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AMULETOS

Un pequeño concierto de tubos metálicos golpeteando entre sí recibió a Renato al abrir la puerta del negocio. O, más bien, un pandemonio chirriante cuyo principal objetivo sería despertar al dueño en caso de encontrarse dormido. Renato no pudo evitar hacer un gesto automático de disculpa, encogiendo los hombros y metiendo la cabeza entre ellos, tragando saliva. Tal era el estrépito.

El negocio, por otra parte, tampoco precisaba de tal jolgorio, pues el orgulloso titular de la botica Lisístrata más se asemejaba a un búho que a un hombre, siempre detrás del mostrador de madera recia y oscura, con los ojos tan abiertos que no era un dislate pensar que nunca jamás parpadeaba, atento a cualquier comprador que franquease la entrada. Sandro miró al espía de arriba a abajo conforme se acercaba a él. Luego, lo miró de abajo a arriba.

Renato se sintió observado, como es natural, pero compuso su mejor gesto y sacó la faltriquera que llevaba colgada al cinto depositándola con un pequeño golpe en el mostrador. Sandro vio que pesaba, y supuso que su contenido no serían guijarros, así que asintió, deseándole muy buenos días.

–Buenos días tenga usted también –contestó Renato con educación y la voz más melosa de la que era capaz.

–¿En qué puedo ayudarle, señor…?

Renato negó con la cabeza y se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio y discreción. El boticario asintió. De vez en cuando, llegaban a su tienda gente como Renato, interesados en algo más que en pomadas para las almorranas o bebedizos para el dolor de tripa. Renato tenía pinta de ser uno de esos hombres que querían algo de su reserva especial. La que tenía en la parte trasera de la botica. Esa por la que obtenía pingües beneficios y que podría costarle un juicio ante las autoridades civiles y eclesiásticas si no fuera porque muchos miembros de la Iglesia y el Senado genovés se contaban entre los demandantes de filtros de amor, venenos horripilantes y potenciadores de la virilidad.

–Sin nombres, por favor –pidió Renato.

–Sea. Sin nombres. –Sandro se apoyó con gesto cómplice en el rostro sobre el mostrador, haciendo que su gran humanidad, esa que rellenaba su pecho y torso hasta hacer que quien lo viera pensara de inmediato en un cochino, se apoyase contra la madera con un ruido fofo. En claro contrapunto al que habían hecho las solidísimas monedas–. ¿Pociones? ¿Libros ocultos? –Renato negó–. Talismanes, quizá…

Renato asintió.

–Uno en especial –dijo–. Me han hecho saber que usted posee el que se conoce como Manto de Hades. Un nombre un tanto rimbombante, quizá…

–Ese es el nombre que su artífice le puso, caballero. No somos quién para juzgar al artista.

–No, si no juzgo… Es solo que tengo entendido que lo que hace no es ocultar a quien lo lleva de la vista de los demás…

–En efecto. –Sandro se recolocó la cofia que cubría su casi calva cabeza–. Cambia la apariencia del portador.

–Por eso a lo mejor sería haberlo nombrado… no sé… “Manto de Proteo”.

–Quizá tenga razón. No sé. –Se encogió de hombros.

–El caso es que también me ha llegado información sobre un posible comprador del talismán.

–¡Oh! –Sandro apretó los labios–. Me temo que la información sobre mis clientes es confidencial…

–Imagino. –Renato asintió sin mucha convicción, como si no le importara la profesionalidad del hombre lo más mínimo–. Pero resulta que el caballero que va a venir a comprarlo en las próximas horas es un agente al servicio del rey de España.

Sandro se mordió el labio inferior con fuerza al escuchar tal revelación. Génova y España estaban pasando por una muy mala fase en sus relaciones, y se rumoreaba que las presiones de los banqueros y comerciantes catalanes y valencianos iban a provocar una guerra; una guerra con sus barcos, soldados, cañones y arcabuces. No sería nada bueno para su negocio –ni para él, ya puestos–, que se le vinculara con un agente español.

–Veo que es usted un patriota –dijo Renato, aunque la cara de Sandro, más que de orgullo genovés, era de pánico–. Le propongo una cosa. –Sandro ladeó la cabeza para escuchar con su oído bueno–: Véndale al agente español un amuleto falso; no se preocupe por las pérdidas. Yo compraré el auténtico.

Sandro entrecerró los ojos y sonrió. Con voz conspiradora, dijo:

–Y así podrá engañar usted al agente para sacarle información haciéndole creer que es alguien de su confianza…

–Cierto. Es usted muy perspicaz. En la próxima fiesta de San Juan Bautista, se llevará un buen chasco –concluyó con tono ensoñador.

El trato quedó cerrado de inmediato. Renato aceptó lo que le pedía Sandro por el amuleto y salió de la tienda provocando un nuevo soniquete de percusiones, satisfecho y risueño. Llevaba colgado al cuello el Manto de Hades, una pieza de orfebrería circular, de color plateado, que asemejaba un ojo encerrado en una mandorla.

Sandro volvió a contar los escudos dorados que había ganado con la transacción. Los pasos cortitos de su mujer resonaron provenientes de la trastienda.

–¿No nos meteremos en algún lío, Sandro? –preguntó ella.

–En absoluto, Teresa. –Metió el dinero en una cajita de bronce. Echó la llave. La dejó bajo el mostrador, en un doble fondo–. En cosa de una semana, nos vamos a Roma.

–¡Ah! La ciudad eterna… Debe ser hermosísima…

–Espero que lo sea. De verdad que sí –dijo él–. Pero, ante todo, confío en que la residencia que el obispo Maletti nos ha comprado sea lo suficientemente cómoda para nosotros y nuestros hijos.

–No podremos volver a Génova…

–No. Pero estoy empezando a cansarme de esta ciudad. Huele demasiado a mar. No me gusta el olor a sal y pescado.

–¿Te imaginas a los dos bobos hablando ante los fuegos de la Verbena de San Juan? Cada uno de ellos creyendo que el otro está viendo a alguien distinto… a alguien en quien depositar sus secretos.

»Y el espía papal cerca, escuchando lo que tienen que decir. Obteniendo información de España y de Génova a la vez. ¡Menos mal que por esta mentira también se nos ha concedido indulgencia!

–Sí. Será digno de ver, no hay duda.