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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)(VIII)(IX)

La muchacha toqueteó la joya y, tras pensarlo un momento, se llevó las manos a la nuca y soltó el enganche; miró el collar mordiéndose el labio inferior, no sabiendo muy bien qué pensar sobre el objeto, sobre su abuela, sobre Merlín… Tenía la impresión de que su vida se estaba acelerando sin que ella pudiera hacer nada por controlarla, por evitar que los acontecimientos la desbordaran, y abatió los hombros, con gran cansancio. Apoyó el mentón en la mano diestra dejándola reposar sobre su rodilla mientras con la otra apretaba el collar.

Ajena al torbellino emocional de Elin, Morgana seguía repasando el libro que había conseguido en el Otro Mundo y una casi imperceptible sonrisa asomó a sus labios. Se los mojó con la punta de la lengua, un gesto que, de haber sido visto, hubiera recordado al del gato cuando está a punto de zamparse al ratón; hizo un pequeño pase mágico con los dedos y la página que estaba leyendo brilló con levedad desprendiendo una fosforescencia azulada. Acto seguido, Morgana cerró el libro, dejándolo en una mesita cercana.

–Ya lo tengo –anunció. Los otros dos la miraron interrogantes–. Sé cómo se expanden las fisuras.

–Eso no nos sirve de mucho –replicó Elin, un tanto abatida, volviendo a colocarse el collar en torno al cuello.

–Te equivocas, niña. –La voz de Morgana no incluía reprimenda esa vez, sino una parte de condescendencia y otra de triunfalismo–. Sabiendo los pasos seguidos, puedo crear el conjuro inverso. –Firdánir se levantó y se acercó a la chimenea, dejando un par de troncos en ella mientras Morgana hablaba–. No creo que me lleve mucho tiempo…

–Pero, ¿y yo? –preguntó Elin–. ¿Cuál es mi papel en todo esto? Empiezo a cansarme de escucharos hablar y hablar sin que digáis nada, dama Morgana.

La hechicera enarcó una ceja pero, en contra de lo que cabría esperar, no dijo nada; no soltó un exabrupto, no hizo un comentario, ni siquiera lanzó una risa sardónica. Se limitó a asentir y, con voz calmada, incluso dulce podría decirse para lo que Morgana era, dijo:

–No entiendo por qué la herencia de tu abuela se ha manifestado con fuerza en ti, Elin. Ni por qué se saltó a tu madre, si es que se la saltó. Tenemos que trabajar con lo que tenemos, con lo que sabemos… y eres tú, Elin, la baza con la que contamos. –La joven hizo un mohín de cierto desagrado al ser comparada una vez más con una herramienta–. Quizá Merlín sepa algo más que…

La hechicera pronunció el nombre del consejero de Arturo sintiendo un sabor agrio en la boca, casi escupiéndolo. Firdánir aprovechó su ligera dubitación para inmiscuirse:

–Me gustaría volver a ver a Merlín. –Sus palabras provocaron que Morgana se removiera en el diván, incómoda–. Me gustaría mirarle a los ojos y ver si sigue teniendo en ellos ese brillo de fascinación por todo lo que le rodeaba.

–Brillo en ellos tendrás, en efecto –dijo Morgana ahogando un suspiro–. Como el que tienen las urracas cuando ven joyas a su alcance.

–Entonces, ¡volvamos a Camelot! –exclamó Elin poniéndose en pie con la energía de la juventud, como si el combate y la herida ya formaran parte de un pasado remotísimo.

–No tan rápido –rio Firdánir–. La noche está a punto de caer, y este pantano es un sitio demasiado inhóspito para recorrerlo cuando se ha puesto el sol.

–Estoy de acuerdo. –Morgana se estiró y bostezó–. He utilizado demasiada magia y estoy muy cansada. Necesito un buen sueño reparador.

El fuego encendido por Firdánir crepitaba devorando los leños y hacía que un calor reconfortante se expandiera por toda la casa. Elin también comenzó a sentir cierta modorra, pero el elfo dijo:

–Cenad antes. –Abrió una alacena y empezó a sacar platos y perolas–. Prepararé algo en un momento.

Las dos mujeres asintieron, si bien Morgana cerró los ojos enseguida. Elin la contempló sin saber muy bien qué pensar de la hechicera, de su poder y de la ayuda que le había prestado, pero también de sus modales abruptos, secos e incluso desagradables y del aire de superioridad con que se comportaba. Firdánir troceaba y cortaba lechugas, uvas, aceitunas y otras verduras que, supuso Elin, provenían del huertecillo en el que ella había cogido ese extraño fruto.

En poco tiempo, Firdánir le tendió una escudilla en la que vivos colores prometían un festín para el paladar.

–Lo he aliñado con miel –dijo–; espero que te guste.

Elin asintió y comió con fruición, mientras el elfo hundía las manos en su propia escudilla. La cena de Morgana, que dormía tan profundamente que incluso emitía ligeros ronquidos, se quedó sin tocar en la mesita en la que reposaba el libro.

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