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Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6: (I) (II)

perceval

La leyenda de Sir Perceval, por Frank Cadogan Cowper

Tras unos instantes en los que solo se escucharon las agitadas respiraciones de todos ellos, Firdánir, arrodillado junto a la hechicera sujetando un lienzo de blanca pureza sobre su herida, dijo:

–¿A qué ha venido esto, dama Morgana? –Su voz no era agresiva, pero sus ojos destellaban con recelo. A Elin no se le escapaba que el elfo no acababa de fiarse de Morgana.

Por toda respuesta, la interpelada gimió y chascó la lengua mirando a la muchacha con enfado, una vez comenzaban a pasarse las nieblas del atontamiento. Elin no hizo caso de la dureza en sus ojos y comprobó que el Bello permanecía inmóvil, sin resistirse ante la amenaza que suponía la punta de su propia espada colgando sobre su nuca.

–¿Vais a calmaros vos también, Bello? –le preguntó Elin. Este respondió con un “sí” entre dientes, como escupido, y ella pareció satisfecha, retirando el filo para ordenar–: Bien. Arriba entonces.

Se hizo a un lado y el caballero, despacio y sin dejar de mirar a Morgana, se arrodilló para luego terminar de incorporarse. Las cosas parecían empezar a calmarse, pero en cuanto el Bello abrió la boca para decir algo, Elin lo mandó callar chistando:

–Callad. No empeoréis las cosas. Suficiente hemos tenido ya todos –continuó mirando a Perceval, tendido en un profuso charco de sangre–, así que silencio.

»Firdánir –dijo dirigiéndose al elfo–, ¿está Morgana en situación de explicar lo que ha hecho, antes de que la atemos para ser juzgada por el Rey Arturo en Camelot?

El elfo comprobó que de la herida había dejado de manar sangre y asintió justo antes de que la hechicera lo apartara de un empellón.

–Quita –dijo ella–. Tus simples remedios élficos no son nada comparados con los míos. Deja de mirarme como si fuera algo que no has visto nunca y aparta, o te juro que desataré toda mi ira contra ti si no me dejas sitio para respirar.

El elfo, sorprendido por las zahirientes palabras de Morgana, se echó hacia atrás como si le hubieran abofeteado. Incluso vapuleada, no dejaba de desprender un aura poderosa y enérgica. Sin embargo, Elin no se arredró y exigió:

–¿Qué es lo que habéis hecho, Morgana? –Señaló al cadáver–. ¿Os habéis vuelto loca acaso? No quería creer lo que de vos se dice, pero…

–¿Ah, sí? –replicó ella entornando los ojos–. ¿Qué se cuenta? ¿Que hago pactos con demonios? ¿Que soy una bruja sin corazón? Vamos, Elin… ya hablamos de esto. No me digas que además de joven, eres tan simple como un campesino.

Elin se sonrojó ante la puya, pero no se amilanó y dijo a voz en grito:

–¡No soy tonta, así que no me toméis por tal! ¡Perceval yace a vuestros pies! ¡Vos lo habéis matado, y me venís con milongas sobre lo mal que os tratan en Camelot! ¡Sois… sois… una maldita arpía!

Para su sorpresa, Morgana echó la cabeza atrás y lanzó una estruendosa carcajada que desarmó por completo a Elin. Sin saber qué decir, cerró la boca de inmediato, lo que Morgana aprovechó para decir:

–Apestan. –Con un índice coronado por una larga y afilada uña, apuntó al Bello, que parecía no saber muy bien qué hacer–. Apestan a magia élfica. Ni él es el Bello Desconocido, ni él…

Entonces, Elin sintió un fuerte golpe en el costado y notó que algo en su interior se rompía. Quizá una costilla, pues el dolor fue tan agudo como si le atravesaran las entrañas con un hierro candente.

El Bello había decidido que tenía que hacer algo, y había lanzado un tremendo puñetazo contra el costado de la joven, que se dobló y estuvo a punto de vomitar por el dolor.

El Bello comenzó a correr hacia Morgana.

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