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Me presenté con este pequeño relato al concurso del foro de la web Hislibris, pero no ha pasado a la siguiente ronda, así que lo comparto… tras haberle hecho unos pocos arreglillos más. En esta ocasión, cambio la fantasía por la historia, aunque sin dejar de lado las espadas. O, mejor dicho, los arcos.

Para quien no lo sepa, en Crécy se libró una batalla (de la Guerra de los 100 años) entre ingleses y franceses que se considera decisiva pues supuso el inicio del declinar de la «era de la caballería» y el apogeo de la infantería en las guerras medievales, sobre todo, de las armas a distancia, gracias a la mortandad que entre los galos sembraron los arqueros ingleses. Y dicho esto, me callo y dejo que hable el protagonista.

CRECY

–¿Has visto a ese montón de idiotas?

La pregunta de James quedó flotando en el ambiente, como el polvo que levantaban los carros de provisiones tras nosotros maniobrando para formar un semicírculo por orden del mismísimo rey Eduardo, y que protegería a los caballeros de las armas a distancia enemigas. Nosotros, los arqueros, teníamos el orgullo de ser la vanguardia, la flor y nata del ejército inglés que, con la ayuda de Dios, vendría a acabar con los franceses del usurpador.

–¿Los has visto? ¿Eh? –insistió al ver que no le respondía, ocupado como estaba en recolocar los paños de mi entrepierna para evitar que cayeran al suelo dejándome con el culo al aire; ya era bastante grotesca la imagen de cientos de hombres vestidos como si fueran niños, sujetando arcos más grandes que ellos mismos, como para además dar motivos de chufla a los cronistas mostrando mi verga.

–No, ¿a quién te refieres? –le dije, apretando fuerte el nudo.

–A ellos. Mira –contestó señalando hacia más allá de los campos arados en los que estaban desplegadas nuestras fuerzas. Entrecerré los ojos e hice visera intentando rasgar la distancia, y vi a qué se refería.

Los franceses comenzaban a ser visibles por fin tras las pequeñas lomas que rodeaban los campos de cultivo. En primer lugar marchaban los ballesteros, mercenarios genoveses hijos de mala madre que no obedecían otro amo que el sonido de las monedas. Tras ellos, subidos a lomos de sus imponentes corceles, cabalgaban los caballeros del rey Felipe, acorazados y brillantes, cubiertos por gruesas capas de metal que relucían cuando el sol incidía sobre ellos, haciéndoles parecer monstruos surgidos del Infierno.

–Tienen que estar cociéndose como pollos ahí dentro –comentó James riendo.

–He oído que llevan un montón de días andando.

–¿Sí? ¿Y quién te lo ha dicho? ¿Santa Cecilia? –bufó mi amigo.

Solté una carcajada que ocultó el tenue sonido que nos llegaba desde las filas enemigas, una mezcolanza de gritos de ánimo, toques de tambor que marcaban la marcha y cascos de caballo retumbando sobre el suelo. Por encima de todos ellos, comenzaban a formarse unos nubarrones negros de feo aspecto; pese al calor, era posible que estallase una tormenta y agradecí que días atrás se nos hubieran repartido fundas de cuero con que cubrir los arcos para evitar que las delicadas cuerdas se mojaran, volviendo inútiles nuestras armas.

Toqué las plumas de ganso que sobresalían del astil y comprobé, por enésima vez, que mis flechas estaban bien hincadas en la tierra frente a mí. Sus puntas diseñadas para penetrar las armaduras de los caballeros darían buena cuenta de esos desgraciados.

Se oyó un trueno que retumbó sobre nuestras cabezas y muchos hombres se persignaron asustados por la potencia del sonido. Como había supuesto, los cielos descargaron un torrente de agua que nos empapó; yo celebré sentir la humedad resbalando por mi cuerpo, que alivió un tanto el calor y se llevó buena parte de la suciedad debida a la marcha y la disentería que me había acompañado los últimos días.

