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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4: (I)(II)(III)(IV)(V)

Elin trazó un arco ascendente con su acero, que silbó al cortar el aire y destelló con un fulgor azulado. El ser, sin posibilidad de cambiar su trayectoria, solo pudo echarse a un lado y la espada rasgó su ala derecha; el monstruoso pájaro lanzó un chillido de dolor y cayó a tierra como un fardo pero, de inmediato, se puso de pie sosteniéndose sobre sus dos poderosas patas terminadas en unas garras tan afiladas como la mejor de las espadas. Hinchó su rotundo pecho emplumado y lanzó un grito; la joven se estremeció al escuchar el sonido producido por la boca de la vieja que coronaba el increíble conjunto que se erguía, desafiante, ante ella.

Elin se puso en guardia, respondiendo al reto. Adelantó el pie izquierdo plantándolo firmemente en el suelo, colocó la espada en paralelo a su cuerpo para poder responder a cualquier ataque que le lanzara.

Los ojos de ambas se encontraron, y en sus miradas había una fiera determinación: la de matar o morir.

La criatura dio un salto prodigioso hacia Elin, impulsada por un rápido batir de sus poderosas alas, proyectando sus terribles garras hacia la muchacha.

Elin sintió el fluir del tiempo en torno a ella. De nuevo, lo que Merlín y Morgana habían llamado “sus capacidades” venían en su ayuda: El movimiento del monstruo se convirtió en una imagen casi fija, que se desplazaba a una velocidad muy lenta. La joven pudo predecir a la perfección la trayectoria de ataque y se echó a un lado y hacia delante poniendo toda su fuerza en el brazo con el que se sujetaba la espada, que trazó un arco escarlata sobre el torso de su enemigo. Se dio la vuelta para contemplar el resultado del encontronazo y vio que el ser había caído, desequilibrado por el golpe que Elin le había dado, y que a duras penas se incorporaba apoyándose renqueante sobre una de sus alas. El acero había mordido su carne con furia y la sangre manchaba su plumaje blanquecino. Los labios de la criatura se curvaron en un gesto que mezclaba dolor e ira.

El mundo volvió a fluir con normalidad mientras la joven observaba a la mujer pájaro prepararse para un nuevo ataque pese a la gravedad de su herida. Envalentonada, Elin le hizo un gesto de desafío con su mano libre.

–Vamos, maldita –dijo–. Ven a por más.

Sin embargo, y para su pasmo, no fue la criatura que tenía delante quien respondió. Un coro de ululatos se elevó desde las ramas que la rodeaban y, cuando levantó la cabeza, vio una serie de ojos rojizos fijos en ella.

Demasiados ojos rojizos como para pensar en salir indemne si se enfrentaba a todos sus propietarios.

Elin podía ser arrojada, incluso temeraria… pero no suicida, así que dio la vuelta y comenzó a correr sabiendo que el resto de amigos de la criatura que había herido enseguida se lanzarían tras ella. Huyó sin preocuparse en absoluto de si metía los pies en un charco, como le había preocupado antes, pues era consciente por completo de que si aflojaba el ritmo un instante caería bajo las afiladas garras de los seres, que producían un terrible viento al batir sus enormes alas tras ellas y cuya velocidad, por fortuna para Elin, no era determinante en una zona como esa, en la que las ramas impedían a las criaturas maniobrar.

Si conseguía refugiarse en la casa de Firdánir…

Confiaba en que Morgana pudiese mantenerlos a raya. En cuanto llegó al claro donde se levantaba la casa del elfo, gritó a pleno pulmón:

–¡Morgana! ¡Morgana! ¡Cuidado! ¡Vienen…! –No supo qué decir. ¿Qué era lo que venía tras ella? ¿Pájaros? ¿Brujas? Así que calló y esperó que sus gritos atrajeran la atención de la hechicera, y que ella misma dedujera lo que eran cuando viera a los seres.

Alertados por los gritos de la joven, Morgana y Firdánir llegaron hasta ella, que señalaba respirando agitada hacia atrás. Los dos vieron enseguida qué es lo que había hecho a Elin huir despavorida y se hicieron cargo de la situación. El aire comenzó a chisporrotear en torno a la mujer, que musitó unas palabras en un idioma antiguo y olvidado, mientras el elfo daba largas zancadas hacia su casa, de donde cogió un arco largo y un carcaj.

–¡Preparaos para la batalla! –ordenó Morgana contando mentalmente a sus enemigos, que los superaban en una proporción de cinco a uno–. ¡Formad un círculo!

Elin no pudo evitar sonreír al pensar en que más bien sería un triángulo, y se dio cuenta, por ello mismo, de que la emoción de combatir junto a compañeros de batalla había reemplazado al temor que había sentido mientras corría escapando de las criaturas.

Adelantó su acero manchado de sangre, preparada para recibir a más de esos demonios del Infierno.

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