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El presente microtexto fue presentado al Concurso «Relatos del apocalipsis zombie», organizado por Carpa de Sueños, pero la baja participación hizo que se declarara anulado. Bueno, ahí queda mi aporte, a ver qué os parece.

DEJADO ATRÁS

–Ahí van los muy desgraciados –masculló el hombre vestido con pantalones caqui y botas de media caña. Estaba mirando alejarse el coche desde la ventana del edificio donde se habían refugiado los últimos días.

Meneó la cabeza y escupió con desprecio pensando en que esos tres no tendrían ni una oportunidad sin su ayuda. Si tuviera que apostar, se jugaría todo a que acabarían devorados por los muertos como mucho en dos días.

Se encogió de hombros y soltó una risita desagradable y chirriante, abriendo una cerveza caliente que sabía a meados de perro. Mejor eso que nada, de todos modos. Cogió la pistola y se acercó al cajón donde Santi, el más joven de los payasos que acababan de dejarle atrás, había guardado las balas. Despacio, casi con reverencia ritual, las introdujo en el cargador escuchando el satisfactorio chasquido que emitían al encajar en su sitio. Metió el arma en la cartuchera que colgaba de su cinturón y se rascó el pecho, notando el sudor y la suciedad acumulada sobre la piel tras tantas semanas de vivir en el infierno en que se había convertido el planeta.

–Imbéciles. Imbéciles. Imbéciles hijos de puta.

La furia le poseyó y descargó un golpe sobre la mesa, cuya superficie de ligero aglomerado se abombó. Apretó los dientes al recordar la mojigatería de Santi y su hermano… ¿Cómo se llamaba?… ¿Andrés?

Él solo había querido un revolcón con la chica. No había nada malo en querer desfogarse un poco. Incluso les había dicho que, después de él, era toda suya. Si todo se había ido al diablo, no tenía sentido seguir comportándose con miedo al castigo de unas instituciones y una sociedad que ya no existían. Tan simple como eso.

Pero no. Los dos hermanitos le habían apuntado y obligado a dejarla en paz. Aunque por un momento pensó en lanzarse contra ellos porque no tendrían coraje para apretar el gatillo, no quiso tentar a la suerte y la soltó. Los pechos, liberados de la camisa que le había arrancado, botaron mientras corría llorando hacia ellos. Sintió una erección al recordarlos.

Y como si le hicieran un favor, con aire de superioridad moral, habían decidido dejarle una pistola. Se llevaron el resto de armas, de comida, de medicamentos, pero le dejaron una maldita pistola. “No somos salvajes”, le dijo Santi. Le faltó añadir “como tú”.

Pues habían cometido un error. Un error jodidamente grande.

Salió del edificio de dos plantas y amartilló el arma, preparado para dispararla al más mínimo movimiento. Si los muertos no acababan con ellos, él mismo los cazaría. Les metería un tiro en las tripas y se follaría a esa tía mientras se desangraban.

De él no se reía nadie.

Comenzó a seguir las huellas de neumáticos.