Seleccionar página

Por si te lo perdiste: (I)(II)(III)(IV)(V)(VI)(VII)(VIII)(IX)(X)(XI)(XII)(XI(XIV)(XV)(XVI)

2C9

¿Hace un viaje astral?

Por desgracia para Lucía, mediaba mucho del dicho al hecho. Pese a su furiosa determinación, aún tenían que localizar a su enemigo, así que, sin más dilación, comenzaron la ejecución de una extraña ceremonia en la que Rebollo encendió incensarios que desprendieron una humareda densa y dulzona, de color verdoso; Lucía sintió la cabeza embotada, aunque, al mismo tiempo, pareció como si sus sentidos, sobre todo el olfato y el oído, se intensificaran. Escuchó al gorila junto a ella, sentado en el suelo, moviéndose de un lado a otro siguiendo un ritmo frenético y susurrando frases en un idioma gutural, de sílabas cortas y secas, que le provocó una risa floja, arrancando una mirada de reprobación de Rebollo.

–Céntrese, por favor –le recriminó, mientras movía las manos en el aire, como si dibujara unas letras en él.

Sin previo aviso, Lucía se encontró contemplando la escena desde otro ángulo. Miró hacia abajo y se encontró a sí misma, junto a sus dos improbables compañeros, y pensó que era ella la que estaba sentada en el suelo, y, a la vez, la que miraba desde arriba. La cabeza le dio vueltas y sintió náuseas, pareciéndole que estaba cayendo desde lo alto de un gigantesco edificio. Entonces notó un reconfortante contacto que iba más allá de lo físico: lo notó en su mente, en su alma, en su espíritu, en lo que fuera que ella era ahora, ahí, fuera de su cuerpo.

Se giró y vio la forma del gorila, resplandeciendo con un brillo de oro que le cubría como una suave pátina. Una pátina como la que la rodeaba a ella.

–Tranquilícese, Lucía –le dijo, sin mover los labios, y escuchó su voz en la cabeza–. La primera vez siempre cuesta adaptarse al proceso de separación.

–¿Separación? –preguntó, recordando algunas de las lecturas esotéricas que había consultado en su adolescencia–. ¿Es un viaje astral?

El simio hizo un gesto que no entraba en la categoría de la afirmación o la negación.

–Puede considerarlo así –respondió–. La división del ser en la que los egipcios creían se puede acercar más, pero, para nuestro propósito, sí, es algo así.

–¿Y cómo volveremos a… nuestros cuerpos? –preguntó, aterrada ante la idea de quedar perdida, sin poder regresar.

–Es fácil. –Soltó una risa queda–. ¿Qué es lo que hace usted para volver a casa? Desanda el camino, ¿no? Pues lo mismo.

–Ya –dijo ella no muy convencida, pero comenzó a seguirlo cuando empezó a desplazarse. No podía decir que andase, o flotase, o cualquier otra acción que remitiera a una idea de movimiento físico, y pronto dejaron esa sensación atrás, como si esa forma de avanzar fuera algo natural en ese mundo que la rodeaba ahora, pleno de sombras y luces difuminadas que parecían conformar arquitecturas etéreas y nada perdurables, pues al posar la atención sobre ellas, de inmediato se transformaban en otra cosa.

–Hemos llegado –dijo su compañero, tras lo que podría haber sido una eternidad o un breve lapso de tiempo, pues este no discurría de igual forma en aquel sitio–. Necesita centrarse en el mundo tangible, Lucía. Piense en ello, y cobrará forma.

Lucía no creía ni por un momento que fuera a pasar lo que le decía, pero se sorprendió al ver lo fácil que resultaba volver a contemplar la realidad física.

Por desgracia para ella, porque prefirió de inmediato no haber sido capaz de hacerlo.

Estaban en la planta baja de la comisaría, y aunque muchos de los cadáveres habían sido bien retirados, bien cubiertos con sábanas, el hedor a muerte la asaltó de una forma brutal, haciéndola retroceder solo para darse cuenta que no podía escapar de la pesadilla en la que se había convertido la comisaría. Allá donde mirara, veía sangre y vísceras, conformando una macabra piscina sobre la que, con torpeza, se movían los agentes de la Policía Científica recopilando la información para recrear lo que hubiera pasado ahí.

Entonces, se fijó en un cuerpo hecho añicos, cuyo torso parecía haber reventado como si una bomba hubiera explotado en su interior, y lanzó un grito de negación que salió desde lo más hondo de sus entrañas. Era uno de los pocos aún descubiertos, y Lucía lo reconoció de inmediato, aun en su lamentable condición.

Pero lo peor, con todo, no fue eso, puesto que la realidad continuaba empeñada en lanzarle horrores una y otra vez.

–Oh, oh –escuchó que decía el simio parlante, y miró hacia él, temerosa de encontrarse con algo más terrible todavía.

Entonces, leyó el mensaje que habían dejado. Para ella.


