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semilla

Fotografía de una estupenda miiniatura de plomo. (Vía freaklandscenics.blogspot.com.es)

CAPÍTULO DOS

Pese a que el protocolo de búsqueda de personas desaparecidas no era ese, se trataba no solo del marido de una compañera, sino también de un compañero de la comisaría, así que la policía trabajó toda la noche en el barrio de Lucía y Javier, buscando cualquier pista que les llevara a la localización del mismo. Poco después de amanecer, el comisario Aguilar llegó a su casa y, con gesto de preocupación, preguntó a la mujer qué tal se encontraba. Ojerosa, pálida y cansada, Lucía ofrecía una visión lamentable, aunque se permitió una sonrisa de agradecimiento cuando su superior le dijo que cogiera toda la semana de permiso. Antes de irse a comisaría para despachar ciertos asuntos urgentes, le prometió que ellos se encargarían de todo. Que encontrarían a Javier.

Como tampoco se encontraba con fuerzas para llevar a su hijo al colegio, se puso en contacto con la joven a la que, cuando había necesidad, pedía que cuidara de Guillermo, excusándose por lo repentino de la petición. Cuando colgó el teléfono, dos técnicos de la policía comenzaron a instalar el equipo que les permitiría rastrear cualquier mensaje, fuera telefónico o informático, que se recibiera en la casa.

Lucía preparó cafés, que los demás agradecieron.

Samuel llegó un poco más tarde.

–¿Cómo estás? –preguntó, tras abrazarla con afecto, sintiéndose un poco estúpido por la perogrullada.

–No lo entiendo, Samuel –contestó ella, ahogando las lágrimas–. ¿Quién puede querer nada de nosotros?

–Lo encontraremos –le prometió–. No te preocupes.

Con mucho tacto, dejaron que pasara un rato hasta hacerle las preguntas oficiales de una investigación de ese tipo, y fue el propio comisario, una vez volvió, quien le puso al corriente:

–Oficial… Lucía –la tuteó, cogiéndole las manos para ofrecerle algo de consuelo–, los agentes que han peinado el barrio han encontrado algo.

La cara de Lucía se iluminó pero, de inmediato, una sombra de mal augurio le cruzó los ojos y temió que las noticias no fueran buenas.

–¿Está…?

–No, Lucía, no hemos encontrado a Javier, pero estamos en el buen camino, creemos. A tres manzanas de aquí, al lado del parque, un vecino vio una furgoneta parada bastante rato antes que anocheciera. El único vehículo en una zona en la que no se puede aparcar.

–¿Cerca del riachuelo? –Lucía se refería al pequeño curso de agua artificial que atravesaba el pequeño parque, partiéndolo en dos, hasta llegar a un bonito lago plagado de patos.

–Ahí mismo, sí –confirmó Aguilar–. No tenemos la matrícula, pero sí el modelo y el color.

–Algo es algo –suspiró Lucía con resignación.

–Tenemos a todo el departamento en ello. Antes que te des cuenta, lo tendrás en casa de vuelta.

–Eso espero –deseó Lucía, sintiendo de nuevo que las lágrimas querían aflorar.

A la hora de la comida, la casa se vació casi por completo. Solo quedó uno de los informáticos, pues los demás habían bajado a picar algo. Lucía no tenía hambre y se recostó en la cama, con un dolor de cabeza terrible. Le había estado palpitando la sien derecha desde hacía un par de horas y comenzaba a ver puntitos negros en el campo periférico de su visión, muestra inequívoca de una cercana migraña como las que, hasta que tuvo a Guillermo, habían sido muy normales en ella.

Solo faltaba que le volvieran las jaquecas, unos dolores tan fuertes que le hacían vomitar y apretar los dientes hasta que le dolían.

Por fortuna, se durmió enseguida, dejando que las nieblas del sueño se llevaran lejos el dolor.

Y soñó.

Javier recuperó la consciencia poco a poco, sintiéndose como si fuera ascendiendo con lentitud desde el fondo marino, atenazado por una languidez atontecedora. Se dio cuenta de que una tela cubría sus ojos con fuerza, y el mundo fue llegando poco a poco a él mediante el sentido del olfato.

Había en el ambiente un hedor acre, como a excrementos, y la humedad que le bajaba por las piernas le hizo ver que se trataba de su orina y sus heces. En algún momento, había perdido el control de los esfínteres y, pese a todos sus años de experiencia rebuscando entre las entrañas de los muertos, oliendo a sangre y bilis, el pensar en estar bañado en su propia mierda le provocó una arcada.

El violento movimiento de cabeza le produjo un dolor terrible en la nuca, y entonces se percató de que tenía el cráneo inmovilizado, que unos hierros mantenían su cuello erguido de tal forma que su barbilla apuntaba hacia arriba.

Lo siguiente que notó fueron los brazos. O, mejor dicho, la falta de sensibilidad en ellos. Notaba un adormecimiento que le nacía en el hombro, y entendió que le habían administrado un potente sedante.

Unas correas en torno a su torso y sus piernas lo inmovilizaban en una silla de metal, y el frío en su piel le reveló que estaba desnudo.

Entonces lo recordó.

