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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4: (I)(II)(III)

El hombre extendió una mano de largos dedos y cuidadas uñas hacia el rostro de Elin y a esta le pareció que se trataba del gesto cariñoso de un familiar cualquiera, por lo que no se movió pese a que cualquier dama habría rechazado que un extraño le acariciase la mejilla. Los ojos del elfo brillaron emocionados.

–Tienes su misma naricilla respingona –dijo.

–¿La de quién?

–La de tu abuela. –Elin iba a preguntarle de qué la conocía, pero el elfo se le adelantó–: Mi nombre es Firdánir, y fui un criado y amigo de Ula.

El nombre de la mujer hizo que Elin arrugara la nariz al pensar en que Merlín la había enviado al pantano de Genindas para saber de ella; por tanto, o creía en las casualidades –que la habían llevado hasta la puerta de una cabaña donde vivía aislado del mundo alguien que conocía bien a su abuela–, o tenía que reconocer que empezaba a sentirse como una marioneta.

Y no le gustaba.

–No llegué a conocerla –dijo Elin con voz un tanto picajosa. Vio que Morgana se había alejado unos pocos pasos, mirando con interés y sin ningún tipo de disimulo al interior de la choza por su única ventana, un mero agujero practicado en la pared de barro.

–Estuve con ella hasta el final de sus días. Era joven… muy joven para nuestro pueblo, Elin. Ese es tu nombre, ¿cierto? –La muchacha asintió–. Pero su fuego vital comenzó a declinar cuando murió su gran amor.

–Mi abuelo –aventuró ella.

–Sí. Antiguamente, no era raro que uno de los nuestros compartiera el corazón con alguien del pueblo joven…

–¿El pueblo joven?

–La raza humana –aclaró Morgana; pese a estar cotilleando por el lugar, no perdía detalle de la conversación–. Vinimos a este mundo mucho después que ellos.

–Un momento… –Elin alzó las manos pidiendo atención, el ceño fruncido en una expresión pensativa–. ¿No vivís en otro mundo? ¿En otro… reino… o plano?

–No siempre fue así. –Firdánir cerró los ojos, como saboreando los recuerdos, suspirando–. Este mundo era el nuestro, pero nuestros antepasados vieron que debíamos dejároslo en herencia. –Elin hizo un gesto de comprensión infantil levantando las cejas y apretando los labios–. Encontramos un nuevo hogar entre los pliegues del espacio…

–Elin no entenderá lo que quieres decirle –interrumpió la hechicera con tono condescendiente–. Las criaturas del hermoso pueblo, esas criaturas que aparecen en los cuentos y las leyendas, hallaron la forma de viajar al mundo que está más allá de nuestros sentidos.

–El mundo que hemos visitado…

–¿Lo habéis visitado? –preguntó él alarmado–. ¿Cómo es posible? Tienes gotas de sangre élfica, pero…

–Quizá no la tenga tan diluida como piensas, anciano –replicó Morgana poniendo los brazos en jarras–. En poco menos de cuatro meses, Elin ha tenido contacto con vuestro mundo en tres ocasiones.

–¡Tres! Pero eso es…

–Casi imposible, diría yo. –Morgana echó la cabeza hacia atrás, haciendo que sus vértebras hicieran un ruidito de chasquido–. Pero ya ves.

El elfo miraba boquiabierto a Elin, sin creer lo que le estaban diciendo. La muchacha pareció un tanto molesta por el escrutinio y se encogió de hombros, diciendo:

–¿Y qué? No es que sepa lo que está pasando, en realidad.

–Quizá sea pronto para aventurar…

–Dilo, anciano –exigió Morgana.

–Es posible que seas tú misma una puerta, Elin.

–¿Puerta? ¿A vuestro mundo? –Los otros asintieron casi al unísono–. ¿Que yo soy una puerta?

–Es una metáfora –explicó Morgana–. Los practicantes de la magia gustamos mucho de esas cosas. Hay seres que son afines con ciertas propiedades que se escapan de lo natural. Tú eres una de ellos.

–¿Quieres decir… que puedo abrir…?

–No. –Morgana negó con vehemencia–. Tú no puedes abrir nada. Nadie puede rasgar la realidad sin conocimientos previos; no es algo innato.

»Sin embargo, sí creo que eres capaz de provocar que las rasgaduras aumenten de tamaño.

–¿Amplificar la duración y la estabilidad de los portales? –inquirió Firdánir–. Esa es una habilidad muy rara. Preciosa.

–Como el oro –asintió Morgana. Elin seguía molesta al ver que los dos hablaban de ella como si no estuviera delante–. Desde el momento en que la vi, pensé que esta chica era un tesoro.

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