–Está recibiendo demasiados golpes emocionales –dijo Rebollo a su compañero con aire preocupado, mirando a Lucía. Desde que habían vuelto, la mujer no había dicho una sola palabra, sentada con aire desconsolado y la mirada perdida en el vacío. Sujetaba entre sus manos temblorosas una taza de café que le sirvió, pero se le había enfriado sin siquiera dar un sorbo.

–Deberíamos –coincidió el otro– intentar hacerle olvidar todo esto.

–¿Y el daño cerebral que supone?

La simiesca criatura asintió, cruzando sus largos brazos sobre el pecho de barril e hizo una mueca de preocupación que resultó muy extraña, pero a la vez enternecedora, en su rostro.

–No quiero olvidar –dijo Lucía, como saliendo de un sueño muy desagradable–. No quiero olvidar.

Los dos se giraron hacia ella, que dejó el café a un lado y se levantó, mirándolos con cierto aire desafiante. Vieron que el aire ausente y vencido en ella había desaparecido por completo, y que brillaba en sus ojos una determinación feroz.

–Ha matado a mi marido –continuó, hablando entre dientes, con agresividad–. Tiene a mi niño. Encontradlo. Seguro que tenéis alguna forma de hacerlo. No quiero oír excusas. Encontradlo.

Rebollo se rascó la cabeza, pensativo.

–El despliegue de energía –dijo– necesario para invocar a ese monstruo ha debido dejar un rastro.

–Sí –confirmó el otro–. Capté y catalogué las partículas extrañas en torno al portal. Por cierto, el que haya llamado a una entidad de ese calibre disipa nuestras dudas.

–Ya lo he pensado. Es un enviado con un nivel de poder elevado. No podemos andarnos con…

–¿¡Queréis dejar de balbucear tonterías y hacer algo de una maldita vez!? –explotó Lucía, sobresaltándolos–. ¡Me da igual que haya sido el mismísimo diablo! ¡Decidme cómo encontrarlo!

Los dos se miraron, algo avergonzados por haber empezado a perderse en disquisiciones taumatúrgicas mientras Lucía, junto a ellos, estaba sufriendo un infierno.

–Lo siento –se excusó Rebollo, retorciéndose los dedos incómodo–. Tiene razón, Lucía. Utilizaremos…

Se quedó a mitad de frase, el índice derecho levantado, inmóvil, como escuchando con atención. Lucía se fijó en que el gorila, al que no podía evitar referirse como Sanz, también estaba quieto, con la cabeza ladeada.

–¿Lo has sentido? –preguntó Rebollo.

–Sí. Mierda.

–¿Qué habéis sentido? –preguntó la policía, inquieta–. ¿Qué ocurre?

–Está aquí –contestó Rebollo, mordisqueándose el labio inferior con fuerza, nervioso–. Ha venido a presentar batalla. Está rompiendo nuestros sellos.

–¿Sellos? –Lucía volvía a presentar una expresión confusa.

–Sellos de protección mágica –explicó Rebollo–. Como el que me alertó de su entrada en la tienda, Lucía –se volvió hacia su compañero y le cogió las manos con ternura, produciendo un efecto casi cómico cuando los grandes, fornidos y grises dedos de Sanz fueron a duras penas rodeados por las rosadas palmas de Rebollo–. Debéis huir. Yo le entretendré.

Su compañero no discutió. Se limitó a asentir, mostrando una grave expresión, con la cabeza y dio un par de largas zancadas para llegar hasta el estante de libros, en cuyo lateral apoyó los labios, musitando un par de palabras.

Atónita, Lucía vio que el pesado mueble se deslizaba hacia un lado por sí mismo, revelando una oquedad en la pared que conducía a un túnel lóbrego y oscuro.

–Vamos –la apremió Sanz–. ¡Sígame, rápido!

Actuando por inercia, la oficial bajó los primeros escalones tras la criatura, que brincó con agilidad hasta llegar a un pebetero del que cogió una antorcha a la que prendió fuego con un mechero que sacó de su túnica. Una luz anaranjada se desperdigó, como charcos, por unas paredes excavadas en la roca. Lucía no pudo evitar preguntarse cómo habían podido realizar una obra así, pero pronto cayó en la cuenta que lo que más le impresionaba no era el túnel en sí, sino la perfecta regularidad que mostraban sus paredes; estas dibujaban un semicírculo en el que no había ningún tipo de imperfección, unas paredes pulidas que le provocaron la idea de una enorme lombriz devorando terrones de tierra a su paso, llenándola de inquietud. Tras ella, el estante se colocó de nuevo en su sitio, haciéndole pensar que había entrado en una tumba.

–No se preocupe, Lucía –le dijo Sanz, sintiendo su inquietud–. El túnel es perfectamente seguro.

Ella asintió, sin responder, y continuó bajando tras él, durante un rato que le pareció interminable.

¡Sigue leyendo!

la-semilla