Se vio a sí mismo corriendo, al lado de una furgoneta azul cuya puerta lateral se abrió en el momento en que pasaba y, luego, un pinchazo en el costado… ¿una pistola eléctrica, quizá? Era posible. Cayó al suelo, golpeándose las rodillas y, mientras permanecía a cuatro patas… una sombra… o dos… llegando hasta él por detrás y colocándole un pañuelo en la boca.

Sí, así era.

Lo habían secuestrado.

–¡Eh! ¡Eh! –gritó, asustado al descubrir cuál era su situación–. ¿¡Hay alguien!? ¡Eh! ¡Oigan!

Un chirrido metálico le hizo callar. Por instinto, movió la cabeza hacia la derecha, en la dirección de la que provenía el sonido, sintiendo de nuevo un dolor que le hizo gruñir. Imaginó que había sido una puerta al abrirse.

Pasos que se acercaban.

Javier se quedó callado, no sabiendo qué hacer o decir.

Los pasos se pararon justo a su lado, y sintió unas manos trasteando en la parte posterior de su cabeza, provocándole un movimiento de esquiva que no le condujo a nada.

La gruesa venda cayó en su regazo y contempló un techo de pesadilla.

La habitación era con toda probabilidad un sótano, lóbrego, húmedo y plagado de penumbra apenas rota por un par de bombillas que colgaban, precarias, de hilos de cobre. Pese a ello, Javier pudo atisbar los detalles de la pintura que alguien, un demente, había hecho sobre la plana techumbre, una colección de horrores monstruosos y retorcidos que se regocijaban en los más depravados actos que se podían cometer sobre la carne humana. Javier vio escenas de violaciones, asesinatos y canibalismo salvajes fruto de una mente enfermiza que, con maníaco empeño, había sustituido el buen hacer con el pincel por la más desasosegante plasmación de sus asquerosas obsesiones.

Las luces de las bombillas titilaban, haciendo que las imágenes parecieran moverse, y Javier cerró los ojos, no queriendo contemplar más el horroroso fresco.

Una mano fría, húmeda, se posó en su pecho con fuerza.

–Abre tus ojos, querido –dijo una voz que parecía sofocada tras una máscara y, como Javier no obedeció, la otra mano de su secuestrador golpeó, con la mano abierta, su frente.

Abrió los párpados, tal y como le exigían.

Giró los ojos hacia el lugar de procedencia de la voz y vio una figura cubierta con unos ropajes que le hicieron pensar en los monjes de la Edad Media, una basta túnica de color pardo, de lana, cuya capucha estaba caída sobre la espalda, mostrando una cara oculta tras una máscara de hierro que presentaba decoraciones geométricas labradas en su superficie, con unas rendijas pequeñas para los ojos marrones que se vislumbraban tras ellas. De inmediato, la percepción de Javier quedó atrapada por los intrincados diseños de la máscara, que parecieron fluir produciendo dibujos que se desplegaron desbordando los límites de la propia máscara, expandiéndose hacia allá, más allá…

–¡Alto! –ordenó el hombre de la túnica–. Aún no puedes perderte. Primero tienes que cumplir tu cometido.

Javier balbuceó, intentando hablar, pero solo un chorro de saliva salió de su boca.

–Te prometo –seguía diciendo el desconocido– que todo esto puede terminar muy pronto. Solo tienes que decirme lo que quiero.

–¿Qué… qué quiere? –logró preguntar con un gran esfuerzo.

–La semilla. ¿Dónde está?

Javier parpadeó. ¿La semilla? ¿A qué se refería ese loco?

–El muerto –dijo, como aclarando sus anteriores palabras–. El muerto que estuvo en tu mesa, señor forense. ¿Dónde está el muerto?

La visión del cadáver abierto, el líquido negruzco en su interior y los agentes del CNI acudieron a su mente. De eso se trataba. Hizo las conexiones con rapidez, y las imágenes de decapitaciones y torturas de los muyahidines se agolparon haciéndolo gemir de miedo.

–No lo sé… –Javier temblaba–. Se lo llevaron, lo juro…

La máscara se giró un poco, contemplándolo de forma ladeada, y permaneció unos instantes así, como pensando en lo próximo que decir.

–Verás –dijo, por fin–, cuando alguien está a punto de ser sometido a tortura, la primera fase es quebrar su voluntad diciéndole lo que se le va a hacer. Personalmente, es un momento que me aburre. Prefiero la acción a las palabras… porque la actuación es lo que, definitivamente, cambiará el mundo, por encima de todas la cháchara, de todas las ideas.

Extendió las manos hacia la parte posterior de la cabeza de Javier y soltó un remache, permitiendo que el ingenio que le apresaba la cabeza se aflojara, aunque aún seguía obligándolo a mirar hacia arriba. Antes de soltar el segundo remache, el secuestrador dijo:

–Podría decirte que te voy a cortar algo muy querido para ti, pero eso nos llevaría un tiempo que no quiero perder.

El segundo remache cayó y la cabeza de Javier se desplomó sobre el pecho, el cuello dolorido por la posición tan forzada que había soportado durante horas, y se fijó en que su mano derecha no estaba en su sitio, habiendo sido sustituida por un vendaje sanguinolento que cubría un muñón.

–Y ahora –dijo, casi riendo, el hombre de la máscara–, te haré unas preguntas.

Javier comenzó a gritar.

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