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Cosas negras con tentáculos… ¡Puaj! (Vía http://lapocetadeldiablo.blogspot.com.es)

El secuestrador sentía hervir la sangre en sus venas. Lo habían burlado; habían roto la débil conexión que mantenía con la mujer privándole de información acerca de lo que estaba haciendo. Había notado un dolor agudo que se instalaba en la parte posterior de sus ojos, creciendo en intensidad conforme más empeño ponía en establecer contacto con la mente de Lucía, y concluyó que la estaban protegiendo con magia. Lo último que había sabido de ella era que estaba tras el rastro de unos agentes de un cuerpo de seguridad, pero todo se volvía borroso entonces. La zona también estaría protegida contra su intromisión mágica.

Se había quedado ciego, pero tal atrevimiento no quedaría sin castigo.

Nada de eso.

Entró en el sótano donde retenía al marido de la hembra. Estaba dormido, y su respiración era débil, muy débil. Quizá se encontrara a las puertas de la muerte, pero no le importaba en absoluto. Era una herramienta para lograr lo que quería, y ahora que tenía algo con lo que podía presionar mucho más a Lucía, ya no lo necesitaba. No tenía problema en echarlo a un lado como un juguete viejo.

Un cuchillo de filo curvado centelleó como plata al captar la luz de las bombillas en el techo. El hombre de la máscara se vio reflejado en él y lanzó una pequeña y silenciosa plegaria a sus macabros dioses al contemplar los relieves labrados que simbolizaban antiguas cosmogonías y jerarquías celestiales blasfemas.

Acercó la punta del cuchillo ceremonial al cuerpo de Javier y comenzó a grabar intrincados patrones en su carne. Al sentir el primer pinchazo, este despertó. Cuando la piel fue desgarrada y la sangre comenzó a brotar formando riachuelos en su torso, Javier gritó de dolor y miedo una vez más.

Habría pasado como una media hora desde el inicio del turno de mañana. El sol, perezoso, se filtraba por los ventanales de la comisaría derramando una suave luz en el interior de altos techos, y los agentes, así como el personal auxiliar y administrativo, se movían con lentitud, postergando el momento de ocupar sus asientos y comenzar la jornada laboral. Había en el ambiente un olor pesado y dulzón a café de máquina y bollería industrial, y el rumor de las conversaciones que resumían lo que se había hecho el día anterior al dejar el trabajo se mezclaban con los sonidos de fotocopiadoras, impresoras y algún que otro teléfono que sonaba, sin demasiada prisa por ser atendido.

En la ancha calle en la que se encontraba la comisaría, una furgoneta azul, vieja pero no desvencijada, de lunas tintadas, enfiló la recta que llevaba al edificio a una velocidad considerable; conforme se acercaba a la zona de entrada, ocupada por coches y motocicletas de patrulla, comenzó a frenar. La puerta del copiloto se abrió y cayó algo desde el interior, que a una de las policías que estaba fuera, fumando un pitillo, le pareció un fardo de grandes dimensiones.

Con precaución, se acercó al tiempo que la furgoneta volvía a acelerar y desaparecía de la vista. No le había dado tiempo de ver la matrícula.

De inmediato, echó mano de su radio portátil y, con urgencia, dijo:

–¡Aquí la agente Cerea! ¡Avisen de inmediato a una ambulancia! ¡Tenemos un herido en la puerta!

Se agachó junto a Javier, desnudo, mugriento y ensangrentado, que no mostraba signos de vida, y le palpó el cuello buscando el pulso. Aunque no lo conocía, respiró aliviada al ver que, aunque débil, este existía aún.

–¿Señor? –dijo–. ¿Puede oírme, señor?

El pobre desecho humano abrió un poco los ojos y la miró con infinito cansancio. Asintió, moviendo la cabeza con debilidad.

–Le voy a llevar dentro, señor.

Arrugando la nariz por el olor que expelía Javier, hizo de tripas corazón y pasó los brazos por debajo de las axilas del hombre, utilizando toda su fuerza para incorporarlo. Un par de compañeros salieron de la comisaría para ver qué pasaba y llegaron corriendo para ayudarla.

–¡Joder! –dijo uno–. Es el forense.

–¿El desaparecido? –preguntó la mujer.

