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ACORRALADO

 A Renato le gustaba el buen yantar, pero no era la única de sus aficiones. Otra de las actividades que practicaba –se podía decir que de manera desmedida– era el juego. Una de las primeras cosas que aprendía en cuanto era destinado a una ciudad nueva como miembro del equipo diplomático genovés solía ser la localización de las timbas, tugurios de rifas y corrales de pelea donde hombres y bestias se partían la cara y el lomo por unos cuantos ducados.

Eso, por sí mismo, tampoco es que estuviera mal, si no se tenía en cuenta lo que los doctos Padres de la Santa Madre Iglesia decían al respecto del vicio de las apuestas. Aunque Renato tampoco les prestaba atención, y menos cuando muchas veces había compartido tapete con obispos, escuchándoles decir palabras gruesas cuando las cartas no les eran favorables.

El problema era la soldada con que los desvelos de Renato por su patria eran recompensados. Que no era mucha. Y satisfacer los deseos de alcanzar la gloria ganando al novísimo rentoy exigía grandes desembolsos.

Por eso, Renato –que estaba dispuesto a dominar los secretos de dicho juego aunque para ello tuviera que contar con una pareja de juego diferente cada noche– había pedido prestado una importante cantidad de dinero. Lo que sería el jornal de un mes entero, con sus festivos y santos patronos inclusos, para ser más concretos.

Y eso, a su vez, tampoco estaba mal. O no lo habría estado, si Renato hubiera tenido más fortuna en las mesas de la Serenísima República y hubiera recuperado el monto total del dinero prestado por el prestamista Moshé, un usurero de la fe de Israel que se caracterizaba por su escasa paciencia a la hora de recuperar lo que había prestado. Tan escasa como era la largueza que demostraba al prestar los ducados.

El día en que Renato había firmado el documento por el que se comprometía a devolver a Moshé el dinero más los intereses se había sentido anonadado por la magnificencia del despacho en el que el hebreo trabajaba. Pieles de diferentes animales exóticos amortiguaban los pasos al cubrir cada uno de los resquicios del suelo, un par de cuadros del gran Boticelli colgaban de la pared flanqueando un hermoso retrato de Moshé y su esposa enfrentados, al gusto de los burgueses flamencos, y el escritorio –despejado, pulcro, ordenado– era de la mejor caoba, traída de las Indias y labrada con signos que a Renato le parecieron conjuros cabalísticos. Hubo una gran profusión de sonrisas, cabeceos amistosos, apretones de mano y guiños cómplices entre ambos, pero Renato, con la astucia que había desarrollado a lo largo de los años como espía, supo que, tras la fachada de amabilidad, se escondía una amenaza en caso de no devolver el dinero a tiempo.

No le había preocupado.

Hasta esa noche, no. Porque mientras escuchaba los ecos que sus pasos daban al golpetear las piedras del puente de Rialto –el agua del Gran Canal estaba siendo agitada con levedad por una suave brisa y a lo lejos se escuchaban los chillidos de una gaviota trasnochadora–, escuchó una risita tras él que le intranquilizó sobremanera.

Se giró con disimulo y vio tres tipos de rufianesco aspecto, que le señalaban. Uno se tocó sus partes nobles con grosería, soltando una carcajada. No se sintió tranquilizado Renato cuando vio que el movimiento de cadera dejaba ver un estoque al cinto del tipejo.

El espía apretó el paso.

–¡Palomita! –gritó uno a su espalda–. ¿Dónde vas, palomita?

–¡No corras, que te vamos a dar matarile! –dijo otro, y Renato apretó todavía más el paso, justo a esa velocidad que, de elevarse un poco más, se convierte en loca carrera.

Los canallas lo siguieron.

Pero Renato tenía un plan.

Torció al dejar el puente a la derecha y se internó por una serie de callejas hasta llegar a los aledaños de San Giacometo y, fingiendo estar a punto de sufrir un patatús, se apoyó contra la pared cercana, extendiendo una mano como pidiendo compasión.

Los tres tipos, malcarados, barbados, con cicatrices que rompían la ya de por sí desagradable apariencia de sus caras, lo rodearon. Uno, con la cabeza pelada, se hurgaba los dientes con un cuchillo. El más alto le dijo mostrando una piñata a la que faltaban varias piezas:

–Le debes al jefe un montón de ducados.

–Lo sé. –Renato respiraba de manera agitada pero estaba, en realidad, muy tranquilo–. Mañana iba a ir a devolverle…

–¡Qué casualidad, por Dios y la Virgen María! El caso es que el plazo se acabó ayer, y Moshé no da segundas oportunidades.

–¿Qué… qué vais a hacerme? –preguntó Renato temblando.

–Poca cosa, amigo, poca cosa –contestó el pelado.

–Para que no andes con tonterías a partir de ahora, vas a pagar al jefe en carne.

–¿En carne? –Renato sintió entonces una punzada de aprensión. Quizá no tenía la situación tan dominada como creía.

–En carne de la tuya. –El alto rio con fuerza, una risa desagradable, nauseabunda, triunfal–. Una libra, en concreto.

–¡¿Eeeeeeeh?! –El grito de Renato fue una mezcla de incredulidad y miedo. Sin embargo, sus finos oídos escucharon lo que estaba esperando. Soltó una bravata–: ¿Y por qué no lo dejamos solo en un cuarto? Incluso os podría dar un buen trozo de queso para acompañarla…

–¿Te crees que somos unos caníbales salvajes del Mar Caribe, listillo? –El pelado puso el cuchillo en el cuello de Renato, pinchó un poco, una gota de sangre se deslizó hacia el cuello del jubón.

Y entonces, Renato gritó con todas sus fuerzas:

–¡A mí, a mí! ¡Que me mataaaaaaan!

Los soldados de la escolta del patriarca, cardenal Lorenzo Priulli, corrieron al escuchar los gritos de auxilio, golpearon con fuerza las cabezas de los rufianes, gritaron juramentos que se mezclaron con los aullidos de dolor de los tres malandrines, los pusieron en fuga.

Renato sacó un delicado pañuelito blanco y se lo puso sobre la herida.

–¡Renato! –dijo el cardenal, abriendo los brazos–. ¿Te encuentras bien? ¿Qué ha ocurrido, amigo mío?

–Nada. Nada en realidad, Lorenzo –respondió abrazando al hombre–. Diferencias de opinión sobre cómo pagar la cuenta. Un susto de nada.

»Ahora, vamos con lo que habíamos hablado. ¿Te parece, Lorenzo?

–Me parece, Renato. Me parece.

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