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El siguiente relato está dedicado a Yolanda, del maravilloso blog Ratón de biblioteca, en el que nos encandila con sus preciosas poesías. Le agradezco de todo corazón que haya leído y se haya puesto en contacto conmigo para hablar de mi novela, La sombra dorada, diseccionándola con sumo cuidado.

¡Espero que os guste!

MISIVA DIPLOMÁTICA

Al despertarse esa mañana, justo antes de empezar a mover su cuerpo para salir de la cama, Yulinda tuvo un pálpito: ese día iba a ocurrir algo importante, decisivo, para Espejado. Como primera ministra de la rica república costera se dedicaba casi todas las horas, desde el canto del gallo hasta bien entrada la noche, a las cuestiones de estado que conllevaba el gobierno de poco más de cincuenta mil habitantes y sus actividades, repartidos en la ciudad portuaria que daba nombre a la república y las tierras circundantes, proveedoras de los productos agropecuarios que alimentaban a la pléyade de comerciantes y artesanos que conformaban la espina vertebral económica de Espejado.

La edad –no era tan mayor como para poder ser tildada de anciana, pero había dejado atrás hacía muchos años su juventud– le permitía tener una visión más experimentada y clara de las cuestiones estructurales que implicaba ser la mandataria de un lugar en el que la diplomacia y la negociación eran clave para mantener el orden interno, así como la pericia para desarrollar las relaciones con la pequeña constelación de estados marítimos de la costa occidental del continente. Y, por supuesto, las buenas relaciones de vecindad con el poderoso Imperio Vetero.

Otra cosa que también le proporcionaba su edad era el no poseer la necesidad de acicalarse más de lo debido para trabajar como Primera Ministra; los recargados peinados, el maquillaje excesivo que parecía estar siempre de moda en la ciudad, los vestidos pesados e incomodísimos que una vez llevó… todo eso formaba parte del pasado. Yulinda prefería una ropa sencilla –algunos podrían decir que zafia incluso– que le proporcionara comodidad, reservando la más elegante para las sesiones solemnes del Congreso y las recepciones internacionales.

Vestida, pues, con una simple falda negra, zapatos planos y blusa blanca abotonada de cuello alto, se dirigió hacia el despacho desde el que realizaba la mayor parte de su trabajo de dirigente. Se sentó bajo el retrato de su esposo fallecido hacía una década ya, que lo mostraba liderando una flotilla de embarcaciones mercantes saliendo de puerto con destino a diversos mercados, y se frotó los ojos con un pañuelo humedecido con agua perfumada dejado por su asistente personal, como todas las mañanas. El olor a rosa, suave, diáfano, inundó sus sentidos. Inhaló el aroma y sintió su cuerpo cargarse de energía. Las rosas provocaban en ella tal efecto.

Poco después comenzó a trabajar, y Tirce entró acompañada de las dos hermosas perritas de la Primera Ministra trotando a su lado, depositando los primeros legajos de documentos que tenía que revisar.

–Buenos días, Yulinda. –Shawa, una mestiza tricolor de cara afable y graciosa, apoyó sus patas delanteras en la pierna de la mandataria, llamando su atención. Como recompensa, recibió unas amables carantoñas–. ¿Has dormido bien?

–Sí, gracias –respondió–. ¿Y tú? –La mujer asintió–. Parece que hoy tampoco tendremos fiesta…

Tirce rio poniendo los ojos en blanco. Era una broma que hacía todas las mañanas, pero no por ello dejaba de ser menos divertida por la diferente entonación que daba a sus palabras; esa vez, había sido con un fingido acento burtelés, remarcando y haciendo rodar las erres.

Se sumergió en los papeles y pasó las siguientes horas enfrascada en su lectura, análisis, respuesta si era necesario, relectura en algunos casos, tomando apuntes, haciendo que los tomara Tirce… Yulinda empezaba a pensar que su impresión al despertar había sido equivocada. No era otra cosa que trabajo rutinario, burocracia común, casi podría decirse que morralla política, sin grandes desafíos o problemas planteados.

Casi era la hora de comer –Yulinda sentía la espalda y el trasero doloridos, pese a que cada cierto tiempo se levantaba y daba un pequeño paseo por el despacho–, cuando el encargado de recibir a los visitantes y peticionarios entró en la amplia sala enmoquetada, haciendo que las perrillas levantaran la cabeza intrigadas, cesando su leve dormitar.

