Seleccionar página

Leer la entrada de The Askmaster, cuyo blog de poesías melancólicas, tristes unas veces, esperanzadas otras, lleno de palabras hermosas (y cuya dirección es esta) titulada «El rey astado» (que podéis leer aquí) me llenó de profunda y franca emoción. En serio.

Porque haber sido capaz de inspirar un poema que me parece estupendo es síntoma de que lo que quiero, que se disfrute tanto al leer mis textos como yo hago cuando los escribo, es un objetivo cumplido. Así que, como homenaje, mi muy estimado amigo, vaya este relato que tiene lugar en el mundo de La sombra dorada.

Aunque no hayas leído la novela, ¡espero que lo disfrutes!

Y también el resto, por supuesto 😉portadafinal.png

BAJO LA ATENTA MIRADA DE LA LUNA

El Que Siempre Pregunta miró a su madre con ojos curiosos. Era, como él, un hermoso ejemplar de pelaje negro y lustroso, miembros largos que le permitían correr a gran velocidad y garras poderosas con las que daba caza a sus presas. También compartían un rasgo que los hacía únicos, al mostrar finas líneas plateadas en las pupilas, que los hacían extraños y maravillosos a ojos del resto.

Caminaban en silencio, cuidando no pisar ninguna de las abundantes ramas que ornaban el suelo del bosque. Padre había ordenado que no dijeran nada, pues era la noche adecuada en la que cobrar piezas para su sustento y el de su manada. Los Dos Patas vivían cerca del linde, en sus guaridas de barro y paja, y los animales que cuidaban se creían a salvo de cualquier peligro.

¡Qué ignorantes eran! Ni siquiera esos Cuatro Patas que se parecían tanto a El Que Siempre Pregunta y su familia, con todo su instinto guardián, eran rivales. Se colarían en el cercado y elegirían una criatura de pelo abundante y blanco bajo el que había una excelente cantidad de carne tierna.

Se relamió solo de pensar en ello.

Al abandonar las sombras que proyectaban los árboles, elevó la vista hacia el cielo sin una nube, en el que destellaban las agujas de luz y, junto a ellas, eclipsándolas con su fuerza, el gran círculo de plata que iluminaba lo suficiente como para que los afinados sentidos de los lobos captaran todo detalle que les rodeaba.

No pudo evitarlo.

Desde la primera vez que la vio, suspendida, vigilante, se enamoró de ella. El Que Siempre Pregunta dio unos ágiles saltos hasta llegar a una pequeña formación rocosa, arqueó el cuerpo, levantó la cabeza, y un poderoso aullido surgió de su garganta rasgando la noche.

Su padre lo miró emitiendo un gruñido desaprobador, pero madre puso con cariño su pata en el hocico de él y, por esa vez, lo dejó pasar. Otro lobo, y otro más, se unió a su grito de felicidad y celebración.

Pronto toda la manada aullaba con regocijo.

Sin embargo, Hebra de Nieve, el más anciano de todos ellos, no compartía su dicha, pues olía algo que no le gustaba. Venteó en dirección al pueblo de los Dos Patas, cada vez más escamado, y lanzó un ruido gutural junto a Padre, que mandó callar a todos de inmediato. Imitó al anciano y el pelaje del lomo se le erizó al sentir el peligro que asociaba al olor del fuego, de madera quemada, de humo.

De muerte.

Con suma cautela, volvieron a avanzar hacia su fuente de comida, aunque mucho más vigilantes ante cualquier posible problema. Un resplandor anaranjado se veía a lo lejos, allá donde se encontraban las primeras guaridas de los Dos Patas, y vieron unas figuras moverse recortadas contra el fondo iluminado. El Que Siempre Pregunta se inquietó al detectar que había algo extraño en ellas, como si se movieran de forma no natural, muy diferente al resto de Dos Patas que había visto hasta entonces, pero siguieron acercándose: el hambre es un enemigo mayor que el miedo, y había una camada nueva esperando la carne.

Por desgracia para la manada, ellos también los detectaron.

