Seleccionar página

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6: (I) (II) (III) (IV) (V) (VI) (VII)

Idylls_of_the_King_3

El elfo no tuvo más remedio que callar, asentir y rezar para que la muchacha recuperase el sentido y se diese cuenta de que lo que había decidido hacer era una locura. ¡Asaltar el castillo nada menos! ¡El castillo del señor de los elfos, que había conquistado el lugar de procedencia de Firdánir! Elin era tan testaruda como todos los miembros de su familia, cabezota hasta el absurdo cuando algo se le metía entre ceja y ceja, y Firdánir consideró que lo único que podía hacer era acompañarla, pues no se perdonaría si le pasaba algo.

Mientras, podría intentar convencerla de dar media vuelta y volver a un lugar seguro, como Camelot, donde podrían encontrar ayuda. Por eso, le pidió un poco de tiempo para vestirse y coger su arco, diciéndole que, si estaba decidida, por lo menos dejara que fuese con ella. Elin accedió, sonriendo encantada, ya que tampoco quería despedirse de él en malos términos. Además, el elfo dijo que ella no tenía ni idea de cómo llegar al lugar donde se encontraban presos el Bello y Perceval, pero que él podía guiarla.

En realidad, Firdánir no sabía con certeza el camino que había que tomar para llegar al castillo del señor élfico, pero gracias a que el pantano de Genindas había sido su hogar durante tantos años, lo conocía al detalle, palmo a palmo, y cualquier cosa fuera de lugar podría suponer una pista para alcanzar su destino.

Así fue como Elin y Firdánir llegaron a un lugar en el que los charcos lodosos y los árboles de ramas retorcidas y nudosas daban paso a una tierra seca y quebradiza que se deshacía bajo sus pasos. Un viento azotaba la superficie y levantaba remolinos de un polvo gris y denso, silbando con una cantinela que parecía el lamento de los muertos.

La joven no podía creer que tal sitio se encontrara en medio de un pantano, pues más bien parecía un seco desierto colocado de mágicas maneras frente a sus ojos. Firdánir, carraspeando, llamó su atención y dijo:

 –Esto, Elin, es parte del reino en el que nací. El reino del que huí junto con tu abuela y otros –añadió con tristeza.

–Pero… ¿cómo es posible…? –preguntó ella mirando hacia atrás, al pantano que, en efecto, continuaba ahí.

–Hay muchas formas de atravesar las barreras entre mundos. Tú ya has visto alguna, según has contado. –Elin asintió, recordando su aventura con Perceval–. Aquí, la barrera se ha rasgado tanto que no es un jirón, sino un agujero en el que se solapan ambos mundos.

»Lo que ves –continuó señalando la tierra marchita frente a ellos–, es lo que queda de mi mundo, sacrificado en los altares de la vanagloria y el poder.

–Es… terrible. –La joven puso la mano en el hombro del elfo, consolándolo–. Lo siento mucho, Firdánir.

El elfo asintió agradecido con lágrimas en los ojos.

–Sigamos –dijo, con un hilo de voz–. El castillo no debe estar lejos.

–¿Cómo lo sabes?

–Simple: Los secuestradores de tus amigos no pudieron recorrer mucha distancia en el tiempo que pasó entre que se separaron de ti y llegaron sus sosias.

“También es verdad”, pensó Elin, y siguieron andando hacia lo que imaginó debía ser el norte, a juzgar por la posición de un sol que colgaba sobre un cielo inflamado en llamas por la luz rojiza que desprendía. Sin duda, estaban en otro mundo.

¡Sigue leyendo!