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Con un par de meses de retraso, porque ya se sabe que lo que uno se propone se queda en agua de borrajas, mi novela La sombra dorada está a punto de salir del horno. Estoy con los últimos toques de maquetación, con la confirmación de Amazon, en fin… zarandajas de final de camino. Así que, dándome un poco de autobombo, me publicito ofreciendo un texto que no forma parte del libro, pero que tiene lugar en el mismo mundo creado para la novela.

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Ilustración de la cubierta, obra de Jonay Martín Perdigón.



Como he dicho alguna vez, es una novela de fantasía épica, estructurada a partir de la visión de diferentes personajes (1), a la que he dedicado una buena cantidad de tiempo intentando que sea lo más amena posible pero, al mismo tiempo, con suficiente calidad estilística. Cosa que espero haber logrado aunque, como siempre en estos casos, los jueces serán las personas que la lean.
En el texto que sigue, hay rasgos de La sombra dorada, tanto pistas argumentales, como una muestra del estilo, cercano a la espada y brujería de Howard o Abercrombie (2) más que a las florituras tolkianas.
Espero, deseo, anhelo, que os guste el relatito a continuación, y que os pique la curiosidad…


1: De la que ya contaré algún detalle más en estos días venideros.
2: Por poner dos ejemplos bien alejados en el tiempo.
 

UN COMBATE MÁS

Con toda la fuerza que era capaz de imprimir a su brazo, Karani hendió el cráneo de la criatura. Los sesos se desparramaron por la tremenda herida y el hombre lanzó un aullido de desafío coreado por los ladridos de su fiero mastín, entretenido hasta ese momento en destrozar las entrañas de uno de los siervos de Abaven. La sangre en las fauces refulgía con ese repugnante tono dorado que parecía impregnar casi todo el reino de Lorry, como una enfermedad que alfombrara tierras, bosques, colinas y ciudades por igual.

Mostrando los dientes con salvajismo, Karani miró a un lado y otro. No quedaba ninguno de los cinco que se le habían enfrentado. Yacían despatarrados, desmembrados, eviscerados, decapitados.

El guerrero volvió a gritar y, esa vez, fue el relincho de su caballo el que le respondió. Wangari había vuelto a escarbar entre las tripas del dos veces muerto y no le acompañó en su primordial celebración.

La aldea había sido vengada. Los asesinos enviados por el dios de la luz dorada ya no volverían a levantarse para seguir cumpliendo los oscuros designios de su señor. Palmeó la cabeza de la perra y le pasó la mano por el lustroso pelaje negro.

–Buena chica –dijo, recuperando el fuelle–. Buena chica.

La perra soltó un gañido, pero de placer, al sentir la caricia de Karani. Eran un buen equipo, los tres. Kihara lo llevaba a la matanza. Wangari lo ayudaba contra los enemigos. Él mataba.

Y mataba.

En el fondo de su corazón seguía siendo un Látigo, pero no podía obedecer las órdenes de Baako. Había demasiado rencor, demasiado odio en Karani como para retirarse hacia las tierras del Imperio. No quería creer que fuera imposible parar la acometida de Abaven; él mismo, él solo, estaba demostrando que se podía exterminar al enemigo.

No eran invencibles, aunque su número fuera ingente.

Escupió y echó un trago de agua que le supo a barro. Demasiados días en el odre de cuero habían hecho que pareciese apantanada. Le dio otro a cada uno de los animales.

–Y bien… ¿Estamos preparados para seguir? –preguntó, haciendo visera con la mano para evitar deslumbrarse con el sol. Un sol cada vez más incapaz de sobreponerse a la luz con la que Abaven refulgía–. Por supuesto que sí. –Montó con agilidad en el caballo. Wangari se adelantó con un trote alegre, las orejas tiesas, los ojos atentos.

Ante ellos se extendía un largo camino que salía del pueblo en el que no mucho tiempo antes había vivido gente. Un pueblo en el que todos sus habitantes habían sido exterminados, incorporados al ejército de títeres del dios de oro. Como si hubiera sido trazado con una cuerda, la senda apuntaba a septentrión.

Hacia la capital del reino.

Hacia el trono de Abaven.

Llegaría a la ciudad más poderosa del norte y plantaría cara al mismísimo dios. Lo atravesaría con su espada. Luego, se presentaría ante Baako y le diría con sorna lo equivocado que estaba cuando decidió retirarse para formar equipo con los imperiales. Los Látigos no necesitaban la ayuda de los blancos para vencer a Abaven. Se bastaban y se sobraban. Se repitió que él mismo era la prueba viviente de ello.

A lo lejos, una polvareda le indicó que se acercaban más de los repugnantes siervos.

Karani sonrió con ferocidad y desenvainó la espada.

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