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EL CARRO DE ALGODÓN

Renato mordisqueaba distraído una ciruela mientras el monótono camino que discurría junto a infinitos prados se deslizaba bajo sus pies. O, más bien, bajo los cascos de los caballos sujetos a la carreta en la que él y Giovani, apellidado Tuco, viajaban ataviados como humildes comerciantes rumbo a Mantua con la intención de vender la mercancía que portaban: balas de algodón traídas desde el puerto de Venecia, donde habían sido descargadas de los mercantes que conectaban con los vendedores del norte de África.

Por supuesto, era una añagaza.

Los tres días de camino que llevaban juntos se les estaban haciendo muy lentos y pesados, tanto por el sofocante calor de mediados de agosto como porque sus temas de conversación se habían acabado con gran celeridad. Respetuosos con su código profesional de agentes al servicio de Génova, ninguno de ellos podía dar grandes detalles de sus trabajos o vidas, para que en caso de ser capturados no desvelaran nada sobre el otro. Ni verdades, ni mentiras. Por eso, Renato y Giovani estaban en silencio, escuchando el trinar de los pájaros y los ocasionales gritos de los esforzados labradores deslomándose con sus aperos sobre la tierra.

–Veo polvo acercándose. –Renato sacudió la cabeza para concentrarse en lo que le decía su compañero. Tenía razón, lo que era sinónimo de potenciales problemas: quizá una escuadra del ejército mantuano había decidido alejarse de los lugares donde se estaban librando las escaramuzas y les tocaba lidiar con ellos por una cuestión de mala fortuna.

–Permanezcamos tranquilos –dijo–. Tenemos salvoconductos venecianos y el algodón es de magnífica calidad, el mejor que pude conseguir.

Renato miró al otro con disimulo, mordiéndose el interior del carrillo al ver que Giovani se movía demasiado en el pescante, lo que le indicó que el hombre estaba nervioso. Nunca antes había trabajado con él y, de hecho, solo coincidió con él hacía años, en una cena en Génova ofrecida por el Duque de la República; aunque le pareció un buen compañero de mesa, quizá sobre el terreno no fuera una ayuda sino un estorbo.

–Dejadme hablar a mí –ordenó, y Giovani asintió tragando saliva. Renato imaginó que su ambiente natural eran los despachos repletos de papeles, las salas de banquetes y las noches de bailes.

Renato tomó las riendas, para hacer ver que la persona que tenía la sartén por el mango en la carreta era él, y echó un vistazo a la parte trasera de la misma. Cubierta por una lona para guarecerlas de las posibles inclemencias, las balas de algodón estaban colocadas evitando que una inspección descubriera un cofre bajo ellas que contenía una buena cantidad de ducados destinados a la compra de los servicios de uno de los altos miembros de la oficialidad de Mantua; con la ayuda de este, la lucha en la que diferentes países estaban implicados por el control de la ciudad podía decantarse del lado que beneficiaba a Génova.

–¿Los veis? –preguntó Giovani, haciendo visera con la mano sobre los ojos. Renato negó con la cabeza–. Hacen demasiado polvo… deben tener prisa.

–Pasarán de largo entonces –lo tranquilizó Renato.

–Veo sus uniformes… son grises. ¡Son grises, amigo Renato! ¡Son parte de los hombres de Fernández de Córdoba!

Renato sonrió aliviado. Si bien Génova no estaba implicada de forma directa en el conflicto, sus intereses y alianzas hacían que apoyara a los aliados de España y el Sacro Imperio, así que no tenían nada que temer…

–¡No, por Dios! –juró Renato al darse cuenta de lo que en realidad pasaba–. ¡No gesticuléis! ¡No digáis nada! ¡Maldición, estaos quieto!

En un suspiro, una decena de caballeros se plantaron ante ellos en medio del camino, impidiéndoles continuar su marcha y, conforme la polvareda se asentaba, los dos agentes genoveses se fijaron en que al frente de todos ellos había un hombre malcarado y de rostro duro, anguloso, con un fino bigote negro que le daba un aspecto de malandrín, casi de asesino. Sin decir nada, contempló a Giovani, que sonreía como un idiota, y se sacudió la tierra que tenía en la sobrevesta, revelando el color que lucía.

El color azul de los franceses.

–¡Oh, no! –dijo entre dientes Giovani, desplomándose en el asiento de la carreta, y Renato tragó saliva. Tenían frente a ellos a Gastón de Nantes, uno de los comandantes del ejército de Luis XIII.

El espía pensó con toda rapidez en la información que tenía sobre el oficial enemigo y recordó su crueldad, lo habitual que era en él dejar que sus tropas se soltaran como una jauría sobre las poblaciones conquistadas, así como su fama de no hacer prisioneros. Pero también su gusto por el oro. Quizá eso podría jugar en su favor, llegado el caso.

–¿Dónde vais? –preguntó el hombre en francés.

Renato forzó el acento al contestar, muy solícito:

–A Mantua, señor. Llevamos género de muestra…

–Ya, ya… –El francés manoteó sin importarle lo que le estaban diciendo–. Papeles.

Renato hizo lo que le decían, tendiendo el salvoconducto a uno de los jinetes mientras otro daba vueltas en torno a la carreta. Giovani comenzó a sudar todavía más.

–Todo en orden, parece –sentenció Gastón, devolviendo el documento. Al ser Venecia una aliada de Francia, por ese lado Renato y Giovani estaban cubiertos–. Pero tendréis que pagar el peaje.

–¿Peaje? –preguntó Giovani con un hilo de voz.

–Es algodón de mierda, capitán –dijo el jinete que estaba examinando la carreta tras echar un vistazo bajo la lona.

–Los caminos hasta Mantua son seguros gracias a nosotros –explicó con paciencia el francés, mientras los otros adoptaban una cara de rechifla–. Así que no estaría de más un pequeño agradecimiento. –Miró con toda intención la bolsa que Renato llevaba colgada al cuello.

Al espía no tuvieron que repetírselo. Había demasiadas espadas como para negarse y se quitó el saquete rápido, tan rápido que pareciere que la cuerda le quemaba en la piel. Se la lanzó al francés, y este pareció deslumbrado por el dinero en su interior al abrirla. No dijo una palabra más: hizo un gesto a sus subordinados y, sin prestarles mayor atención, siguieron su camino, dejando atrás en seguida a los dos genoveses.

–Ha habido suerte –dijo tras un rato Giovani, con claro alivio.

Renato bufó, pensando en que en el saquete iba su dinero personal, el que tenía pensado gastar esa noche en el famoso salón de Donna Teresa y masculló:

–Maldito hijo de mil padres…el-carro-de-algodon