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¡QUÉ FUNCIÓN!

Renato alargó la mano y cogió un pastelito de miel, de esos que decían los españoles eran dulces de los moriscos. Pecaminoso por herético quizá, pero sentir el hojaldre desmenuzarse en su boca y el líquido dorado acariciando la lengua bien valía pagar una bula si fuera necesario. La compañía del compatriota italiano Zan Ganassa, a la cabeza de una cuadrilla de bufones, volatineros y domadores de títeres, era un habitual del Corral de la Pacheca, entreteniendo con sus payasadas al público de Madrid, villa y corte de los Austrias españoles. Y agradecía poder trabajar obsequiando a los espectadores más importantes –los que, como Renato, se sentaban en los palcos de la galería– con viandas de las que disfrutar mientras veían la función.

Renato, sin embargo, no estaba ahí por la obra de un tal Lope de Vega, un novato que contaba con poca gracia las peripecias de alguien llamado Luzmán en Roma. Aunque no era un experto en teatro, el espía pensaba que el chico no llegaría a ser nada en el mundo de las letras. Renato estaba ahí por la condesa de Chinchón.

Su contacto en Barcelona, donde había desembarcado tras el viaje desde su patria genovesa, le había proporcionado la excelente copia de un retrato que la condesa había hecho pintar para colgar en su futuro mausoleo que, según se decía por ahí, estaría en una sala anexa a la del panteón real que en breves inauguraría Su Católica Majestad el Rey Felipe II en El Escorial.

Altas miras tenía la mujer.

Y la misión de Renato era utilizarla con un movimiento de esos que tanto gustan los espías: «A ver, castrato –le dijo el agente en Barcelona, llamándole por su nombre en clave–, tienes que deslizar este papelito en el bolsillo del vestido de la condesa.»

Era un trabajo muy simple. Con esas faldas tan holgadas bajo las que cabían varios niños, no corría el riesgo de ser descubierto por la dama al sentir su mano trasteando con la ropa. Volvió a mirar el objeto que provocaría un incidente en la corte española, un papelito doblado varias veces cerrado con un lacito rojo y lacrado con el sello –robado a todas luces– de la Serenísima República. En cuanto la buena mujer descubriera que alguien, por error, había deslizado un importante mensaje de los venecianos referente a la alianza que se estaba fraguando con España en la que ésta era ridiculizada… Renato sonrió al pensar el estallido de ira de Felipe en cuanto el marido de la condesa le entregara el papelito.

Para celebrar su futuro éxito, cogió otro pastelito.

Y al girarse hacia la mesa de los dulces, se fijó en la recién llegada, una criatura primorosa, cándida y tan hermosa que hacía daño mirarla, como si contemplara durante mucho rato y sin parpadear el Sol. Deslumbrado, Renato juzgó que el retrato no le hacía justicia, pues el pintor no había logrado captar la tersa piel, las rubicundas mejillas, los matices de oro entre el pelo castaño recogido en redecilla, los dulces promontorios que se adivinaban bajo el corpiño. Por un momento, Renato se quedó sin respiración.

Con disimulo, se acercó a ella y deslizó el paquete. Misión cumplida.

Como era todo un profesional, a pesar de sentirse embriagado por el olor a clavo y jazmín que desprendía su cuerpo, se fue de ahí, esperando poder recordar la imagen de la divinidad hecha mujer que había contemplado. Por lo menos, hasta llegar a la habitación de la fonda donde se alojaba.

La satisfacción de Renato, no obstante, no tenía fundamento: si hubiera permanecido un poco más de tiempo, habría oído cómo alguien llamaba a la dama por un nombre que no era el de la condesa de Chinchón. La cual no había podido acudir por encontrarse indispuesta.

Esos malditos retratistas, siempre pintando rostros iguales…

que-funcion