Seleccionar página

Por si te lo perdiste: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)

Azathoth

Entre las estrellas, os vigilan… (vía http://deathbattlefanon.wikial.com

El comisario Aguilar revisaba los papeles de un expediente con desgana, pasando las hojas llenas de anotaciones sin prestarles excesiva atención. Su mente volvió de nuevo al caso de Javier, el forense, el marido de Lucía. Contraviniendo la ley, encendió un cigarro y se asomó a la ventana para evitar que el humo se quedase en el despacho, exhalando un jirón grisáceo que se difuminó poco a poco en el soleado principio de la tarde. Miró el reloj. El siguiente turno estaba a punto de entrar en casa de Lucía y, aunque no quería hacerlo, tenía que dar una serie de órdenes.

Aplastó la colilla contra el antepecho, dejando una marca que se vino a sumar a todas las que había hecho con anterioridad, y cerró de nuevo para que el climatizador volviera a equilibrar la temperatura del despacho.

Le contestaron de inmediato:

–¿Sí? –preguntó el destinatario de su llamada al otro lado de la línea.

–Al habla Aguilar –respondió y, antes de que el otro pudiera decir nada, continuó–: Ardán, quiero que esta tarde busque información sobre el caso.

–¿El de Javier, señor? –En su voz había extrañeza.

–Sí. Le toca a usted monitorizar las comunicaciones, ¿no es así?

–Sí, señor…

–Bien. Comprenderá que no hayamos comentado a nuestra compañera que hay otras posibilidades además del secuestro.

–Pues… ¿sí?

El comisario se aguantó las ganas de reír. Ardán era un novato, y estaba seguro de que no sabía qué quería de él.

–Con cuidado, Ardán, con mucho cuidado, quiero que eche un vistazo a los ordenadores, móviles, tablets… lo que sea. Si tiene ocasión, incluso revise entre los papeles.

–¿Señor? –Aguilar hubiera jurado que estaba a punto de hacer llorar al pobre hombre al ordenarle que revolviera entre las pertenencias privadas de no solo una, sino dos compañeros de la comisaría.

–Sea discreto, y si le descubre la agente Utrilla, dígale que es por completo responsabilidad mía y llámeme. Me haré cargo de la situación.

–De… acuerdo, señor.

Aguilar colgó meneando la cabeza. No. No lo creía. No imaginaba que Javier, un forense profesional y serio, con gran sentido de la responsabilidad, hubiera abandonado así como así a su esposa. Pero la policía tenía que contemplar todos los ángulos posibles en una investigación…

Lucía miró hacia el cielo. Era un día hermoso, sin nubes, de un azul perfecto, y sintió el calor del sol derramándose sobre sus brazos y su cara. Notó que le apretaban la mano con cariño y, bajando la vista, vio a su hijo, sonriéndole con dulzura. Paseaban por una senda de tierra batida flanqueada por olmos de copioso follaje, de ramas cimbreantes, mecidas por una suave brisa que arrastraba un olor a mar. Sentía una inmensa dicha al notar el tacto de su hijo, carne de su carne, y deseó que ese momento no terminara nunca.

Por desgracia para Lucía, el momento acabó.

Habían estado, sin saberlo, dirigiéndose hacia un hombre alto y erguido que se encontraba en mitad del camino, vestido con amplios ropajes marrones y una capucha que ocultaba las facciones de su cara, oscurecida salvo por los ojos, dos puntos de luz que brillaban como ascuas. Levantó la mano, indicándole que parara, y las amplias mangas de su túnica revolotearon y crujieron.

–¿Quién eres? –preguntó Lucía apretando con fuerza la mano del niño, presa de un terror insoportable, como si de la figura emanase un aura horrenda que la golpeara de forma física.

–Yo sé quién eres tú –respondió el… ¿monje? con una voz surgida de los más profundos fosos del Infierno–. Eso es lo que importa. Eso, y lo que quiero.

–¿Qué quieres? –se atrevió entonces a decir, aunque no deseaba escuchar la respuesta intuyendo que sería algo terrible.

–Lo que nunca debió aparecer en el mundo de los humanos. Lo que se ha perdido pero será encontrado. Lo que es de mi señor por derecho.

Lucía parpadeó. Si no fuera por el pavoroso miedo que sentía, se hubiera carcajeado por el tono grandilocuente y surrealista con el que dijo esas palabras.

–Hablo del muerto –explicó, con un deje de impaciencia–. Del muerto que tu marido abrió en canal. Hablo de él y de lo que en su interior se escondía.

