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(I)(II)

El día de la partida se levantó todavía más caluroso que el anterior; el sol, rojo y enorme como si quisiera rendir tributo al estandarte de Sauron, fue desplazándose en el cielo mientras la cincuentena de jóvenes se terminaba de preparar para la marcha.

–¡Mirad! –dijo uno de ellos, señalando al sol–. ¡Es una señal de buen augurio!

Muzlug asintió carcajeándose mientras examinaba los correajes que ceñían el petate de uno de los muchachos. Todos ellos portaban un zurrón que contenía las provisiones para las dos semanas de marcha que les aguardaban junto con un par de lanzas y un machete para abrirse camino entre la frondosa jungla, imprescindible para poder avanzar hasta que llegaran al Nâfarat, el gran desierto que atravesarían siguiendo la ruta que les llevaría de oasis en oasis hasta alcanzar el gran campamento haradrim que se había levantado a las afueras de Kârna, en las orillas del río Harnen.

El caudillo se aproximó a Sufyan y lo abrazó besándole en ambas mejillas.

–Hijo mío –dijo–, me siento orgulloso de ti. Serás el comandante de los aguerridos soldados de Narawfal y los conducirás a la batalla. Recuerda que el futuro de los haradrim está en tus manos.

–Padre, exageras –protestó él–. Solo somos cincuenta en un vasto ejército de miles y miles de hombres. Entre todos conseguiremos mejores tierras para nuestro pueblo, para todos los haradrim.

–Lo sé, hijo mío, lo sé –repuso Jubayar–. Es solo que me siento tremendamente feliz. ¡Ojalá pudiera acompañaros y matar a cuantos gondorianos se me pusieran por delante!

–Te dedicaré aquellos que traspase con mi lanza, padre.

Jubayar posó ambas manos sobre los hombros del joven y, con voz grave, dijo:

–Nuestras tierras se mueren, Sufyan. Hace años que no producen cosechas y el suelo no es sino un lecho muerto que se convierte en légamo improductivo cuando el cielo descarga sus ríos de lluvia. Los haradrim tenemos que salir de esta jungla o pereceremos de hambre, puesto que la caza no es abundante para darnos sustento.

–Sí, padre –asintió él; sabía perfectamente de los problemas que los acuciaban.

–Quiero que sepas algo: nuestro pueblo, Narawfal, no es el único en esas tristes condiciones. Desde hace meses, sé de los problemas que tienen los poblados cercanos que nos rinden tributo, y me han llegado noticias de lo mismo en aldeas más allá.

»La jungla está enferma, hijo mío. Se muere.

Sufyan escuchó anonadado lo que su padre le decía. Eso sí le era desconocido y se sorprendió al pensar que el caudillo debía haber cargado con ese peso él solo, sabiendo que las perspectivas de futuro eran terribles para la supervivencia de los haradrim.

–Necesitamos nuevas tierras –concluyó Jubayar.

–Necesitamos conquistar Gondor –coincidió Sufyan.

Hubo innumerables besos y abrazos de despedida ese día en Narawfal. Madres y padres, hijas e hijos y esposas sollozantes deseaban la mejor de las suertes a los soldados que, hinchando el pecho, desfilaron orgullosos siguiendo a Muzlug, que enarbolaba el estandarte del Ojo Sin Párpado, hasta que salieron del claro que ocupaba Narawfal y se perdieron entre el follaje. Sufyan, a la cabeza de todos ellos, se volvió una última vez antes de ser engullido por la vegetación y vio a su esposa. Rumaylah se despedía agitando una mano y, pese a la distancia, le pareció ver una lágrima que en su rostro reflejaba la luz del sol.

Abriéndose paso a machetazos, devoraron las leguas espoleados por el paso inclemente que les imprimía Muzlug. Bajo sus pies calzados con sandalias, el terreno negro y umbroso dio paso días después a un paisaje de arbustos y matorral bajo, indicativo de la próxima llegada de la estepa previa al Mar de la Arena. Los haradrim marchaban sin descanso, deteniéndose apenas el tiempo justo para probar un bocado, y la noche era bienvenida, el único momento en que Muzlug les permitía tumbarse para dormir unas pocas horas antes de volver a continuar el camino.

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