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Nota: Lo que sigue a continuación es una transcripción literal (más o menos) del episodio piloto de un fracasado programa seudocultural en el que se tenía la intención semanal de llevar diferentes novedades de todas las artes denominadas gañanas o alcoholizadas, debatiéndose productos literarios, cinematográficos, musicales e incluso pictóricos realizados por autores que se caracterizan por su colocación en la periferia de lo considerado normal para los estándares actuales. En algunos casos, en el extrarradio. Y en otros, en otras provincias.

macarro

Ilustración de cubierta. Nótese el extraordinario juego de sombras chinescas y sus referencias al imaginario español.

Para poner en situación al lector, el plano (es un plano fijo, realizado con una sola cámara pues el presupuesto del programa no daba para más; ni siquiera para un operador de cámara) muestra el perfil de dos hombres. Uno, con las piernas cruzadas, destila comodidad en su camisa de franela a cuadros blanquirrojos, sobre la que están cruzados un par de tirantes verdes; la barba, luenga, como de leñador, le cae castaña desde debajo de unos ojillos brillantes, quizá denotando astucia, quizá los efectos de la pipa de crack que reposa en el suelo, a su lado. El pelo, corto, está casi en su totalidad tapado por un gorrito de lana roja un tanto despeluchado. En esencia, da la impresión de ser un poco vintage. El otro caballero también está cómodo, con las piernas abiertas, tirado más que sentado en la silla del estudio. Tan cómodo, que se está rascando con fruición la entrepierna. Le debe picar bastante. Sobre una camisa también de franela, pero que no da la impresión de viejunez, sino que es, sencillamente, vieja, luce un chalequillo de lana blanca, lo que le hace parecer un pastorcillo salido de un Belén, y los pelos en su cara no son tan espesos como los de su contertulio pero, vaya usted a saber por qué, parece que la lleva desde hace mucho más tiempo. La boina calada casi hasta las cejas nos habla de un ejemplar de la profunda España. De esa que es tan profunda que no se ve el fondo.

Ambos hablan de modo distendido sobre el libro que han terminado hace escasos minutos: La asurda e inqueíble historia de Edelmiro Páez. Sí. Ese es el título.

–En realidad, dudo entre colocar el libro a la altura de las humoradas de Cristopher Moore o las de Terry Pratchett, pero con gotas de Benny Hill y los más desaforados Chanantes.

–A ver. Hay hostias. Hay golpes. Hay tortazos. Hay…

–Sí, en efecto. Es un slapstick. Pero la candidez que muchas veces muestran las películas mudiblanquinegras, con todos esos golpes de tarta tan inocentes, en Macarro pasan un filtro de brutalidad que no tiene compasión con el pobre protagonista.

–¡Anda que no se come marrones!

–Literalmente. El texto es extremadamente escatológico. Tanto que casi parece un hechizo apotropaico para conjurar…

No sabemos muy bien quién es de estos dos el autor en realidad, pero es lo que hay…

–¿Esca qué? ¿Apo qué? Es un libro de caca culo pedo pis y ya está. ¡Cómo te gusta enredar con las palabricas!

–Desde luego, si la intención del autor era llegar a la risa por el asco, lo consigue en varias ocasiones. De hecho, el libro es una sucesión de escenas a cada cual más… repugnante…

–La del vómito es cojonuda. En el camping.

–Macarro logra hacer del acto de regurgitar algo más asqueroso de lo que todavía es. Sí. No es un libro para leerse mientras estás, por ejemplo… comiendo.

–Ni cagando. Porque lo de Edelmiro en el retrete…

–Justo antes del vómito. Sí. Unas escenas que se vuelven indelebles en la memoria del lector. Pero hablemos de la estructura.

–¿Lo de introducción, nudo y desenlace?

–La clásica estructura tripartita. Sí. El libro la tiene.

–A ojo, pero la tiene… Edelmiro nace, le joden y se libra.

–Jeje. Cierto. Tres momentos clave en la vida del protagonista, que pueden pasar a su vez por parodias de los primeros momentos de la vida de Jesús…

–Que Dios perdone al autor su irreverencia.

–Tampoco es para tanto. En segundo lugar, su identificación como un moderno Quijote…

–Aunque Cervantes le tendría más tirria a Macarro que al tipo aquel que se le merendó el segundo libro.

–Avellaneda. Es posible que tenga usted razón. Y, por último, algo que podría pasar por una farsa basada en Entre fantasmas mezclada con El padrino. O, más bien, Deadbeat. Sobre todo, su tercera y última temporada.

–No sé… Pero me quedo con lo del fornicio.

–¿Sexo? No hay mucho… Está más bien mencionado, dibujado, insinuado…

–Pues eso. Esa es mi principal queja. Que la única escena más así de refocile tiene lugar con una cabra, y no me acaba de poner eso palote a mí.

–Je… Quizá sea mejor, amigo mío. Es posible que, en medio del coito…

–El polvo.

–Eso mismo. Alguno de los participantes vomitara, expulsara una ventosidad…

–¿Y? Anda que no me he rajado yo veces por el esfuerzo…

–Una cosa es hacerlo y otra leerlo. Que es posible que con las palabras de Macarro al escribirlo se sufriera tal trauma que se acabaran para siempre las ganas de hacerlo.

–Pues sí sería un problema, sí. Visto así…

–En suma, amigos espectadores. El libro de Macarro no es apto para estómagos sensibles. Es un libro bastante soez, para qué negarlo, con escenas que cuentan las, como dice el autor, absurdas historias de un pobre gañán…

–Un respeto.

–Con todo el respeto lo digo. Insisto, con un lenguaje muy bruto, lleno de los productos residuales humanos que, en general, nos dan bastante asquito. Así que, si no te apetece oler a estiércol cuando lo lees, mejor lo dejas. Si no tiene problemas…

–O la nariz jodida.

–Je… Si no tienes problemas con eso, pasarás un rato divertido, con algún momento hilarante por lo absurdo de la situación. Es como si los Monthy Python hubieran sido abducidos por unos extraterrestes con el cerebro…

–Lleno de fiemo.

–Sí. Me viene a la cabeza la escena del tipo gordo, el moderno Pantagruel, de El sentido de la vida de los Python, precisamente. Imagínense una escena así durante todas las páginas. Pues algo así es La asurda e inqueíble historia de Edelmiro Paéz.

–Pues eso mismo. Y como dirían en el pueblo: A recoger las vacas, que se hace de noche.