–Pero… no sé qué…

Las palabras de Lucía llevaban un sabor a hiel en la boca, y escuchó un sonido como un tronar distante, como si se acercara una furiosa tormenta. El cielo se oscureció casi de inmediato y el viento comenzó a aullar. Sin embargo, las estrellas refulgieron en la cúpula nocturna, habiendo expulsado al puro sol que brillaba sobre su cabeza momentos antes.

Le parecieron ojos monstruosos, vigilantes, que la contemplaban en un paroxismo voyeurista.

–¡No me desafíes, perra! –gritó el encapuchado, su voz sobreponiéndose al creciente tumulto–. ¡Tengo a tu hombre en mi poder, y me costaría muy poco esfuerzo adueñarme también de tu hijo!

En cuanto profirió tal amenaza, Lucía sintió que la fuerza con la que Guillermo sujetaba su mano se diluía en nada. Miró hacia el niño y lo vio desfallecer, cayendo poco a poco a tierra, de rodillas. Para su horror, el cuerpecito comenzó a plegarse como si fuera un folio, en ángulos imposibles, un macabro contorsionismo acompañado de repugnantes chasquidos de huesos al romperse, hasta que su cara, congelada en un rictus de horror y la boca abierta en un grito mudo, quedó encima del pavoroso fardo en que su cuerpo había quedado convertido.

Lucía lloró y gritó, histérica, sin poder pronunciar palabras inteligibles.

–Llévame hasta el muerto, o esto será lo que ocurra –ordenó por fin, bajando el tono de voz casi convirtiéndola en un susurro que, no obstante, pareció taladrar el cerebro de Lucía que, justo en ese momento, despertó bañada en sudor.

–Tu mujer –dijo a un semiinconsciente Javier el hombre de la máscara– es ahora tu única esperanza de tener un futuro.

Javier había llorado, implorado, rogado, e incluso amenazado, pidiendo que lo liberase, pero su torturador se había limitado a sonreírle con pacífica beatitud. Después de recuperar algo de su control tras la terrible impresión sufrida al ver que le habían cortado la mano, el captor le había hecho unas cuantas preguntas, gracias a las que averiguó que el cadáver que buscaba había estado poco tiempo en la sala de autopsias. Entonces chasqueó la lengua, desilusionado, y se había dirigido a una parte en la habitación situada a la espalda de él.

Ahí, en una mesita de madera antigua en cuya parte superior había extraños relieves de figuras retorcidas, había depositado la mano cercenada de Javier y había proferido una serie de sonidos guturales, en un idioma impío y olvidado, que sonó casi como un cántico.

Durante un buen rato, no se oyó nada.

Cuando Javier creía que lo había abandonado, con pasos que no produjeron ningún ruido, el hombre de la túnica se plantó frente a él y apoyó las manos sobre sus antebrazos, inclinando el cuerpo hasta que sus caras estuvieron a la misma altura, provocándole náuseas al notar el hedor dulzón y pútrido que exhalaba.

–Háblame de ella –continuó, y Javier sacó fuerzas de flaqueza para escupirle una baba sanguinolenta que aterrizó en mitad de la máscara.

El secuestrador emitió una risa queda mientras el escupitajo resbalaba por la cara de hierro.

–Aún te queda una mano –le advirtió–. Dos pies. Una nariz. Incluso dos orejas y dos ojos. Dime quién es ella. Dime cómo es.

–¡No! –rugió Javier, desafiante, mientras las manos del hombre, como garfios, se clavaban en su carne.

–¿No? ¿No? Me dirás, ¡oh, sí!, me lo dirás para entretener el hastío que me supone estar en este mundo, me hablarás de ella mientras cumple lo que le he ordenado. ¿Te sorprendes? ¿No crees que haya hablado con ella?

»No te engañes. Has entrado a formar parte de una historia que se remonta a cuando el mundo era joven y tu especie ni siquiera era un sueño de los dioses. ¿Mala suerte? Quizá. Pero eso a mí no me importa. Tu Lucía y su Guillermo, por tu culpa, ahora forman parte del intrincado tapiz del destino que me ata.

La sarta de locuras e insensateces hicieron que Javier sintiera un profundo asco por su captor, pero se encontraba tan cansado debido al dolor que no pudo emitir nada más que un débil quejido.

–Descansa –le dijo–. No tengo necesidad de matarte, pero seguirás siendo mi herramienta por un tiempo. Como te he dicho, depende de tu esposa.

¡Sigue leyendo!

la-semilla