Los franceses pararon, esperando que la tormenta cesara. Sería absurdo seguir avanzando hacia nosotros en ese momento y, si la lluvia continuaba mucho tiempo, el combate no tendría lugar hasta el día siguiente. Bastante malo era para nuestros enemigos tener que asaltar una posición defensiva en pendiente como para encima añadir el barro que impedía cargar de forma adecuada.

Así, separados por una distancia respetable, ambos ejércitos esperamos a que escampara.

–¡Mira ahí! –Mi amigo señaló hacia los carros del tren de suministros, tras el que se encontraban los caballeros ingleses; como nosotros, lucharían a pie–. ¡Es el príncipe Eduardo! ¡Dios te salve, Eduardo! ¡Dios te salve!

Como los demás compañeros de armas, empecé a vociferar el nombre del joven muchacho que comandaba nuestro grupo, uno de los tres en los que el rey había dividido a su ejército. Él nos oyó y saludó con gentileza, levantando la visera de su yelmo y sonriendo mientras a su lado uno de sus hombres de confianza agitaba el estandarte bajo el que lucharíamos, el de los cuatro cuarteles con flores de lis y leones pasantes. El resto del ejército se contagió de nuestra pasión y nos acompañó con tal fuerza que nuestras voces se sobrepusieron al estruendo de la tormenta.

Y del mismo modo que vino, el aguacero se fue, como si se hubiera amedrentado ante nuestros gritos de júbilo que ansiaban sangre y muerte francesas. Las nubes se retiraron y el sol volvió a iluminar los campos cercanos a la aldea de Crecy.

La batalla sí que iba a tener lugar ese día.

A la orden de los oficiales, desenfundamos los arcos y comprobamos que el agua no los había afectado. Hice cantar la cuerda del mío pinzándola con los dedos y gruñí con satisfacción mientras contemplaba el estado en que habían quedado las fortificaciones tras las que nos encontrábamos.

Habíamos cavado zanjas, rellenándolas de estacas, para frenar la carga de los caballeros franceses, siempre dispuestos a lanzarse de cabeza contra la masa enemiga. Teníamos plena confianza en la capacidad marcial de nuestro comandante, pero los informes, que se habían expandido entre la soldadesca, decían que Felipe contaba con más del triple de efectivos que nosotros.

Era de entender que muchos estuviésemos nerviosos, aunque lo disimuláramos con gritos y bravuconadas.

–¡Venid, hideputas! –gritaba James tocándose la entrepierna hacia los ballesteros, que habían comenzado a moverse de nuevo.

–¡Todos quietos, arqueros! –ordenaron los oficiales–. ¡Cargad flechas pero no soltéis hasta que se os diga u os clavo un cuchillo en la tripa!

Era innecesario. Todos sabíamos la distancia que podíamos alcanzar con nuestras armas y alguno incluso se rio ante la amenaza.

James aprovechaba los últimos momentos antes de la lucha para hurgarse la nariz. Decía que no le gustaba disparar con ella llena de mocos.

–Esos ballesteros van a recibir una buena tunda –comentó mientras miraba lo que había rescatado de sus fosas con orgullo.

–Pero míralos –asentí–. No pueden ni moverse los pobres…

En efecto, los genoveses avanzaban a trancas y barrancas por los campos de cultivo. Si ya era difícil moverse por ellos debido al trabajo del arado, el agua los había convertido en un lodazal por el que chapoteaban con cara de pena los ballesteros. Musité con rapidez una oración, porque estaban llegando al punto en el que nos ordenarían comenzar a descargar las flechas. Como miles junto a mí, tensé la cuerda y sentí que los músculos de mi hombro y espalda se convertían en piedra, manteniendo el proyectil apuntando hacia el cielo, esperando el momento de dejarlo volar libre.

Se oyó la orden que todos esperábamos y solté un grito de júbilo al verla surcar el aire, sumándose a tantísimas otras que parecía que estuviera nevando muerte.

Era la primera flecha de las muchas que dispararía ese día.

crecy