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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6: (I)

Elin no podía creer lo que sus ojos acababan de contemplar e, incapaz de reaccionar, se sintió como atrapada en un bloque de melaza enorme, una espectadora que veía desarrollarse una terrible tragedia ante sus ojos sin que tuviera poder de decisión alguno sobre ella.

Morgana parecía una diablesa enfurecida, con su pelo moreno revoloteando en torno a ella, cargado de electricidad y la piel destellando con reflejos azulados. Comenzó a mover la mano, en la que instantes antes había conjurado el arma, en dirección al Bello.

El caballero supo que su vida corría peligro y tenía que hacer algo para impedir acabar como Perceval, y cargó contra la hechicera con la idea de embestirla y lanzarla por los aires.

Como si lo previera, Morgana hizo un floreo semicircular frente a su cuerpo y una poderosa corriente de aire, salvaje como un huracán, barrió la escasa distancia que los separaba. El Bello salió despedido hacia atrás y se golpeó contra una de las alacenas de Firdánir, cuya madera crujió con estrépito al romperse. El caballero cayó al suelo entre un confuso montón de platos y jarras destrozadas.

–¡Morgana! –gritó Elin; por fin había logrado sacudirse la estupefacción de encima–. ¡Alto! ¡Parad!

–¡Silencio! –ordenó ella por toda respuesta, concentrada como estaba en el Bello, comenzando a ejecutar un nuevo pase mágico mientras el caballero, con torpeza y aplastando los trozos de vajilla, se incorporaba.

La joven no dijo nada más y miró en torno suyo, buscando cualquier cosa que le pudiera servir como arma, pues su espada estaba al lado del diván que había ocupado hacía poco, demasiado lejos. Se decidió por un taburete cercano y lo lanzó con excelente puntería contra Morgana, que solo en el último momento vio venir el improvisado proyectil… sin poder hacer nada por evitarlo.

El impacto le abrió una brecha en la cabeza y, desorientada por el golpe, no pudo mantener la concentración de su hechizo, que se disipó sin más consecuencias.

El Bello aprovechó entonces la ayuda que le brindaba Elin y, desenvainando su acero, corrió con rapidez hacia Morgana, que con gesto confuso se tocaba la herida y contemplaba los dedos manchados de la sangre que manaba de ella.

En la mirada del Bello había una furia asesina.

–¡Alto! ¡Parad los dos! –exigió de nuevo Elin, interponiéndose en el camino del Bello, el cual no solo no hizo caso sino que, para sorpresa de Elin, acometió contra ella con la espada por delante, dispuesto a atravesarla.

Con un gemido de sorpresa, la joven se apartó a un lado al tiempo que el mundo adquiría un ritmo pausado. La habilidad de Elin volvía a acudir en su ayuda y vio con total diafanidad el movimiento del Bello, interponiendo su pierna entre las dos del caballero, quien tropezó en su frenética carrera y, tras un par de trastabilleos, acabó con su cuerpo en el suelo.

Soltó la espada al caer y Elin, de inmediato, la tomó entre sus manos, apoyándola contra la nuca del Bello. El tiempo recuperó su normalidad cuando amenazó:

–¡Quieto os digo! ¡Y también a vos, Morgana! –Miró al elfo, que había contemplado toda la escena sin hacer o decir nada, por completo pasmado ante el despliegue de violencia ocurrido en su propia casa, y le dijo–: Vigilad a Morgana.

La hechicera, aturdida, precisaba en realidad poca vigilancia. El golpe del taburete había sido fuerte, muy fuerte, y solo por su enorme fuerza de voluntad no había caído inconsciente.

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