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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4: (I)(II)(III)(IV)

–¡A ver! –protestó Elin llamando la atención de los dos–. ¡Que estoy aquí!

Sin embargo, Morgana no le hizo ni caso, y el elfo, que desvió por unos momentos la mirada hacia la joven, enseguida quedó intrigado por el libro sostenido por la hechicera ante sus ojos.

–¿Lo reconoces?

–No. –Firdánir acercó una mano hacia el objeto–. ¿Puedo?

–Puedes.

Elin apretó los labios, sintiéndose como una chiquilla a la que mandan a jugar con los demás niños mientras los adultos hablan de temas serios. Dio una patada al suelo, haciendo que saltara un terrón de barro y decidió que, dado que no le prestaban atención, bien podría hacer ella lo mismo.

Sin decir nada se acercó a la casa, pero en lugar de mirar por la ventana como había hecho Morgana, rodeó la pared y llegó hasta la parte trasera, donde había un pequeño huertecito en el que, para su asombro, crecían altas plantas en las que colgaban unos frutos de jugoso aspecto parecidos a remolachas, rojos y gordos como su puño. Miró hacia atrás, por si la habían seguido. Con cierto ánimo vengativo, arrancó uno de ellos y, tras frotarlo en su manga, lo mordió. El jugo se desparramó por su barbilla y adelantó la cabeza para evitar mancharse la ropa.

Soltó una risita de satisfacción al comprobar que su sabor era todavía mejor de lo que parecía. Siguió dando pequeños bocados mientras se alejaba de la casa, de forma tal que la conversación de los otros le llegaba cada vez más apagada.

–… sangre es la clave, creo yo –decía Morgana.

–Puedo ayudaros con las traducciones de los pasajes que más confusos os resulten –replicaba Firdánir–, pero nunca me interesó la magia.

–Será suficiente. Con mis conocimientos, bastará…

Elin apartó una rama baja que bloqueaba un sendero visible entre los árboles que extendían sus ramas como brazos viejos y la maleza pantanosa, escuchando el ulular de un búho por delante de ella. Desde niña, siempre le habían parecido criaturas fascinantes, con esos ojos enormes que parecían traspasar la propia alma, calculando en sus cabecitas cuál era la mejor forma de mostrar la suficiente arrogancia que impidiera que fueran molestados. Recordaba aquella madrugada en su cuarto, ese día en el que se encontraba enferma, cuando uno de ellos se posó en el alféizar de la ventana, mirando hacia el interior. Durante un buen rato lo contempló mientras movía la cabeza con parsimonia, oteando lo que tenía más allá del cristal, hasta que su madre llegó con una taza humeante de caldo y el movimiento alertó al pájaro, que salió volando con aire ofendido.

Se internó en lo que, en comparación con la vegetación que bordeaba el camino que había seguido con Morgana a través del pantano, era una espesura siguiendo el rítmico canto del ave.

La tierra que pisaba no estaba húmeda, pero tampoco era lo bastante firme como para no tener cuidado: miraba dónde ponía cada pie al dar un paso, pues no tenía ganas de hundirse hasta los tobillos en un charco de légamo. Confiada en que nada podía ocurrirle, Elin avanzó hasta que la niebla se cerró en torno a ella y, cuando por fin vio a la criatura posada en una rama, echó de inmediato mano a la empuñadura de su espada.

Pues el animal, si bien poseía cuerpo de búho –un búho tremendamente enorme, cuya envergadura podría alcanzar sin problemas los tres metros–, su cabeza era la de una mujer viejísima, de rostro arrugado y nariz ganchuda, labios agrietados y negruzcos que abrió con un siseo serpentino mostrando unos dientes colmilludos, afilados. Sus ojos rojizos se clavaban en la muchacha temblorosa, que atinó a desenvainar su arma.

Justo cuando el horrendo ser se lanzaba desde la rama a por ella.

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