–Sí. ¿Qué ha pasado?

–Lo han tirado de una furgoneta… ¡La mano! –gritó–. ¡No tiene mano, joder!

Los tres miraron el muñón, de un color amoratado y horroroso, con toda seguridad infectado, y sintieron que la bilis les subía a la boca. Se preguntaron qué clase de demente podía hacer eso a cualquier persona.

–¿Y qué le ha pasado en el pecho? –preguntó el tercero, señalando las marcas que había grabadas en la piel.

–Ayudadme a entrarlo. Que le practiquen primeros auxilios hasta que lleguen los de emergencias.

Entre todos, llevaron a Javier al interior en volandas, pues él era poco más que un guiñapo sin fuerzas para dar siquiera un paso, despertando miradas de curiosidad y horror conforme pasaban entre la gente.

Se dirigían hacia la pequeña enfermería que tenían habilitada en el sótano, pero, antes de llegar al ascensor, Javier comenzó a temblar violentamente.

–¡Está entrando en shock! –dijo alguien.

–¡Tumbadlo, rápido! –ordenó otro, quizá sabiendo lo que decía.

Con mucho cuidado lo tendieron en el frío suelo de baldosas de gres, y Javier pareció calmarse por un momento, hasta que su espalda se arqueó de tal modo que las vértebras produjeron un sonido como de ramitas secas al partirse, y la boca se le abrió más de lo que parecía posible. Aunque no produjo ningún sonido, su cara se había convertido en una máscara de angustioso y mudo dolor.

Los signos en su carne brillaron trémulos con el color de la sangre arterial por un instante y, luego, se desató el caos.

El abdomen, como desgarrado por un cuchillo de matarife, se abrió en dos, y la terrible herida, provocada no se sabía por qué, siguió hacia arriba, hacia arriba, hasta llegar a la nuez del hombre. El arqueamiento se amplió hasta que su cuerpo acabó apoyado sobre las puntas de los dedos de los pies y la parte posterior de su cabeza. Era algo imposible, y los espectadores del horrible espectáculo contemplaron horrorizados la tremenda escena.

Del interior de Javier manó una sustancia negra, como la pez, que surgió recordando al chorro de una fontana desbocada y que se desperdigó en todas direcciones adoptando la forma de un millar de probóscides que se lanzaron contra los agentes más cercanos, golpeándolos con tal violencia que los derribó.

La agente Cerea cayó al suelo, tocándose el brazo allí donde había recibido el golpe. Sin poder creer lo que estaba pasando, vio que, junto a ella uno de los administrativos caía con la cabeza convertida en una pulpa, ya que el tentáculo había destrozado su cráneo, reventándolo como fruta madura, desperdigando hueso y sesos en rededor.

Miró hacia el cuerpo del forense y gritó, comprendiendo ahora que el ataque que estaban sufriendo era mucho más horrible de lo que cualquier mente humana pudiera concebir: la oscuridad seguía manando de Javier, sin cortar su conexión física con él, y golpeaba aquí y allá, destrozando cuerpos, lanzándolos por los aires, en un baile macabro de muerte y destrucción. Los gritos de terror y los aullidos de dolor de los moribundos conformaron una horrorosa barahúnda, y se oyó el sonido de disparos, detonaciones de los más resueltos que apuntaron sus armas al cuerpo de Javier.

Aunque algunos proyectiles impactaron en él, levantando chorros negruzcos, el terror no cesaba.

La agente Cerea notó una presión en el tobillo y, al mirar hacia abajo, abrió los ojos como platos, llena de miedo, pues uno de los tentáculos la había apresado y la arrastraba, poco a poco, por el suelo.

Lo golpeó, intentando soltarse, pero era como dar puñetazos a una gruesa rama de árbol. Se aferró a un escritorio con toda su fuerza; no pudo vencer la del monstruo, que la levantó en vilo. El mundo se volvió del revés para ella y gritó, histérica, con un miedo como el que nunca antes había sentido.

Otra filiforme oscuridad la cogió por el tobillo que tenía libre y lloró, suplicó, imploró, aunque no había nadie para escucharla. Comenzó a notar cómo las piernas se le separaban cada vez más, provocándole un desgarrador dolor.

Le separaban las piernas cada vez más.

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la-semilla