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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

–Por favor, Perceval, parad un momento. –El aludido, que corría un par de pasos por delante de su compañero, se giró hacia el Bello Desconocido con expresión interrogativa–. Creo que no vamos a poder alcanzarlo.

Se refería al fueguecillo que llevaban persiguiendo ya durante un buen rato, desde que Morgana les dijo que debían capturarlo para que no revelara su presencia. Lo cierto es que el Bello pensaba que todo podía haber sido en realidad una argucia de la mujer para librarse de ellos: era bien conocida la animadversión existente entre los caballeros de Camelot y la hechicera.

–Si seguimos corriendo así –continuó al tiempo que se secaba el sudor de la frente; la humedad en el pantano de Genindas era abundante, y sentía la ropa acolchada bajo la armadura empapada por completo–, vamos a acabar muertos de fatiga.

–Os entiendo, amigo mío. No creéis que vayamos a capturarlo, ¿verdad? –El Bello meneó la cabeza contestando la pregunta de Perceval–. Se detiene esperándonos, como burlándose de nuestros esfuerzos, y cuando estamos a punto de cogerlo, vuelve a poner distancia con nosotros…

–Somos Aquiles persiguiendo a la liebre… –reflexionó el Bello, acariciándose el fino bigote.

–¡Ea, pues! ¡Dejemos al espíritu campar a sus anchas, y que vaya a contar a quien quiera…!

–Mirad, amigo mío –le interrumpió el Bello, señalando al lugar donde había estado hasta hacía unos momentos el fuego fatuo–. ¡Ha desaparecido!

Perceval, que se preciaba de tener buena vista, miró en rededor intentando encontrar signos de su presa. Sin éxito. Se encogió de hombros y suspiró, diciendo:

–Menuda cacería hemos llevado a cabo.

–O a lo mejor es que hemos hecho el pánfilo.

–¿Os referís a que todo haya sido un truco?

–De Morgana, en efecto. –El Bello apoyó su espalda contra un árbol cercano y examinó las hojas de la rama más baja, arrancando un par de ellas y llevándoselas a la boca. Las mascó con evidente fruición y Perceval lo miró extrañado, pero no dijo nada–. Creo que quería quedarse a solas con Elin.

–¿Por qué haría eso?

–¿Por qué hace cualquier cosa esa bruja, amigo mío? Si no fuera la hermanastra de Arturo…

Ambos callaron frunciendo el ceño. Como su rey y señor, obedecían a Arturo y no ponían en tela de juicio sus decisiones, pero lo que mostraba frente a Morgana era calificado por muchos de insensata ceguera. Más de una vez había estado implicada en maquinaciones que buscaban socavar la autoridad del señor de Camelot o poner en evidencia a algunos de sus caballeros por simple malicia, pero no se la había castigado al no hallarse pruebas que convencieran a Arturo. Una lástima.

–En ese caso –dijo Perceval golpeándose la palma de la mano con el puño–, ¡debemos volver cuanto antes!

–Coincido, amigo mío.

Se dieron media vuelta, pero pronto vieron que desandar el camino efectuado sería mucho más complicado de lo que creían. Habían atravesado zonas lodosas y senderos de tierra cubiertos por hojas enmohecidas, apartado arbustos y zarzas, rodeado árboles de grueso tronco… ¡Si al menos contaran con Gawain, el mejor rastreador de toda Inglaterra!

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