Las mujeres lo miraron y Yulinda dio permiso para que hablara con un ademán de la mano.

–Señora Primera Ministra. –El hombre hizo una reverencia y la aludida asintió con cortesía y cierto gesto de molestia: no le gustaban en exceso las ceremonias–. Perdone que la interrumpa, pero hay alguien que creo debería recibir de inmediato.

Tirce comenzó a recoger algunos expedientes al no ser aconsejable que nadie los viera por tratarse de cuestiones relativas a negocios y asuntos privados de ciudadanos de Espejado.

–¿De quién se trata? –preguntó ella, intrigada. Aquellos que pedían audiencia personal con ella, por lo general, eran derivados a otras personas por los encargados de protocolo, por lo que el haber considerado que alguien, sin presencia en su agenda, era tan importante como para recibirlo con premura…

–Es un correo urgente de Vetero, señora. Porta el mismísimo sello imperial blanco.

Yulinda frunció el ceño con sorpresa y Tirce dejó por un instante lo que estaba haciendo. El sello imperial hecho en cera blanca indicaba una cuestión de máxima prioridad, de urgencia absoluta. Si Atanasio y Danais habían utilizado por primera vez en su reinado el lacre blanco…

-Hágalo pasar.

Tirce colocó una silla frente a la hermosa mesa de ébano y desapareció por una puerta lateral con la intención de encargar un refrigerio; la mandataria se alisó la blusa y carraspeó para aclararse la garganta.

Con aspecto cansado, el correo entró en la sala. Los mecanismos de poleas que permitían que las puertas se cerraran de forma automática entraron en acción mientras el hombre llegaba hasta la silla.

–Por favor, tome asiento. –Yulinda se levantó sonriendo e indicó la silla vacía. Examinó al correo, calculándole unos treinta años, de pelo moreno largo, recogido en una coleta un tanto desmañada por la brisa que corría entre las calles de Espejado, aún manchado por el polvo del camino que se elevó en nubecillas conforme avanzaba con pasos decididos y firmes.

–Gracias, Primera Ministra. Agradezco que me haya recibido con toda premura.

–¡Qué menos que atender las comunicaciones urgentes del soberano veterés! –Aunque lo dijo sin asomo de ironía, podía ser tomada como tal. Por fortuna, el correo o bien no lo captó así, o bien le dio igual.

–Tenga, señora. –Le tendió un rollo de fina vitela lacrado con, tal y como había dicho su subordinado, un sello imperial blanco como la nieve.

Yulinda lo rompió con cuidado, casi con mimo, y leyó su contenido, abriendo los ojos cada vez más conforme terminaba las líneas. Miró al correo, que permanecía mirando al frente en posición hierática; no vio ninguna pista en él, como era de suponer, sobre si lo que los emperadores decían era una broma de mal gusto o una terrible verdad. Volvió a leer la misiva con más detenimiento.

–Señor –dijo por fin, volviendo a enrollar la carta–, le ruego se aloje en estas mismas dependencias, en una habitación que se le acondicionará. Descanse mientras preparamos la respuesta para los emperadores.

–Señora –replicó él con cierto tono de protesta–, me temo que tengo que declinar su generosa oferta. Mi cometido me lleva a partir de inmediato hacia el resto de estados costeros para comunicar las palabras de Vetero.

Yulinda asintió comprensiva. Se mojó los labios con la punta de la lengua y dijo:

–Lo entiendo. Enviaré contestación a Sus Excelencias esta misma tarde.

Tras un intercambio cortés de despedidas, el correo, del que ni siquiera sabría jamás el nombre, abandonó el despacho de Yulinda dejándola con una impresión de temor y desasosiego como nunca había sentido.

Tirce entró sorprendiéndose al ver que el hombre ya se había ido; sostenía una bandeja de plata con pastelillos de almendra y zumo de naranja. Se fijó en la cara de la Primera Ministra y le pareció ver una sombra de miedo en ella.

–¿Yulinda…?

–Ven, Tirce, ven aquí. De Vetero nos llegan unas horribles noticias. Lee. –Empujó la misiva, como si estuviera cargada de veneno, con la punta del índice–. Lee y ayúdame a decidir qué debe hacer Espejado ante esto.

misiva-diplomatica