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Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6: (I) (II) (III) (IV) (V) (VI) (VII) (VIII) (IX)

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La joven, sin embargo, no pareció apreciar la honda tristeza de Firdánir y miró inquieta hacia abajo, pensando en cómo podrían descender para entrar en el castillo. El elfo suspiró y la tocó en el hombro para llamar su atención.

–Mira ahí, Elin. –Señaló una estrecha senda que discurría pegada a la pared del risco y descendía de forma un tanto abrupta. Estaba tan absorta en la fantástica arquitectura de la fortaleza que no había reparado en ella. Firdánir continuó–: Podemos bajar por ahí, pero es muy accidentado.

–¡Podemos hacerlo! –Elin era todo fogosidad y ganas, así que el elfo no tuvo más remedio que encogerse de hombros y seguirla, pues ella ya se encaminaba a grandes pasos hacia el camino.

Con cuidado, pero para nada despacio, los dos avanzaron con la espalda pegada a la pared en la mayor parte de las ocasiones, agradecidos de que no soplaran ráfagas de viento que pudieran desequilibrarlos y hacer que se estrellaran contra el suelo, que parecía llamar con cantos fúnebres desde muy abajo. Por desgracia, la senda se cortaba en seco a mitad del recorrido, asomándose al inquietante vacío. Elin miró desconsolada al elfo: tendrían que volver sobre sus pasos.

–¿Te has fijado –preguntó Firdánir, nada deseoso de desandar el camino– en que hemos pasado cerca de un agujero en la pared por el que podríamos pasar?

–¿Una cueva? –El elfo asintió a la pregunta de Elin–. Pero… ¿y si no lleva hacia abajo?

–Podríamos intentarlo. A ver qué pasa.

–De acuerdo. Aunque quizá sea una pérdida de tiempo, y ese extraño sol parece que avanza muy rápido en el cielo. No quiero seguir en esta pared de noche.

–Sí, lo he visto –añadió él–. Nunca antes en mi mundo el sol había mostrado tantas ganas de ponerse. Hasta el cielo está mal en este lugar por culpa de él –concluyó con pena, mirando al lugar donde el señor de los elfos reinaba.

Retrocedieron y Elin vio la oquedad a la que se refería Firdánir, un agujero por el que una persona de constitución recia podría caber sin problemas, pero que se encontraba por encima de sus cabezas, debiendo saltar para alcanzarla. Dado que no estaban en un sitio adecuado para cabriolas, quizá no fuera tan buena idea después de todo.

–Sube –ordenó Firdánir, haciendo una sillita con sus manos para que Elin pusiera el pie.

La muchacha lo hizo sin pensárselo dos veces y se impulsó, aferrando el borde del agujero, por el que se deslizó en un momento. Dándose la vuelta, tendió los brazos para que Firdánir se agarrara a ellos y subiera. Sin dificultad aparente, los dos estaban en el interior de una especie de cueva, o más bien un túnel en la roca, que, para alegría de ambos, se internaba en el acantilado con una suave pendiente hacia abajo y con altura suficiente como para que andaran sin tener que agacharse.

–¡La fortuna nos sonríe! –exclamó Elin, que parecía la persona más feliz del mundo, incapaz de pensar que su misión de rescate tuviera otro fin que uno dichoso. Mas Firdánir no dijo nada, sumido en preocupaciones mientras andaban entre tinieblas, pensando en cómo iban a enfrentarse a toda la gente que en el castillo hubiese.

No obstante, la alegría de la joven parecía fundada, pues cuando divisaron la trémula luz anaranjada que bañaba el exterior del paisaje, indicando que la salida estaba cerca, se encontraron al pie del altísimo risco.

Habían descendido y el castillo se erguía ante ellos.

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