legendaria mala baba.

–No os veo tan temible. –Elin lo dijo con desparpajo y Morgana, por primera vez desde que la vio, dulcificó su expresión. La sonrisa le produjo unas arrugas en las comisuras de los labios, sin duda debido a su poca experiencia en tales menesteres.

–Eso es porque no me conoces bien, niña –respondió la hechicera.

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