Las figuras empezaron a correr hacia los lobos, sin emitir un solo sonido, y algo similar al miedo se adueñó de sus corazones al fijarse en que sus cuerpos emitían un leve resplandor dorado, enfermizo, que nunca antes jamás habían visto. Era la primera vez que un Dos Patas, que varios Dos Patas, se lanzaban al combate contra ellos de forma tan abierta.

Llevaban armas en sus manos, que no les impedían correr a toda velocidad, y presentaban terribles heridas. Uno tenía un boquete en el pecho que rezumaba sangre negruzca. Otro, un niño pequeño, tenía un solo brazo, pues el izquierdo le había sido amputado a la altura del codo. La cara de una tercera estaba chafada, como si le hubieran dado un tremendo golpe con una gran piedra.

Su padre y Hebra de Nieve mostraron las fauces y gruñeron, preparándose para la lucha. No iban a dejar que les evitaran llevarse lo que habían venido a buscar. Nunca habían probado la carne de los Dos Patas, pero siempre había un momento para todo.

Los machos adultos, mucho más experimentados que El Que Siempre Pregunta, se lanzaron a la carrera, seguidos por su madre y otras dos lobas de una camada anterior a la suya, impulsándose con sus poderosas patas contra el blanco que había elegido cada uno de ellos. La inercia de los saltos y la fuerza de sus cuerpos hizo que cada uno de los Dos Patas cayera al suelo y las poderosas mandíbulas de los lobos rasgaron la carne, manchando los hocicos de escarlata.

Cada uno de ellos había acabado en instantes con un enemigo.

Pero quedaban más: Por detrás de la primera oleada, acudían otros Dos Patas dispuestos a acabar con ellos pues, aunque El Que Siempre Pregunta no tuviera forma de saberlo, eran siervos de Abaven, y no hacían distingos a la hora de llevar la muerte a todo lo existente en el mundo.

Hebra de Nieve fue el primero en caer bajo un espadazo en el lomo que casi le parte en dos. Al ver el cadáver del lobo, El Que Siempre Pregunta no pudo permanecer por más tiempo apartado y se lanzó contra el asesino, apresando el brazo con el que sujetaba la espada en su boca. El Dos Patas agitó su extremidad, pero el lobo había clavado sus dientes con fuerza. Clavó las patas en el suelo y, con un poderoso giro de la testa, se llevó buena parte de carne y músculo de su enemigo, que seguía sin decir nada en absoluto, mientras que los lobos gruñían, resollaban y lanzaban lastimeros gañidos cada vez que recibían un golpe.

Parecía que los Dos Patas, a los que poco a poco se les iban sumando más compañeros, no sintieran ningún miedo a los feroces ataques de la manada, y su madre se colocó junto a él tras dar buena cuenta de un siervo de Abaven con una dentellada en la garganta.

Una nueva oleada de enemigos se acercaba, más lento que los anteriores porque las heridas que presentaban habían mermado su movilidad, pero no sus ganas de matar. Gracias a ese pequeño momento de alivio, mientras recuperaban el aliento, su madre lo miró a los ojos y le tocó con suavidad, pasando las almohadillas de la zarpa derecha por su cara, como había hecho antes con padre, pero esta vez, con un significado muy diferente: El Que Siempre Pregunta supo que quería que se fuese, que volviera junto a la camada de cachorros y los protegiera.

Supo que ella se quedaría cubriendo su retirada.

El joven lobo emitió un ruidito dubitativo, pero su madre no se dejó convencer: lo empujó hacia atrás, con cariño pero firmeza a un tiempo, y El Que Siempre Pregunta comprendió que no había otra opción; se dio la vuelta y corrió hacia el bosque en cuyo centro aguardaban los pequeños. Miró hacia atrás una vez. Solo una vez.

Y deseó no haberlo hecho, pues todos los miembros de la manada habían caído bajo el acero de los monstruos de Dos Patas.

Habían aullado a la Luna por última vez, pero ese aullido resonaría en la mente de El Que Siempre Pregunta mientras su corazón siguiera latiendo. Los llevaría en su interior y cuidaría de los cachorros.

Lo haría por su madre.

Por ella.

Bajo la atenta mirada de la Luna