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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)

Elin no supo qué decir. Se limitó a quedarse plantada, sintiendo una picazón en los ojos que amenazaba con convertirse en lágrimas al no entender por qué Morgana…

–Vamos, vamos, dama Morgana. –Firdánir dio un par de golpecitos en el hombro de Elin que, aunque buscaban consolarla, la hicieron sentirse todavía más patética y diminuta–. Elin es un faro para las criaturas del Otro Mundo, no lo puede evitar.

–¡Por eso mismo no puede andar por ahí como si fuera de excursión!

–Entiendo vuestro enfado, Morgana. –La voz del elfo era dulce, como miel derramada en sus oídos, y pareció que ejercía un efecto balsámico en la hechicera; esta relajó el rostro–. Pero tenemos nuestra parte de culpa al habernos enfrascado en nuestra conversación y dejar de lado a Elin. –La aludida asintió de modo inconsciente y recibió otro par de palmaditas de una forma más receptiva, sonriendo a Firdánir y sabiendo que, en esos momentos, era el aliado capaz de calmar la furia de la mujer–. Creo que te debemos una disculpa, querida.

–Está bien –bufó Morgana, dando su brazo a torcer–. Me deshago de todos estos cadáveres y hablamos.

–Pasemos al interior de mi morada –dijo Firdánir, señalando la choza.

–Id yendo entonces. No me llevará mucho y prefiero que no estéis por aquí cerca mientras hago el conjuro.

Los dos obedecieron asintiendo en silencio y entraron en la casa. A sus espaldas, Elin creyó detectar un olor denso, desagradable, que le recordó a los huevos podridos, a la nata agria, al moho del pan de varios días, pero no se dio la vuelta para echar un vistazo por encima del hombro. No quería que Morgana volviese a levantarle la voz e insultarla.

El interior de la casa le produjo una pequeña desorientación en cuanto posó la vista en la única estancia que contenía. Era solo una sala, pero muy espaciosa, tan grande –podría jurarlo– como el salón del trono de Camelot. Quizá incluso más. La impresión de vastedad quedaba realzada por la elevación de las paredes, que hacían que el techo colgase a muchos pies por encima de ellos, decorado con formas de escayola que se proyectaban hacia abajo en múltiples formas: aquí un dragón cayendo en picado, allá un árbol que desplegaba sus ramas como si desease un abrazo, más allá todavía un cervatillo que bebía la leche de su madre… Todas formas maravillosas y diferentes que produjeron en Elin un sentimiento de placidez, transportándola a un lugar mágico y calmo, henchido de paz y tranquilidad.

Ni por un momento se le pasó por la cabeza preguntar por las extrañas dimensiones de la casa de Firdánir.

Se sentaron en un par de cómodos divanes, del estilo de los reclinatorios romanos, una de las muestras de la gran cantidad de piezas de mobiliario que estaban repartidas por el lugar y que parecían, por sí mismas, diferenciar las diferentes partes de la casa, como si los muebles hicieran las veces de tabiques separadores entre el salón y el dormitorio, entre la cocina y el estudio.

Firdánir sonrió mientras Elin contemplaba todo en derredor embobada.

–Bienvenida a mi casa, Elin –dijo el elfo.

–Es… maravillosa.

–Solo un pálido resto de la gloria de la que gozábamos en el Otro Mundo –replicó con una nota de nostalgia y tristeza por lo perdido.

–¿Era… Era todo así allí?

–No, Elin, no todo era bello. También como aquí, en vuestro mundo, había horrores similares a los que te han atacado.

–¿Por qué lo han hecho? ¿Por qué querían matarme? –preguntó la joven.

–Es tu sangre, Elin. Hay muchos que la están buscando.

–¿Mi… sangre? –Firdánir asintió con gravedad–. Pero… no entiendo para qué pueden quererla. Quiero decir… entiendo que en mis venas hay sangre de elfo… por mi abuela… –El elfo volvió a asentir sonriendo–. Pero está diluida, ¿no?

–¿Acaso no eres capaz de obrar prodigios, según la dama Morgana me ha contado?

–Bueno, sí… más o menos…

–Eso es el poder de tu sangre, Elin. Quizá en tu madre la parte humana fuera más fuerte, o quizá no lo supo durante toda su vida, pero el caso es que tu herencia se ha hecho fuerte en ti, querida niña. Ellos lo saben, y te necesitan.

–¿Ellos?

–Los invasores del Otro Mundo. –Morgana había llegado hasta ellos tan silenciosa que Elin se sobresaltó al escuchar su voz. Parecía más calmada e incluso se permitió dirigirle una leve sonrisa mientras se tumbaba y relajaba en un diván que Elin hubiera jurado no estaba ahí un momento antes. El vestido verde moteado de gotitas escarlatas se desparramó en torno a su cuerpo, cayendo el vuelo de la falda hacia el suelo–. Con tu sangre pueden terminar de rasgar la frontera que nos separa de ellos y lanzar un ataque total contra el mundo de la humanidad.

–Sí, eso creo que lo entiendo. –Elin se removió incómoda, pensando en que era una pieza muy importante en ese drama–. Pero… ¿Acaso esas grietas se producen por mi culpa? ¿He sido yo la que…?

–No, niña, no te culpes –la calmó Firdánir–. Las grietas vienen produciéndose desde hace mucho, desde que los mundos son mundos. Desde que existe la historia, en realidad.

–Pero en los últimos años, han aumentado. Eso es cierto –terció Morgana.

–Por una de ellas pasó tu abuela, Elin, y conoció a tu abuelo. Se enamoraron y durante un tiempo los dos se vieron cuando lo permitían las fisuras. A través de una de ellas, al fin, la acompañé para ayudarla a instalarse en vuestro mundo.

–Y el resto es historia –interrumpió Morgana con un ademán impaciente, nada interesada en la historia familiar y amorosa de Ula, la abuela de Elin.

»Siempre había sospechado –continuó, quitándose un rizo moreno que le había caído sobre los ojos de esmeralda– que la multiplicación de avistamientos de seres mágicos tenían que ver con rasgaduras en la realidad. No fue hasta hace poco que pude confirmarlo.

–Entonces… todas esas aventuras de los caballeros de la Tabla Redonda…

–Cierto. –Morgana soltó una carcajada con la reflexión de Elin–. Si no fuera por ello, ¡Gawain, Lanzarote y demás compañía tendrían muy pocas cosas que hacer en Bretaña!

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