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Hastur2

¡Cuidado con los cultistas! (Vía www.fancueva.com)

Parpadeó al volver poco a poco al mundo consciente, presa de una terrible lasitud; notaba la boca seca y la lengua rasposa. La cabeza empezó a palpitarle tan pronto como despertó y, al tocarse la herida, notó el cuero cabelludo pringoso por la sangre.

–¡Humph! –gimió, y una luz se encendió en el techo como en respuesta a su voz.

La habían tumbado en un sillón cómodo, de cuero marrón, y habían colocado una toalla bajo su cabeza. Estaba en una sala cuadrada, y justo frente a ella, vio la puerta acorazada de la trastienda. Por fin, aunque no como había deseado hacerlo, estaba dentro.

En la pared, a su izquierda, había una estantería plagada de libros, mientras que, en la otra, un par de mesas mostraban una colección de frascos, redomas y viales que no estarían de más en el decorado de una obra sobre alquimistas y magos.

Rebollo estaba de pie junto al interruptor, y era quien tenía la pistola en ese momento, mirándola con diversión.

–Nunca he disparado una de estas, ¿sabe? –dijo.

Lucía no respondió. Poco a poco, se incorporó hasta sentarse, notando que el palpitar en su cabeza crecía hasta convertirse en un estruendoso redoble de tambor en su cerebro.

–Es usted un misterio –continuó él, dejando el arma en una de las mesas–. Al contrario que mi compañero, no creo que sea usted un agente de Ellos. Creo que se trata de una mujer que se ha visto arrastrada a un torbellino de circunstancias que escapan a su control.

–¿Ellos? –se atrevió a preguntar Lucía.

–A falta de una denominación mejor –aclaró sin aclarar nada Rebollo–. Dígame qué es lo que quiere de mí, y luego decidiremos qué hacer con usted, oficial.

Lucía pensó con toda la rapidez que le fue posible. Estaba en un grave problema, de eso no cabía duda. Resultaba bastante claro que Rebollo no era un agente de inteligencia, y su imaginación empezó a dibujar escenarios que acababan muy mal para ella.

Decidió mantener cierta actitud agresiva:

–Usted no es del CNI.

–No, no lo soy –asintió Rebollo, sonriendo–. Pero eso es lo de menos ahora, oficial. Se lo preguntaré una vez más, y es su última oportunidad de responder: ¿qué ha venido a hacer a usted aquí?

La voz de Rebollo se había vuelto glacial, amenazadora, desarmando por completo a Lucía, quien perdió toda capacidad de resistencia:

–El cadáver –dijo, bajando el rostro–. Tengo que encontrar el cadáver que se llevaron de comisaría.

–Ya veo –dijo él, cruzándose de brazos–. ¿Y por qué, si puede saberse?

La oficial se derrumbó. El cansancio, la tensión, la impotencia que había mantenido a duras penas a raya los últimos días, la desbordaron por completo y, con los ojos arrasados de lágrimas, sin saber muy bien por qué lo hacía, soltó una perorata balbuciente:

–Mi marido… tienen a mi marido y han amenazado con llevarse a mi hijo… Javier… Guillermo… lo tienen y debo encontrarlo. No sé quiénes son, pero me han obligado… quieren saber dónde está el cadáver… yo… yo… no sé qué está pasando…

Rebollo la dejó llorar mientras pensaba. Giró la cabeza hacia la esquina, donde no llegaba un ápice de luz fluorescente, y unos ojos rojizos le devolvieron la mirada, lo único que se veía de una figura que se ocultaba en las sombras. Se mordió el labio inferior mientras parecía mantener una sorda conversación con el ser que se agazapaba en la oscuridad y, por fin, asintió, aunque esperó un par de minutos a que Lucía soltara toda la hiel que tenía acumulada. La mujer no se había dado cuenta de nada.

–¿Quién y cómo se ha puesto en contacto con usted? –preguntó por fin, mirándola a los ojos, sintiendo lástima por ella al ver su rostro bañado en lágrimas.

–Es… es una locura –se resistió a responder.

–Créame… –En la voz de Rebollo pareció haber cierto tono amistoso mezclado con condescendencia–. He visto mucho en este mundo. Dígame la verdad.

–En un sueño –respondió de forma casi automática Lucía, sintiendo, en cuanto lo dijo, que la iban a tomar a mofa, pero apuntaló su decisión de decir la verdad–: Me habló en sueños.

En contra de lo esperado, el hombre apoyó un dedo en su mentón y se dio unos golpecitos, asintiendo. No solo no se rió de ella sino que, además, quiso que le explicara todo.

–¿Cómo era? –preguntó–. ¿Cómo se presentó ante usted, con qué aspecto?

Pasándose el dorso de la mano por la cara humedecida, Lucía sintió que Rebollo, en realidad, no era su enemigo, que podía confiar en él; movida por ese pensamiento, le contó todos los detalles del terrorífico sueño que había tenido.

