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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)

Perceval volvió al mundo de los vivos y despiertos. Poco a poco, fue haciéndose una idea cabal de dónde estaba, aunque su primer pensamiento fue para con la presión en muñecas y tobillos pues lo habían aherrojado con gruesos grilletes que lo inmovilizaban por completo, en una posición similar a la de los orantes, tan incómoda que cada poro de su cuerpo gimió de dolor.

Su visión nublada comenzó a aclararse y vio una pared de piedra a escasos dedos de su rostro por entre cuyos intersticios rezumaba una humedad de color verdoso y hedor repugnante que le hizo torcer el gesto. En el suelo, una paja mustia y casi podrida cubría un piso de cemento tan duro que prometía despellejar las rodillas de todo aquel que cayera sobre el mismo. Tiritó y se dio cuenta de que estaba desnudo; en la celda hacía un frío terrible, y oyó el ulular del viento procedente de algún lado a su espalda, arriba, quizá un ventanuco.

Agitó los brazos apretando los dientes para evitar gritar dada la mordedura del hierro en su carne, pero no pudo mover mucho los brazos. Las cadenas se tensaron enseguida y dedujo que su captor quería no solo retenerle, sino también torturarle al dejarle de ese modo.

Como si hubiera alguien vigilando y esperando a que despertara, un sonido de madera crujiendo a su derecha le hizo volver la cabeza para ver entrar una mujer… aunque quizá llamarla mujer no sería correcto, pues era de elevada estatura, de un palmo más que Perceval, y su rostro, angelical pero de facciones duras debido a unas mejillas afiladas y unos labios finos, estaba enmarcado por una densa melena castaña de la que sobresalían las puntas de unas orejas afiladas.

–Demonio… –masculló el caballero. La mujer apoyó su esbelta figura en el vano de la puerta sonriendo entre un frufrú de tules amarillos–. ¿Quién sois? ¿Qué queréis?

–No soy un demonio, eso desde luego –contestó, cruzando los brazos sobre el talle–. Soy vuestra carcelera. Al menos, de momento. Si me decís vuestro nombre, sabré cómo dirigirme a vos. Si no, me basta con llamaros “preso”.

–Soy Perceval –dijo a regañadientes, volviendo a sacudir lo que pudo las cadenas–. Quitadme esto.

–¿Vos me dais órdenes a mí? –Perceval detectó un fingido enfado en ella moteado de diversión–. ¿Vos?

–¡Sí, maldita seáis!

La mujer se acuclilló junto a él y Perceval notó que le llegaba un perfume a azahar, delicado y embriagador, pero tan poderoso que quedó aturdido por un instante. Entonces, sintió un agudo dolor en el costado.

Su carcelera había clavado la punta de un estilete en su cintura.

–Os quitaré las cadenas –dijo con voz gélida– cuando me plazca o se me ordene, lo que ocurra antes. Mientras tanto, os aconsejo guardar las formas y tratarme con el debido respeto, pues estáis por completo a mi merced.

Perceval lagrimeaba por el dolor, pensando en que muchas heridas –de las que eran reflejo las numerosas cicatrices que cubrían su espléndido torso– habían sido más horribles que la que le estaban infligiendo, por lo que no entendía el padecimiento que sufría, pareciendo que una horda de diminutos diablillos clavaran en su carne los tridentes al rojo.

–¿Habéis entendido? –inquirió ella bajando la voz hasta un susurro, junto a su oído. El caballero asintió con la cabeza, y el dolor cesó–. Veamos si habéis recuperado la cortesía que parece imperan en la corte de ese vuestro rey y podemos hablar como seres civilizados.