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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4: (I)(II)

Morgana procedió entonces a desenvolver el hato en que llevaba el misterioso libro plagado de runas. Runas gaélicas, según había dicho Perceval. La hechicera lo contempló un momento entre sus manos; era pesado, como si en vez de fina vitela sus hojas estuvieran hechas de madera grabada. Elin lo cogió cuando Morgana se lo tendió.

–Está muy frío. –La joven tembló al tocar la cubierta.

–Cuanto más tiempo pase fuera de su mundo, más frío estará. Por eso lo llevo envuelto, Elin: encuentro más placer en la lumbre y el calor. –Elin asintió y abrió el libro. Las hojas crujieron un poquito, como suspirando–. Es una colección de hechizos, descubrimientos y experimentos de un antiguo brujo. Un mago, que diría Merlín.

–¿Hay diferencia? –preguntó Elin un tanto ensimismada, contemplando los extraños caracteres.

–Para ese viejo chocho, sí. Según Merlín, un brujo extrae el poder para obrar prodigios de las fuerzas oscuras. Los magos, de las contrarias. ¿Adivinas qué es lo que me llama a mí?

–Bruja. –Elin se arrepintió de responder de forma tan rápida, pensando que Morgana podía tomárselo como una descortesía. Sin embargo, la mujer asintió con un rictus de leve tristeza.

–Bruja. Eso es.

–¿Y lo sois? ¿Tratáis con fuerzas oscuras, quiero decir…?

–Lo que Merlín y yo entendemos por poderes oscuros difiere. El resultado, sin embargo, viene a ser el mismo: hacemos que el fuego, el aire, el agua y la tierra nos obedezcan. Cumplen nuestra voluntad.

–Y este libro… ¿por qué es tan importante? –Elin volvió al tema que más le interesaba.

–Porque contiene la forma de deshacer los portales al Otro Mundo que se están abriendo, Elin. Por toda Inglaterra.

Elin la miró con el ceño fruncido. Se fijó entonces en que se habían detenido en una zona del pantano que estaba cerca de una porción de tierra seca, lo bastante extensa como para albergar una pequeña choza de madera y pajas, muy humilde. Frente a la puerta había una silla y, sobre ella, un hombre sentado que las contemplaba con curiosidad.

Las preguntas se apelotonaban en la mente de Elin y decidió obviar, de momento, al anciano de cabeza calva y rostro arrugado. A pesar de no haberlo visto hasta entonces y que ello podía significar que, cuando menos, era extraño.

–¿Por toda Inglaterra, decís?

–En efecto. –Morgana hablaba contemplando al anciano. Cogió el libro de las manos de la joven y lo volvió a envolver–. Tremolgón y tu atacante a las afueras de Camelot surgieron de uno de dichos portales. Y, por lo que os pasó en el castillo de Melquíades, cada vez son más grandes. La barrera se está rasgando a toda velocidad, me temo.

»Y debemos encontrar la forma de cerrarla, antes de que sea demasiado tarde. Antes de que un ejército como nunca ha visto el mundo pase por ellos y nos arrase.

–¡Entonces el libro es vital! –La obviedad de Elin hizo que Morgana girase los ojos sobre sus órbitas.

–Basta por ahora. Creo que si Merlín te mandó a este lugar, fue por él. –Señaló al anciano sentado, que se señaló a sí mismo tocándose el pecho. El viejo rio con ganas, pero no dijo nada–. Vayamos a saludarle. Y a averiguar qué demonios hace aquí perdido.

–No creo estar perdido. –El anciano, mirando a las dos mujeres desde su desvencijado asiento, lo dijo de sopetón en cuanto llegaron hasta él. Pese a que Morgana lo había dicho en voz baja y bien lejos, parecía que tenía un oído finísimo. Quizá sobrenatural–. Más bien diría que las perdidas sois vosotras. Qué pueden hacer una maga y una… ¿espadera? en Genindas, conocido por muchos como un sitio infecto e inhóspito, es lo que me pregunto yo.

La voz del hombre era dulce, comparable al escucharla al gusto que se obtiene cuando se toma un rico vaso de hidromiel. Elin sintió una profunda simpatía por él.

–En realidad, señor –dijo–, no sé muy bien por qué, pero debo estar aquí. El gran mago de Camelot…

–Merlín –la interrumpió él, asintiendo.

–Exacto. Merlín… me envió para aprender sobre mí. De mi familia pasada y de mi herencia. –Elin se fijó en que Morgana se toqueteaba el labio pensativa–. ¿Quizá vos podáis decirme…?

–Merlín te ha indicado bien el camino. –El viejo se levantó. Encorvado como estaba en la silla, ninguna de ellas se había fijado en la enorme estatura de la que hacía gala. Al desplegarse la túnica blanca que tenía arrebullada, vieron que su cuerpo era delgado, pero no tan esquelético como en un principio habían, sin saber muy bien por qué, pensado. Y sus facciones, aunque avejentadas, recordaban a Elin las de las hermosas estatuas que los antiguos legaron a Inglaterra, un hermoso rostro carente de mácula pese a las arrugas. Pensó que, en tiempos, debía haber sido uno de los hombres más bellos del mundo.

–Elfo –bisbiseó Morgana. Y, más alto después–: Eres uno del pueblo élfico.

–Ese es uno de los nombres que nos dais. –Hizo una grácil reverencia. Su cuerpo aún conservaba la flexibilidad de antaño–. En efecto.

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