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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5: (I)(II)(III)(IV)

Si los caballeros hubieran podido ver qué se les venía encima, quizá hubieran temblado, siquiera un poco, porque estaban a punto de enfrentarse a la más poderosa criatura con la que jamás podían haber cruzado sus aceros. Y no se trataba de la gran serpiente de cuyo lomo tubular surgían tres pares de alas membranosas y cuyas fauces podían engullir sin problemas a un buey de un solo bocado, sino del jinete de los vientos que la montaba y dirigía tirando de las riendas de cuero negro que manejaba con pericia, obligando a su monstruosa montura a descender con cuidado, casi con delicadeza, hasta colocarse justo en la vertical de Perceval y el Bello.

El jinete, una figura imponente de considerable altura –puesto al lado de Gawain, el más alto de los caballeros de Arturo, le sacaría más de un palmo–, era una montaña de músculo embutida en una coraza del color de la obsidiana que arrancaba destellos de luz violácea cuando el Sol incidía en cierto ángulo sobre ella. Se colocó de pie sobre los estribos y, apoyándose en el fuste, se impulsó en el aire con un salto prodigioso pero que, sin embargo, no le hizo caer a plomo sobre las tierras del pantano donde estaban los dos caballeros: pareciere que por arte de magia, el aire mismo le ofrecía un colchón que hacía que su velocidad de descenso fuera escasa.

Cuando dejó atrás las copas de los árboles, la poderosa figura apareció ante los caballeros, siendo Perceval el primero en fijarse en él y señalándoselo a su compañero con incredulidad.

–En el nombre de Dios, ¿qué es eso? –preguntó, desenvainando la espada y asegurando el escudo sobre su brazo izquierdo, sabiendo que estaban a punto de entrar en combate. En los últimos momentos del descenso, el ser de la negra armadura sacó el enorme mandoble que tenía cruzado a la espalda y lo presentó a sus enemigos colocándolo frente a sí.

Cuando sus pies tocaron el suelo, dijo:

–Rendíos y no sufriréis daño, caballeros. –Su voz era grave, como el rechinar de piedra contra piedra, y les llegaba con cierto eco cavernoso tras el yelmo, negro como la noche y rematado por una cimera con la forma de un dragón batiendo las alas. Solo dos estrechas rendijas a la altura de los ojos rompían la bruñida uniformidad del casco, y el Bello supo de inmediato que por ello podían contar una ventaja.

–Ataquémosle por los flancos –masculló, y Perceval estuvo de acuerdo, asintiendo en silencio.

Sin embargo, Perceval no podía lanzarse sin más de cabeza a la lid, así que dijo:

–Rendíos vos, caballero o al menos decid vuestro nombre para que sepamos a quién vencemos.

–¿Ambos? –El enemigo rio y en su voz hubo un claro desprecio–. ¿Ambos me venceréis? ¿Qué hay de la legendaria caballerosidad de la corte de Arturo? ¿No combatiréis contra mí uno a uno? ¿Tendré que despacharos a los dos a la vez entonces?

Los dos caballeros se miraron sintiendo cierta vergüenza. Los últimos acontecimientos, el cansancio, lo extraño del lugar, no eran excusa para dejar de lado las reglas de combate entre caballeros. Sin embargo, antes de que pudieran decir nada, el de la coraza negra volvió a reír y bramó:

–¡No importa! ¡Ninguno de los dos sois dignos siquiera de probar mi filo! Decidid: ¡Rendíos o luchad! ¡Sabed que es el general Guedin’has quien os reta!

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