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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)(VIII)

La mujer, con una risa que sonaba a campanillas, pareció satisfecha y se irguió en toda su estatura; Perceval sintió una humillación como nunca en su vida. Ahí, arrodillado, desnudo y herido, dominado por una mujer que podía clavarle de nuevo un arma sin poder defenderse. Ahogó las lágrimas de rabia que afloraron a sus ojos y escuchó que le decía:

–Como parece que ya nos entendemos, os diré que podéis llamarme Lairenia. Portaos bien, como un caballero, y quizá mi señor se plantee incluso incorporaros a sus filas. A fin de cuentas, aún tenéis que escuchar nuestra visión de la historia.

–¿Historia? ¿Qué historia?

–Vuestro amigo se ha mostrado bastante parlanchín, Perceval. No recordará su vida pasada –rio dando palmas–, pero de lo que se acuerda… ¡Vaya lo que habla!

–¿Qué le habéis hecho? –En la voz del caballero había una nota de desafío, todo el que le permitía su dolor.

–Poca cosa; no os preocupéis por él. Sigue respirando, si os quedáis así más tranquilo. Pero a lo que íbamos: estáis muy equivocados.

Perceval giró la cabeza hacia ella todo lo que le permitían los grilletes.

–¿Equivocados? –preguntó. Ella asintió con la cabeza–. ¿En qué?

–Esa bruja vuestra… esa tal Morgana, os ha contado una sarta de mentiras.

La mujer calló, escuchando con atención algo que Perceval no alcanzaba a oír. Sin una palabra más, la mujer se dio la vuelta y salió de la pequeña celda, dejando al hombre extrañado y confuso, tanto por lo que Lairenia había dicho como por su apresurada partida. Durante un buen rato, atenazado su cuerpo en tan incómoda situación, el caballero intentaba adivinar qué podría pasarle a partir de entonces, y su mente pronto divagaba hacia terribles formas de tortura. Intentaba consolarse pensando que, de llegar el caso, afrontaría la muerte con valentía y dignidad. Sin embargo, el dolor que le producían los grilletes en los tobillos, el agarrotamiento de su espalda, lo mal que fluía la sangre hacia sus extremidades, le hacían gemir de cuando en cuando y mermaban poco a poco sus ya escasas reservas de fuerza. Tan solo su sentido del honor y la dignidad le impedían prorrumpir en gritos.

Cuando la mujer volvió, agitaba en el dedo índice un llavero produciendo un soniquete metálico cuando las llaves golpeteaban entre sí. Tras ella, había dos figuras oscuras, armadas con piezas de acero similares a aquellas con las que Guedin’has había combatido, que empuñaban dos espadas cortas.

–No quiero que hagáis ninguna tontería, Perceval –dijo Lairenia introduciendo una llave en el primero de los grilletes. El chasquido del hierro devolvió movilidad al tobillo de Perceval–. Teneís una audiencia con mi señor Calau’dar’Onieril.

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