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Permítaseme la digresión: Estaba ayer comenzando la tercera temporada de The affair (1), en la que, ya que estamos yéndonos por las ramas, sale un Brendan Fraser al que le había perdido la pista y que nada tiene que ver con el apolíneo actor de «La momia» o «George de la jungla»… como iba diciendo, el caso es que como hay una cárcel de por medio, se me ocurrió una idea para plasmar y… ¡hop! Aquí la tenemos. A ver qué os parece.

CUANDO SE ABRE LA PUERTA

carcel78e

Un infierno dentro de una prisión. Esa es mi auténtica condena. No importa si hice aquello de lo que se me acusa –soy culpable–, o lo que hice: lo que importa es que estoy aquí y que la tortura nunca acaba, pues el águila desciende una noche tras otra y picotea mi hígado. Si fuera una mujer… ¿acaso no habría Orfeo que me rescatara de este terror? ¿No hay un alma buena que me ayude a alcanzar un sorbo de agua con que saciar mi sed?
Mi educación clásica me hace ponerme melodramático; soy consciente de que, si me atreviera a registrar estos pensamientos por escrito y alguien los leyera, me tomaría por un loco. O, lo que es peor, por un pedante.
Recuerdo mis primeros días con el mono naranja en el correccional de Maryland, Baltimore. Fue una experiencia desagradable, no voy a mentir: sentir que las verjas se cerraban detrás de mí, que dejaba atrás una vida más o menos cómoda en la que respiraba aire libre, que por delante tenía una condena que cumplir antes de volver a caminar por las calles sin tener que estar pendiente de una rutina… No, eso no es cierto: la rutina es también una prisión ahí fuera.
Dos días. El primero, desorientado, me enteré bien poco de lo que ocurría a mi alrededor. El segundo, lo conocí: un tipo alto, que me sacaba dos cabezas y me duplicaba –por lo menos– en anchura, de cabeza pelada y rotunda, ojos pequeños, porcinos, de un azul gélido que parecían taladrar todo cuanto miraban. Eso fue lo que más miedo me dio. No los abultados músculos que parecía fueran a reventar la ropa. Ni la voz grave y profunda que parecía contener amenazas en cada palabra. No. Fueron sus ojos, que se posaron en mí desde lo que parecía una altura infinita y sobrenatural. Contuve un escalofrío cuando dijo:
Eres el nuevo. –No era una pregunta. Asentí. Para mi sorpresa, dijo–: No tengas miedo. Yo te cuidaré.
Eso fue todo. Me dejó pestañeando, atónito por lo que acababa de decirme. ¿Acaso el tipo más peligroso de la cárcel –al menos, el más grande de todos cuantos hormigueaban por el patio– había decidido que sería mi amigo?
Por supuesto, nada, nunca, es tan sencillo ni fácil.
Esa noche entendí lo que significaba «cuidarme».
Supongo que tiene alguien entre los guardias que le ayuda, porque si no, sería imposible que cada noche la puerta de mi celda se abra y él entre. Todas. Las malditas. Noches.
¿Furia? Al principio, me intenté revolver, lanzarle un puñetazo, intentar zafarme de su abrazo de oso, removerme de debajo de su enorme cuerpo. La ira dejó paso a una resignación humillante cuando comprendí que no podía hacer nada por evitarlo. Nada en absoluto.
Algunas noches sueño que alguien ha perdido un cepillo de dientes al que han afilado el mango tanto que puede penetrar la carne de un ser humano. Otras, que alguien se apiada de mí y me deja un cristal roto al que han pegado un trapo a modo de rústica empuñadura. Ayer mismo, creí que uno de los muelles de la cama estaba suelto y podía terminar de arrancarlo para clavarlo en su cuello.
No son otra cosa que sueños.
No tengo nada. No soy nada. Tan simple como eso.
Una vez más, la puerta vuelve abrirse con un tenue quejido mientras, más allá de la abertura que deja cuando gira sobre sus bisagras, las luces duermen apagadas. Me siento de nuevo transportado a mi infancia, cuando los horrores de la noche me acosaban en los momentos previos al sueño y solo taparme hasta la coronilla con la sábana parecía el único método fiable para protegerme de ellos, frágil armadura de algodón y poliéster, barrera eficaz contra ellos pero inútil contra mi pesadilla actual.
No tengo modo de evitarlo.

1: Serie que recomiendo encarecidamente, más por lo que cuenta, por cómo lo cuenta, jugando con las percepciones subjetivas de los personajes y con narradores en primera persona que engañan y dan diferentes versiones de la trama aunque el relato conjunto final sea perfectamente comprensible.