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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)(VIII)

Elin la acompañó riendo, como si la tensión entre ambas no se hubiera producido nunca, pero de inmediato soltó un quejido de dolor al sentir un pinchazo en el hombro, donde el monstruo la había mordido.

–¡Niña! –exclamó Firdánir levantándose y recorriendo el espacio entre ambos con largas zancadas–. ¡Estás sangrando!

–No es nada… –Elin apartó la tela que cubría su hombro y la cara se le descompuso en un gesto que mezclaba asco y dolor al ver que su pálida piel había sido mancillada: presentaba unos agujeros, como si agujas de tremendo grosor hubieran sido clavadas en ella, por los que se escapaba la sangre.

–No digas tonterías, Elin. –El elfo se aproximó para contemplar la herida más de cerca, entrecerrando los ojos y acercando una mano hacia la joven–. ¿Me permites…?

–Sí, sí –respondió Elin. En realidad, ni siquiera se había acordado del dolor hasta ese momento: lo había olvidado en el fragor del combate y solo ahora, relajada y una vez pasados los efectos de la furia, sentía un ligero mareo.

–Menos mal que esa sirena no ha sido capaz de llevarse un gran trozo de ti –dijo intentando hacer una broma. Morgana solto una risita sarcástica poniendo los ojos en blanco mientras miraba en torno suyo–. Pero tenemos que tratarla enseguida, o la herida podría infectarse. –Elin asintió y esperó a que Firdánir volviera con unas gasas de algodón sobre las que había vertido una pomada de color verduzco que olía a menta y romero.

–¿Qué es? –preguntó con interés Morgana.

–Un destilado en gel de varias hierbas con efecto limpiador. –Firdánir lo dijo con aire de maestrillo mientras limpiaba la sangre de la herida y colocaba con habilidad la gasa impregnada de pomada sobre ella. Se fijó entonces en el colgante que ornaba el cuello de Elin y que, hasta el momento, había permanecido oculto bajo las ropas de la muchacha–. Hum, ¿qué es esto?

–¿El qué? –preguntó Elin con un suspiro, pues la pomada había hecho que sintiera un escalofrío refrescante y placentero.

–Este medallón…

–¿Eh? –Morgana se acercó hasta los dos y se inclinó para verlo de cerca. Elin se sintió, por un instante, como el bufón al que todos miran esperando que haga su próximo número. Cohibida, se echó hacia atrás en el diván y se subió el cuello de la blusa, estirándola hasta casi la barbilla.

–Me lo dio Merlín –dijo–. Me dijo que lo llevara para protegerme…

–¿Protegerte? ¿De qué? –La voz de Morgana mostraba a las claras su desaprobación; por si Elin dudaba que entre los dos había una clara animadversión, esa impresión quedó del todo suprimida con el tono de la hechicera.

–No… no lo dijo.

Morgana bufó y masculló entre dientes algo así como “faltaría más”; con gesto enfurruñado, volvió a su diván sin decir una palabra más. Firdánir se toqueteaba el labio inferior con gesto pensativo.

–Este colgante, Elin… –dijo por fin–. Perteneció a tu abuela.

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