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Tras un buen rato aporreando los mando, Lucía miró el reloj. Había pasado bastante tiempo y Javier no había vuelto. Inquieta, lo llamó al móvil, pero él lo había dejado en la mesa de la cocina, desde donde le llegaron las notas de I wanna rock, la sintonía de llamada que había personalizado para ella. Era lo normal, pues llevar el teléfono en el bolsillo de los pantalones cortos que usaba para correr podía suponer que el móvil se cayera al suelo. Como él decía, prefería un rato incomunicado a tener que comprar otro nuevo.

Quizá se había encontrado con algún conocido.

Pero, cuando los minutos siguieron pasando y la ausencia de Javier ya suponía un par de horas, comenzó a preocuparse de veras. Mandó a su hijo a la cama y emprendió una tarea de vigilancia desde las ventanas de su cuarta planta, contemplando la calle hecha un manojo de nervios.

El barrio era residencial, al norte de la gran ciudad en la que vivían, muy tranquilo, de parejas jóvenes y sus niños, con poco tráfico pasadas las diez de la noche y muy escaso índice de problemas a excepción de algunos críos revoltosos que hacían pintadas en las paredes.

Por su cabeza empezaron a desfilar imágenes que la colmaron de miedo. ¿Había tenido un accidente y le habían atropellado? ¿No sería uno de esos horribles casos de muerte súbita que daban a la gente mientras hacía deporte? ¿O era algo más siniestro?

Su mente de policía, siempre proclive a pensar en el lado funesto de las cosas, comenzó a dibujar escenarios macabros y pesimistas. A las doce de la noche, cuando Javier ya llevaba tres horas fuera de casa, no pudo aguantar más y llamó a la comisaría.

Utilizó todos los recursos que, como policía, tenía a su alcance, y encontró un cierto consuelo en las promesas que le hizo el comisario de guardia. Quiso creer que se encargarían de todo y agradeció las palabras que le dijeron, buscando calmarla.

Era tal su estado de ansiedad que estaba segura de que no iba a pegar ojo. La tensión y el cansancio, la excitación y el miedo, la mantenían en un estado hiperactivo, aunque fuera consciente de su incapacidad de hacer nada. No podía salir a las bravas a la calle y empezar a buscarlo, no, con su hijo en casa. Acabó, tras numerosos paseos pasillo arriba y abajo, en la puerta de Guille y, llorando, se tumbó en la cama junto al niño, que se removió inquieto en sueños. Sentía un miedo como nunca antes en su vida, hasta que, un tanto reconfortada por el calor del cuerpo infantil, se quedó dormida.

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