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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6: (I)(II)(III)

arthur

Entre las nieblas del dolor que sentía, Elin vio que la hechicera no era capaz de reaccionar, sorprendida por la rapidez con que el Bello iba hacia ella, pero, por fortuna, Firdánir se interpuso en su camino; bloqueó con su propio cuerpo la carga del caballero, recibiendo el salvaje empujón de todo el peso acorazado que portaba. La violencia del impacto hizo que el elfo saliera despedido, pero había conseguido lo que quería: el movimiento del Bello había sido interrumpido un breve momento, instante que aprovechó la hechicera para levantar su defensa.

Con rapidez, Morgana hizo que el fuego de la chimenea creciese en intensidad, y crepitando con la fuerza de un incendio forestal, las llamas abandonaron su lugar como brazos aleteantes de un animal flamígero, golpeando al Bello en torso y piernas, haciéndole gritar preso de una agonía terrible cuando la coraza se calentó de tal modo que lo estaba cociendo vivo. Con saña, Morgana gritó y ordenó que una nueva llamarada golpease al Bello en el rostro, envolviendo su cabeza como un terrible yelmo anaranjado.

El repulsivo olor a carne quemada inundó la casa, y los alaridos del Bello continuaron durante unos interminables momentos contrapuestos a la carcajada que lanzó Morgana. Elin, dominada por el dolor y el terror, no sabía qué hacer o decir, y contempló al caballero que manoteaba intentando, sin resultado alguno, soltar las correas que sujetaban las dos partes del torso de la armadura.

Por fin, cesó su tortura y se derrumbó al tiempo que las llamas se extinguían habiendo cobrado su vida.

–No quiero escucharos decir una sola palabra. –Morgana, con voz dura, se adelantó a cualquier posible recriminación–. Lo que he hecho, es posible que nos haya salvado la vida a todos, y como habéis demostrado tal ceguera, desde ahora yo seré quien esté al mando. Se acabaron las dudas, las contemplaciones y las discusiones. ¿Está claro, Elin?

La joven, respirando con dificultad, movió la cabeza asintiendo aunque en su fueron interno se revolvía ante las palabras y actos de la hechicera.

–¡Elfo! –La mujer miró a Firdánir–. Atiende su herida y mira que no tenga el pulmón perforado.

Él, solícito a la par que asustado por el despliegue de salvaje poder de Morgana, cumplió la orden y presionó con cuidado, tras pedir disculpas, el costado de Elin, que gimió.

–Es solo una costilla, gracias a los cielos –susurró.

–Duele como mil demonios.

–Sí, lo imagino. –Firdánir posó con cariño su mano en el hombro de la joven y dijo–: Pero podría haber sido mucho peor. Gracias a tu resistencia y a que eres joven, no tardará en sanar.

Elin agradeció las palabras del elfo y consintió que la ayudara a llegar a la cama que se encontraba en el lugar más alejado de la casa, sintiendo cierto alivio al tumbarse. No olvidaba, sin embargo, los dos cadáveres tendidos en el suelo, y volvió la cabeza para mirar a Morgana, mientras Firdánir comenzaba a preparar una infusión calmante, que estaba arrodillada junto a Perceval, posando las yemas de sus dedos en su cabeza y musitando algo incomprensible con los ojos cerrados.

Elin sintió un cansancio terrible, fruto de la costilla rota y el horror de lo que había contemplado, y no quiso saber nada más por el momento. No se sentía con ganas de enfrentarse a Morgana, así que, aunque ardiera en deseos de una explicación por somera que fuese, calló.

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