Cuando terminó, el hombre suspiró.

–No es gran cosa para identificarlo –dijo, más para sí que otra cosa–. Pero es un adepto con poder, como mínimo, si puede perturbar así los sueños de otra persona.

–Con gran interés por la semilla.

La voz, cavernosa, surgió de la esquina en sombras. Lucía se sobresaltó, desconocedora hasta el momento de la existencia de un tercero en la sala. Dirigió sus ojos hacia donde la voz había sido emitida, pero fue incapaz de rasgar las tinieblas, unas tinieblas que se le asemejaron más oscuras que el vacío del espacio. Sintió náuseas al contemplar la negrura y tuvo que, por fuerza, retirar la vista.

–Lo tengo en cuenta –dijo Rebollo, sin percatarse al parecer del malestar de la mujer–. Quizá sea un enviado, y no un mero cultista.

–¿Cultista? ¿Enviado? –Pese a que el malestar proseguía, Lucía consiguió reincorporarse a la conversación, extrañada hasta el límite por las palabras utilizadas por Rebollo, que parecían indicar que una secta se encontraba detrás de todo.

Rebollo suspiró de nuevo, de forma exagerada esta vez, soltando el aire con lentitud. En un par de pasos, llegó hasta el sillón y se sentó junto a ella, haciendo que Lucía se encogiera por un momento, sobresaltada al pensar que le iba a hacer daño. No obstante, Rebollo la miró con una amplia y franca sonrisa que pareció confortarle el corazón, sintiendo casi un calorcillo físico en su cuerpo.

–Oficial, nos podemos ayudar mutuamente, pero para ello, vamos a tener que hablar de muchas cosas extrañas.

–¿Extrañas? –repitió Lucía, como un eco.

–Así es –asintió él–. Primero, hemos de procurarnos intimidad.

–¿Intimidad?

–Sí. –Rebollo respondió con un gesto de fastidio–. Sería mejor que empezara a decir otras cosas que fueran diferentes a mi última palabra.

Lucía meneó la cabeza, como para sacudirse el abotargamiento, y no dijo nada. La mano de Rebollo se acercó hasta su cara, con los dedos separados lo máximo que le permitían los tendones, y en ese momento Lucía vio lo largos, larguísimos, que eran: unos dedos muy rosados, suavísimos, y que, gracias a la cercanía, vio que no tenían huellas dactilares.

La oficial abrió los ojos como platos, sin creer lo que veía, mientras Rebollo agitaba la mano frente a ella, de izquierda a derecha, con velocidad, y una especie de luz azulada comenzó a surgir en el aire, como si su mano dejase una estela al desplazarse por el espacio.

Lucía continuaba atónita, presa de la estupefacción, y Rebollo chasqueó la lengua, chistándole luego:

–No diga nada, oficial. No se mueva.

Aunque hubiera querido, no se sentía con fuerzas. Se encontraba congelada, incapaz de hacer nada por iniciativa propia, y tan solo se echó unos centímetros hacia atrás, a modo de reacción, cuando la luz comenzó a refulgir con más fuerza.

¡Agash ak’rashgatuluk! –dijo, o eso pareció, Rebollo en un idioma antiquísimo, olvidado e impío, y la luz azulada desapareció entonces, como si nunca hubiera existido.

–¿Qué… qué ha sido eso? –preguntó Lucía, cuando pudo por fin reaccionar.

–Un sencillo conjuro de protección –respondió él, con una normalidad que la asustó–. Un simple hechizo de interferencia para que no la vigilen.

–Esto es una locura…

–Quizá, oficial –dijo él haciendo gala de paciencia, poniéndose en pie–. Pero se ha metido usted de lleno en un mundo al margen de la realidad cuerda y pacífica en la que vivía hasta hace poco, un mundo en el que las reglas son otras.

»Va a ver, me temo, muchas cosas que le parecerán locuras. Ya ha empezado a verlas…

Lucía no pudo aguantar más y, como impulsada por un resorte, se levantó con brusquedad. La cabeza le dio vueltas por el movimiento, pero echó a un lado la sensación de mareo y se enfrentó a Rebollo, llegándole a golpear en el pecho con el índice y adoptando la voz más amenazadora de la que fue capaz:

–¡Se acabó! –explotó–. ¡Estoy harta de esto! ¡Ahora mismo me va a decir qué está pasando o…

Lucía calló de forma abrupta. Había visto, en la periferia de su campo de visión, un movimiento, recordando entonces que no estaban solos en la habitación, y vio una criatura encorvada, de aspecto simiesco, con largos brazos cuyos nudillos casi tocaban el suelo y cara bulbosa, peluda y aviesa, de ojos que refulgían como fuego líquido, vestido con una túnica de color amarillo pálido.

–¿O qué? –preguntó la misma voz que antes había hablado sobresaltándola, y Lucía no pudo soportar la visión, cayendo de nuevo en la negrura de la inconsciencia.

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