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Muy pronto, muy pronto… ¡Emoción, intriga, dolor de barriga!

Mi dedo índice permanece suspendido, como si no acabara de decidirse a pulsar el botón que dará la conformidad final a todo el proceso de publicación. Con un leve temblor, desciende unos milímetros pero no llega a terminar el recorrido. ¿Estoy seguro de haber revisado todo? ¿No habrá algún problema que detectaré luego y no podrá ser desecho? ¿Quizá alguno de los que me lean meneará la cabeza y, enarcando una ceja, diga: «¡Vaya metedura de pata, macho!»?

Recuerdo que empecé a escribir esta novela en febrero. Un rápido cálculo mental: diez meses. Más que un parto. La escribí después de unos cuantos relatos cortos y microrrelatos que presenté a concursos –algunos de los cuales fueron seleccionados para publicación– y otra novela que paseé por algunas editoriales para ver cómo funcionaba el tema; dado que las pequeñas e independientes optan por la coedición, aposté por autopublicar en Kindle y Create Space: no sueño ganar dinero con mis obras –mi nómina está en otro lado–, pero tampoco quiero perderlo; mi deseo es compartir lo que escribo, y esa es la máxima recompensa.

La sombra dorada, he de reconocerlo, tiene cierto componente maniqueo: la lucha del bien contra el mal, la vida contra la muerte, todo eso. Pero, dado que yo mismo reniego de los absolutos morales en literatura, creo haberlo atemperado con la construcción de personajes de variadas facetas y formas de ser. También es cierto que la escribí porque estaba en un momento en el que estaba saturado de lecturas oscuras y pesimistas cargadas de sarcasmo y mala baba, justo como lo que tiene mi otra novela… En ese sentido, fue como un descanso, una oxigenación mental.

A lo que iba. Diez meses.

No puedo dilatar esto hasta el fin de los tiempos. Llega un momento en el que, sin más, tienes que dejar que tu obra sea libre, que deje de pertenecerte y que sean otros los que la juzguen. Pero sigo sintiendo un pequeño vértigo al pensar en que La sombra dorada va a ser una realidad física… Río al pensar que tales términos –corporeidad, tangibilidad– han mutado en los últimos tiempos debido a la evolución de las tecnologías informáticas. Ahora, lo normal es ver gente en el bus, en el tren, mirando sus pantallas. El otro día, de hecho, yo era el único en todo el tranvía que llevaba un libro impreso en las manos. Y no suele ser normal, porque es mucho más cómodo sacar el móvil del bolsillo, iniciar el lector de Kindle y leer utilizando una sola mano, mientras con la otra te sujetas a la barra.

Sí, los hábitos de lectura han cambiado. Y, a mi entender, para mejor. Sigues teniendo la opción del libro impreso, así que no es un sustituto, sino un añadido.

–¿Qué quieres, tesoro? –Tina, mi pequeña peluda cuatripatada, me ha colocado su cabecita blanquinegra sobre las piernas para llamar mi atención–. ¡Aúpa! –La cojo y la pongo sobre mi regazo; ambos sabemos que no es una posición cómoda para ninguno de los dos, pero nos da igual. Nos gusta.

Y el mensaje de la pantalla del monitor sigue esperando mi confirmación. No debo dudar más: han sido cuatro repasos del texto, un manuscrito que tras la maquetación consiste en trescientas ochenta páginas. Y sin olvidar las contribuciones de mis lectores de prueba. Mis lectores cero, que les llamo yo, como si fueran los iniciales vectores de distribución de una pandemia zombi. Una pandemia. Ya me gustaría a mí que leer mi novela fuera una pandemia… Soy realista. La democratización, como algunos lo llaman, de la publicación gracias a la existencia de nuevos sistemas que otorgan facilidades para autores independientes y noveles, ha hecho que los títulos se multipliquen todavía más en un mercado ya de por sí saturado. Y, si además la temática sobre la que versa tu obra es fantasía heroica, un género todavía más acotado en su potencial de lectores, bueno…

No me importa, de todos modos. Escribo porque me gusta. Siempre me ha gustado. Incluso cuando no escribía, seguía escribiendo. ¿Una paradoja? No del todo. Tanto en mi trabajo como en el estudio del Grado de Geografía e Historia he tenido que hacer uso de la escritura; prácticas, ejercicios, exámenes… No, en realidad no he dejado nunca de escribir.

Y aquí estoy. A punto de publicar La sombra dorada. En cuanto pulse el botón.

–Tenemos que acordarnos de comprar pan –dice mi mujer desde el umbral de la puerta donde tenemos el ordenador que utilizo para escribir. Vamos a ir a casa de mi madre para celebrar su cumpleaños y, cuando nos vayamos, entraremos en una de esas franquicias que venden pan, bollería y chucherías; dado que es festivo, no hay panaderías abiertas. No, a esa tienda no se le puede llamar panadería, aunque la calidad del pan es mayor en según qué casos. Asiento con la cabeza, casi distraído, mientras Tina la mira con sus ojillos vivarachos, dudando entre seguirla hacia la cocina o continuar sobre mis piernas.

No deja de ser curioso que, con lo que le debo a mi familia –que desde pequeño me inculcaron el vicio de la lectura regalándome todo aquello que tuviera letras impresas y yo señalaba, desde los tebeos de Spider-Man a los libros que elegía para el pedido del Círculo de Lectores–, la fecha de publicación coincida con la efeméride materna.

El reproductor del ordenador empieza a hacer sonar otra canción y la potencia atronadora de Battle Beast me llena de adrenalina. Su esencia de power metal con toques –no muchos– electrónicos y, lo que es más importante, la poderosa y versátil voz femenina al frente de la banda parecen decirme que pulse de una vez el maldito botón. Let it roar, canta ella.

Está bien. Lo dejaré rugir.

El dedo índice cae como el mazo del juez justo antes de pronunciar la sentencia. Ahora, el libro ya no me pertenece.

La sombra dorada está a punto de salir al mundo.